La historia de Gabú es, en el fondo, la del gran reino de Kaabu (también escrito Gabú, Ngabou o N'Gabu), del que la ciudad hereda el nombre. Sus orígenes se remontan al siglo XIII, cuando el legendario imperio de Malí —el mismo de Sundiata Keita y de Mansa Musa— extendió su dominio hacia el oeste, hasta la región de Senegambia, la tierra entre los ríos Senegal y Gambia. Según la tradición, fue el general Tiramakhan Traoré, enviado de Sundiata, quien conquistó estas tierras y las incorporó al imperio como una provincia occidental: Kaabu.
Durante los siglos siguientes, Kaabu funcionó como una marca fronteriza del imperio de Malí, gobernada por élites mandingas y organizada en una federación de estados o provincias, cada una con su propio gobernante, al modo de la estructura imperial maliense. Los mandingas se asentaron sobre los pueblos que ya habitaban la región, mezclándose con ellos, y Kaabu se convirtió en un puente cultural y comercial entre el mundo del interior sahélico y la costa atlántica de los 'Ríos de Guinea'.
Cuando el imperio de Malí entró en decadencia, entre los siglos XV y XVI, Kaabu fue ganando autonomía hasta independizarse por completo. Hacia 1537 se considera que Kaabu se constituyó como reino soberano, con su propio 'mansaba' (rey supremo) elegido entre las principales familias aristocráticas. Nacía así uno de los estados africanos más poderosos y duraderos de la región, que dominaría el sur de Senegambia durante más de trescientos años y del que Gabú es hoy la heredera.
En su apogeo, Kaabu fue un reino guerrero y comercial de enorme influencia. Se organizaba como una federación de numerosas provincias —la tradición habla de treinta y dos estados— sobre las que reinaba el 'mansaba', el rey supremo, con capital en Kansala, cerca de la actual Gabú. El poder estaba en manos de una aristocracia militar muy particular: los nyanchos, una casta de guerreros nobles que se transmitía por línea materna y que hacía del valor en la batalla y del honor sus valores supremos. Los nyanchos eran temidos jinetes y guerreros, y sobre ellos se sostenía el prestigio militar de Kaabu.
La economía del reino se basaba en la agricultura, la ganadería y, muy especialmente, el comercio, incluido el tráfico de esclavos. Kaabu era un proveedor de cautivos —obtenidos en guerras y razias— a los enclaves costeros como Cacheu, desde donde los portugueses los embarcaban hacia América. Esa integración en las redes atlánticas, junto al comercio de oro, marfil, cueros y productos del interior, dio al reino riqueza y poder durante siglos, y lo conectó tanto con el mundo sahélico como con el atlántico.
Kaabu fue también un gran foco cultural mandinga. En su seno floreció la tradición de los griots (djalis o djidius), cantores e historiadores orales que conservaban las genealogías, las gestas y la música del reino, y que aún hoy mantienen viva su memoria. Buena parte de lo que sabemos de Kaabu proviene precisamente de esas tradiciones orales, transmitidas de generación en generación, que hacen de la región de Gabú un tesoro de historia africana no escrita, sino cantada.
El poder de Kaabu comenzó a declinar en los siglos XVIII y XIX, minado por un cambio profundo en la región: el ascenso del islam militante entre los fulas. Los fulas (o fulbe), pueblo tradicionalmente ganadero y en buena parte súbdito de los mandingas de Kaabu, protagonizaron desde el vecino Fouta Djallon una serie de yihades (guerras santas) contra los estados no musulmanes. Los mandingas de Kaabu, que mantenían sus religiones tradicionales junto a un islam más laxo, se convirtieron en el gran objetivo de esa expansión religiosa y política.
El choque final llegó en 1867. Un ejército fula liderado por Alfa Molo Baldé, con apoyo del imperio teocrático del Fouta Djallon, puso sitio a Kansala, la capital de Kaabu. Tras once días de asedio feroz, cuando la caída era inevitable, el mansaba Janke Waali tomó una decisión que quedó grabada en la memoria épica de la región: antes que rendirse y ver a su pueblo esclavizado, ordenó prender fuego a los depósitos de pólvora del recinto. La explosión —conocida en la tradición como el 'turbo Djan'— voló la fortaleza, matando a los defensores mandingas y a muchos de los atacantes en un acto final de resistencia desesperada.
La caída de Kansala destrozó la unidad política de Kaabu. El viejo reino se fragmentó en jefaturas rivales, muchas de ellas ahora bajo dominio fula, y la región quedó sumida en el desorden. Ese vacío de poder fue aprovechado por los europeos: en las décadas siguientes, portugueses y franceses avanzaron sobre una Senegambia dividida y debilitada, repartiéndose el territorio en las colonias que darían lugar, entre otras, a la Guinea Portuguesa. El fin de Kaabu abrió, así, la puerta a la colonización.
Tras el desmoronamiento de Kaabu, el este de la actual Guinea-Bisáu quedó marcado por el predominio fula. Los fulas, victoriosos y en plena expansión, consolidaron su presencia en la región, imponiendo su lengua, su religión (el islam) y su cultura ganadera y comercial. La antigua tierra mandinga de Kaabu se convirtió en un mosaico donde fulas y mandingas convivían, comerciaban y a veces competían, bajo el signo cada vez más fuerte del islam. Esa herencia explica por qué Gabú es hoy una ciudad profundamente fula y musulmana.
La penetración colonial portuguesa en el interior fue tardía y violenta. Durante buena parte del siglo XIX, Portugal apenas controlaba unos enclaves costeros; el interior, incluido el este de Kaabu, siguió en manos africanas. Solo a comienzos del siglo XX, mediante duras campañas militares de 'pacificación', los portugueses lograron someter a los pueblos del interior e integrar la región de Gabú en la Guinea Portuguesa. Gabú se consolidó entonces como centro administrativo y comercial del este, aprovechando su posición de cruce de caminos y su papel en el comercio del maní, que se convirtió en el gran cultivo de renta de la zona.
Durante la guerra de independencia (1963-1974), el interior fue un escenario complejo: el PAIGC de Amílcar Cabral tuvo fuerte implantación en muchas zonas rurales, aunque las lealtades variaban según los pueblos y las regiones. Tras la independencia, Gabú siguió siendo la gran ciudad del este, capital regional y motor comercial del interior, manteniendo su carácter fula y su función de puerta hacia Senegal y Guinea, herencia lejana de aquel Kaabu que un día dominó toda la región.
El Gabú de hoy es una ciudad bulliciosa y comercial, muy alejada de la imagen turística de las islas y los manglares. Es el gran mercado del este, donde se comercia maní, ganado, telas y mercancías que cruzan las fronteras de Senegal y Guinea; una urbe sahélica y musulmana, de mezquitas y boubous, con un ritmo intenso de sept-places, camiones y comerciantes. Para el viajero, Gabú es una inmersión en la Guinea-Bisáu del interior, tan real y tan distinta como la del litoral.
De la gloria de Kaabu no quedan grandes ruinas monumentales —la arquitectura del reino era en buena parte de materiales perecederos, y Kansala voló por los aires en 1867—, pero su memoria sigue asombrosamente viva. Los griots de la región conservan las genealogías, las gestas de los nyanchos y la epopeya de la caída de Kansala, que aún se canta acompañada de la kora. Esa historia oral, transmitida de padres a hijos, hace de Gabú y su comarca un lugar donde el pasado no está en los museos, sino en la voz de la gente.
Visitar Gabú es, por eso, un ejercicio de escucha e imaginación: recorrer su mercado y sus calles sabiendo que se pisa la tierra del último gran reino mandinga de Senegambia, y que en las canciones de sus griots todavía resuena el eco de Kaabu. Puerta del interior, cruce de pueblos y de rutas, corazón fula del país, Gabú une el bullicio del presente con una de las historias africanas más épicas y menos conocidas, esperando al viajero curioso que quiera descubrirla.