Kumasi es el corazón histórico y espiritual del pueblo ashanti y una de las ciudades más importantes de Ghana. Fundada a comienzos del siglo XVIII como capital del imperio ashanti bajo Osei Tutu y su consejero Okomfo Anokye, se convirtió en el centro de uno de los Estados más poderosos y organizados del África precolonial, enriquecido por el comercio del oro y la nuez de cola.
Los británicos ocuparon e incendiaron Kumasi en 1874 y de nuevo en 1896, deportando al rey Prempeh I, y en 1900 la ciudad fue el escenario de la última rebelión ashanti, la Guerra del Trono de Oro liderada por Yaa Asantewaa. Pese a todo, la monarquía ashanti sobrevivió: en 1935 los británicos restauraron la confederación, y hasta hoy el Asantehene, el rey de los ashanti, sigue siendo una figura de enorme prestigio y autoridad moral en Ghana. Su sede es el Palacio de Manhyia, en Kumasi, hoy también museo.
Kumasi es conocida como la "ciudad jardín" y la capital cultural de Ghana. Alberga el gigantesco mercado de Kejetia, uno de los mayores del África Occidental, un laberinto de miles de puestos donde se vende de todo. La ciudad conserva viva la tradición ashanti del oro, la orfebrería, los tambores parlantes, los symboles adinkra y el arte de la corte real, y sigue latiendo al ritmo de un reino que nunca dejó de existir del todo.
Ninguna comprensión de la Región Ashanti es posible sin el Sika Dwa Kofi, el Trono de Oro. Según la tradición, hacia 1701 el sacerdote Okomfo Anokye lo hizo descender del cielo para posarlo sobre las rodillas de Osei Tutu, declarando que en ese taburete de oro macizo residía el sunsum, el alma colectiva del pueblo ashanti. El trono no es un asiento: nadie se sienta en él, jamás toca el suelo y se lo trata como al ser más sagrado de la nación.
Ese carácter sagrado explica el estallido de 1900: cuando el gobernador británico Hodgson exigió sentarse en el Trono de Oro, no cometió solo una torpeza política, sino un sacrilegio que encendió la Guerra del Trono de Oro. Los ashanti prefirieron la guerra a la humillación, y aunque fueron derrotados militarmente, lograron esconder el verdadero trono, que los británicos nunca consiguieron. Cuando en 1920 unos obreros hallaron por azar un trono de oro y lo despojaron de sus adornos, el escándalo fue enorme; luego se supo que no era el auténtico.
Alrededor del Trono de Oro gira todo el ceremonial ashanti: la entronización del Asantehene, los festivales como el Akwasidae, los ornamentos de oro, las espadas de Estado y los tejidos de kente. Es uno de los pocos casos en el mundo en que un objeto sagrado precolonial sigue siendo el símbolo vivo de la identidad de un pueblo, custodiado con celo en el corazón de Kumasi.
A pocos kilómetros de Kumasi, el pueblo de Bonwire es considerado la cuna del kente, la tela más famosa de Ghana y uno de los grandes símbolos de África en el mundo. El kente es un tejido de tiras estrechas de seda y algodón, de colores vivos y patrones geométricos, que se cosen entre sí para formar mantos completos. Nació como una tela de lujo reservada a la realeza y a las grandes ceremonias ashanti.
La tradición cuenta que dos tejedores de Bonwire aprendieron el arte observando a una araña tejer su tela, y de allí surgió la técnica del telar de tiras. Cada diseño de kente tiene un nombre y un significado —evoca proverbios, valores, acontecimientos históricos o personajes—, y cada combinación de colores comunica un mensaje: el oro habla de realeza y riqueza, el verde de crecimiento, el negro de la fuerza espiritual y el duelo.
Hoy los artesanos de Bonwire siguen trabajando en telares tradicionales de madera, tejiendo pacientemente tira tras tira. El kente trascendió a los ashanti para convertirse en emblema de la identidad y el orgullo panafricano: se luce en graduaciones y ceremonias entre la diáspora africana de todo el mundo, y sus colores decoran desde estolas académicas hasta pasarelas de moda. Visitar Bonwire es asomarse al origen vivo de ese arte.
Al sureste de Kumasi se esconde una maravilla geológica y espiritual: el lago Bosumtwi, el único lago natural de Ghana. Se formó hace algo más de un millón de años por el impacto de un meteorito, que abrió un enorme cráter hoy ocupado por aguas profundas y rodeado de colinas cubiertas de selva y de aldeas.
Para los ashanti, Bosumtwi es sagrado. La tradición sostiene que sus aguas son el lugar donde las almas de los difuntos se despiden antes de partir hacia el más allá, y en torno al lago se conservan numerosos ritos y tabúes: durante mucho tiempo, por respeto al espíritu del lago, estuvo prohibido pescar desde embarcaciones de madera, de modo que los pescadores se desplazaban sobre simples tablones, remando con las manos.
Hoy el lago Bosumtwi combina ese aura espiritual con su atractivo natural: sus aguas cálidas y tranquilas invitan a nadar y a descansar, y las aldeas de su orilla ofrecen una ventana a la vida rural ashanti. Los científicos, por su parte, estudian el cráter como uno de los mejor conservados del mundo, un archivo del clima y la historia del planeta escrito en el fondo del lago.