Antes de ser una gran metrópolis, Conakri era un puñado de aldeas de pescadores susu (soussou) repartidas en la pequeña isla de Tombo y en la vecina península de Kaloum, en la costa atlántica de África occidental. Los susu, pueblo de agricultores y pescadores, habitaban esta franja litoral desde hacía siglos, en una región donde también habían pasado navegantes portugueses desde el siglo XV en busca de oro, marfil y esclavos. El nombre 'Conakry' se suele explicar por la unión de 'Cona', un pueblo o un habitante local, y 'nakiri' ('la otra orilla' o el nombre de un lugar), aunque su origen exacto se discute.
El salto de aldea a ciudad llegó con la expansión colonial francesa a fines del siglo XIX. En su avance por la costa de los llamados 'Ríos del Sur', Francia firmó tratados con jefes locales y en 1885 tomó posesión de la isla de Tombo. En 1887 se instaló allí un puesto administrativo, y muy pronto Conakry fue elegida capital de la nueva colonia. La ubicación era ideal: una isla fácil de defender, con buen fondeadero, en la entrada de una región rica y estratégica.
Los franceses transformaron el lugar con obras de ingeniería: se unió la isla de Tombo a la península de Kaloum mediante un dique-calzada, se trazó una ciudad en cuadrícula con avenidas arboladas, se levantaron edificios administrativos, un puerto y una catedral. Conakry se convirtió así en la vitrina colonial de la Guinea francesa, mientras a su alrededor crecían los barrios africanos.
Lo que consolidó a Conakry como gran ciudad fue el ferrocarril. A partir de 1900, Francia construyó la línea Conakry–Kankan, conocida como el ferrocarril Conakry–Níger, para conectar el puerto atlántico con el interior de la Alta Guinea y el río Níger. La obra, levantada con miles de trabajadores africanos en condiciones durísimas, cruzaba el macizo del Fouta Djallon y abrió el comercio del banano, el café y otros productos de la colonia hacia el puerto de Conakry.
Con el ferrocarril y el puerto, la ciudad se transformó en el gran centro económico de la colonia. Llegaron comerciantes libaneses y sirios, funcionarios franceses, trabajadores de toda la región y una población africana creciente que se instaló en barrios populares. Conakry pasó de unos pocos miles de habitantes a decenas de miles a mediados del siglo XX, desbordando la estrecha isla de Tombo y extendiéndose por la larga península de Kaloum.
El siglo XX trajo además la gran riqueza minera de Guinea: la bauxita, mineral del que se extrae el aluminio, del que el país posee algunas de las mayores reservas del mundo. Aunque las grandes minas están tierra adentro y en las Islas de Los, el puerto de Conakry se convirtió en la salida de ese mineral y de la economía guineana, papel que conserva hasta hoy.
Conakry fue escenario de uno de los episodios más célebres de la descolonización africana. En 1958, el general Charles de Gaulle propuso a las colonias francesas un referéndum: aceptar una nueva 'Comunidad Francesa' —una autonomía dentro del imperio— o rechazarla y tomar la independencia inmediata, con la advertencia de que la ruptura tendría consecuencias. El 25 de agosto de 1958, en Conakry, el joven líder sindical y político Ahmed Sékou Touré pronunció ante De Gaulle su frase histórica: que Guinea prefería 'la libertad en la pobreza a la riqueza en la esclavitud'.
El 28 de septiembre de 1958, los guineanos votaron: un 95 % lo hizo por el 'no', el único territorio del África francesa que rechazó la propuesta. El 2 de octubre de 1958, Guinea proclamó su independencia en Conakry, convirtiéndose en el primer país del África occidental francesa en ser soberano, con Sékou Touré como presidente. Fue un acontecimiento de enorme resonancia panafricana.
La reacción francesa fue brutal e inmediata: París retiró de golpe a sus funcionarios, cortó la ayuda y, según numerosos testimonios, se llevó o destruyó archivos, equipos e instalaciones. Guinea nació sola y aislada, y buscó apoyo en el bloque soviético y en otros países africanos. Conakry se convirtió en capital de un Estado que se proclamaba faro de la revolución africana y refugio de líderes anticoloniales de todo el continente.
Bajo Ahmed Sékou Touré, que gobernó de 1958 a 1984, Conakry vivió los años del socialismo revolucionario guineano. La ciudad se llenó de retórica panafricana, congresos, festivales de música y arte —Guinea impulsó orquestas y ballets nacionales de fama internacional, como Bembeya Jazz National— y de grandes obras como el Palacio del Pueblo. Guinea acogió a exiliados y militantes de las luchas de liberación africanas, y Sékou Touré fue una figura respetada en el movimiento no alineado.
Pero el régimen derivó pronto en una dictadura de partido único cada vez más paranoica. Obsesionado con supuestos complots internos y externos, el gobierno desató oleadas de represión. El símbolo más siniestro fue el Campo Boiro, un centro de detención en Conakry por donde pasaron miles de personas —opositores reales o imaginarios, funcionarios, intelectuales, militares—, muchos de los cuales fueron torturados, obligados a 'confesar' y ejecutados o dejados morir de hambre. Se lo ha llamado el 'gulag tropical' de Guinea.
La economía dirigida y el aislamiento empobrecieron al país, y cientos de miles de guineanos emigraron. A la muerte de Sékou Touré en 1984, un golpe militar llevó al poder a Lansana Conté, que abrió la economía pero mantuvo un régimen autoritario durante más de dos décadas. Conakry siguió creciendo de manera desordenada, con barrios que se extendían por toda la península y más allá.
Tras la muerte de Lansana Conté en 2008, Guinea atravesó una etapa turbulenta: un golpe militar, la matanza del estadio de Conakry en septiembre de 2009 —cuando la represión de una manifestación opositora dejó más de un centenar de muertos— y, finalmente, las primeras elecciones democráticas del país en 2010, que llevaron a la presidencia a Alpha Condé. En 2021, un nuevo golpe militar depuso a Condé, y desde entonces el país vive un periodo de transición política.
En medio de esos vaivenes, Conakry no ha dejado de crecer. Hoy es una metrópolis de cerca de dos millones de habitantes que se extiende a lo largo de la península de Kaloum y se desborda hacia los suburbios del este. Sufre problemas típicos de las grandes ciudades africanas —tráfico caótico, cortes de electricidad, inundaciones en la estación de lluvias, expansión informal—, pero conserva una vitalidad enorme y una escena musical que sigue siendo una de las más ricas de África occidental.
Para el viajero, Conakry es sobre todo una puerta de entrada al país y una inmersión intensa en la vida guineana: mercados desbordantes, mezquitas, el puerto de la bauxita, la brisa del Atlántico y las Islas de Los a un paso. Ciudad joven y contradictoria, resume en su historia —del poblado susu al 'no' a De Gaulle, de la revolución de Sékou Touré a la Guinea de hoy— buena parte del destino del África independiente.