Hace miles de años, una gran franja de selva húmeda tropical cubría buena parte de África Occidental, desde Sierra Leona y Liberia hasta el sur de la actual Guinea-Bisáu: es lo que los biogeógrafos llaman el bosque de la Alta Guinea (Upper Guinean forest). Con el tiempo, y sobre todo con siglos de agricultura, tala y avance de las poblaciones humanas, esa selva fue retrocediendo hasta quedar reducida a fragmentos dispersos, uno de los ecosistemas más amenazados y a la vez más ricos en biodiversidad del planeta.
Los bosques de Cantanhez, en el extremo sur de Guinea-Bisáu, son uno de esos preciosos fragmentos: el límite más noroccidental de la gran selva de la Alta Guinea, el último aliento de la jungla antes de dar paso, hacia el norte, a las sabanas y los manglares. Es un mosaico de selva húmeda, con enormes ceibas (el árbol 'poilão', sagrado en la región), lianas, palmeras y más de doscientas especies de plantas, entremezclado con manglares, lagos, ríos y palmerales. Esa variedad de ambientes en un territorio relativamente pequeño explica su extraordinaria riqueza.
Lo notable es que esta selva haya sobrevivido en un país pobre y densamente cultivado. La respuesta está, en buena parte, en la cultura de las comunidades que la habitan: para pueblos como los nalú y los balanta, ciertos bloques de bosque son sagrados, morada de espíritus y escenario de ritos, y por eso intocables. Esa protección tradicional, más antigua que cualquier ley ambiental, es la que permitió que Cantanhez llegara al siglo XXI con sus árboles gigantes y su fauna todavía en pie.
El gran tesoro de Cantanhez son sus chimpancés. Aquí vive una población importante de chimpancé occidental (Pan troglodytes verus), una subespecie en peligro de extinción, y son los chimpancés que habitan más al oeste de todo el continente africano: Cantanhez marca, literalmente, el confín occidental de la distribución de nuestros parientes más cercanos. Verlos u oírlos en libertad, en su selva, es una de las experiencias de vida salvaje más emocionantes que ofrece África Occidental.
Los chimpancés de Cantanhez han despertado un enorme interés científico. Investigadores han documentado su uso de herramientas —por ejemplo, para abrir frutos o extraer alimentos—, sus comportamientos culturales y su adaptación a un paisaje 'mosaico' donde alternan selva, palmerales y zonas cultivadas, conviviendo (no siempre sin conflicto) con las poblaciones humanas. Ese solapamiento entre chimpancés y personas hace de Cantanhez un laboratorio único para estudiar la coexistencia entre grandes simios y comunidades rurales.
Junto a los chimpancés, la selva alberga otros primates —colobos rojos y blanquinegros, cercopitecos, babuinos— y, en algunas zonas, elefantes de bosque y búfalos muy esquivos, además de más de un centenar de especies entre mamíferos, aves y peces. Esta concentración de biodiversidad, y en especial la presencia de una población viable de chimpancés en su límite occidental, es lo que convirtió a Cantanhez en una prioridad de conservación no solo para Guinea-Bisáu, sino a escala internacional.
Cantanhez no es una selva deshabitada: es un territorio vivo, poblado por comunidades de distintas etnias —nalú, balanta, sosso y otras— que llevan siglos cultivando arroz en las tierras bajas, recogiendo frutos de la palma y viviendo en profunda relación con el bosque. Esa presencia humana es parte del paisaje y, lejos de ser incompatible con la conservación, ha sido durante generaciones una de sus claves, gracias a la institución de los bosques sagrados.
En la cosmovisión de estos pueblos, ciertos bloques de selva son espacios sagrados, ligados a los espíritus, a los antepasados y a ritos de iniciación. Cortar sus árboles o cazar en ellos está prohibido por normas tradicionales tan poderosas como cualquier ley. Así, mucho antes de que existiera un parque nacional, esos tabúes protegieron los rincones más valiosos de la selva y, con ellos, a los chimpancés y a la fauna que dependían de ese refugio. La conservación de Cantanhez hunde sus raíces en la espiritualidad africana.
Ese mundo, sin embargo, está bajo presión. El crecimiento demográfico, la necesidad de nuevas tierras de cultivo, la tala para leña y madera, la caza y los cultivos de renta como el anacardo (cajú) amenazan el equilibrio. Los chimpancés a veces incursionan en los cultivos y generan conflictos con los agricultores. El reto de la conservación moderna es precisamente ese: reforzar y actualizar la protección tradicional, dando a las comunidades razones económicas —además de espirituales— para seguir cuidando la selva.
A fines del siglo XX, científicos, conservacionistas y ONG internacionales pusieron el foco en Cantanhez al comprobar su excepcional biodiversidad y, sobre todo, su población de chimpancés. Se impulsaron estudios, proyectos de conservación y trabajo con las comunidades para frenar la deforestación y proteger la fauna. La zona fue reconocida primero como área protegida y, el 1 de octubre de 2007, el estado guineano la elevó a la categoría de Parque Nacional de los Bosques de Cantanhez, con una superficie de unos 1.057 km², bajo la gestión del IBAP.
La creación del parque buscó dar un marco legal a la protección de la selva, pero desde el principio se optó por un modelo distinto al de los parques 'vallados' que expulsan a la población. En Cantanhez, las comunidades siguen viviendo dentro y alrededor del parque, y la conservación se concibe como algo que debe hacerse con ellas y para ellas. De ahí la apuesta por el ecoturismo comunitario: guías locales formados para rastrear chimpancés, un campamento gestionado por gente del parque (el U'Anan, en Jemberem), y un turismo a pequeña escala cuyos ingresos benefician directamente a las aldeas.
La idea de fondo es sencilla y poderosa: que la selva y los chimpancés valgan más vivos que muertos. Si el turismo responsable, la investigación y los proyectos de conservación generan empleo e ingresos, las comunidades tienen un incentivo tangible para proteger el bosque en lugar de talarlo. En un país con recursos escasísimos e inestabilidad política crónica, ese modelo comunitario es a la vez la mayor fortaleza y el mayor desafío de Cantanhez.
Hoy Cantanhez es, a la vez, uno de los grandes tesoros naturales de Guinea-Bisáu y uno de sus destinos de aventura más genuinos. No hay infraestructura turística de lujo ni multitudes: hay una selva antigua, un puñado de guías que conocen a los chimpancés casi por su nombre, un campamento sencillo y la posibilidad de vivir una experiencia que en pocos lugares del mundo sigue siendo posible: rastrear grandes simios salvajes a pie, al amanecer, en su hábitat.
El futuro del parque depende de un equilibrio delicado. Las amenazas son reales —deforestación, expansión agrícola (sobre todo del anacardo), caza, conflictos entre chimpancés y agricultores, y la fragilidad institucional de un país sacudido por golpes y crisis políticas—. Pero también hay razones para la esperanza: la fuerza de la protección tradicional de los bosques sagrados, el compromiso de las comunidades, el interés científico internacional y un ecoturismo que, bien gestionado, puede convertir la conservación en desarrollo.
Para el viajero, visitar Cantanhez es mucho más que ver chimpancés: es apoyar, con su presencia y su dinero, un modelo que intenta demostrar que es posible proteger la naturaleza y mejorar la vida de la gente al mismo tiempo. En el confín occidental de la selva africana, entre ceibas gigantes y llamadas de chimpancé, Cantanhez guarda una de las últimas junglas de África Occidental y una de sus mayores esperanzas de conservación.