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Historia de Serekunda

La casa de los Sayerr: el origen de una ciudad

Serekunda no es una ciudad antigua ni planificada, sino el fruto de un crecimiento espontáneo que empezó, según la tradición, con un solo hombre y su familia en la segunda mitad del siglo XIX. Ese hombre fue Sayerr Jobe, un comerciante y agricultor wólof llegado desde la región del actual Senegal, que se instaló con los suyos en un paraje de la región de Kombo, en la orilla sur del río Gambia, tierra adentro respecto de la capital colonial, Bathurst (hoy Banjul).

El asentamiento fundado por su familia recibió el nombre de 'Sayerr Kunda', que en mandinga significa 'la casa' o 'el hogar de los Sayerr'. Con el tiempo, la pronunciación derivó en 'Serekunda', el nombre actual. Como tantos poblados africanos, empezó siendo una simple agrupación de compounds familiares dedicados a la agricultura —sobre todo al cultivo del maní, el gran producto de renta de Gambia— y al comercio de paso entre el interior y la costa.

Lo que hizo especial a Serekunda fue su posición y su dinamismo comercial. Situada en el cruce de caminos del Kombo, fue absorbiendo a las aldeas vecinas —la tradición habla de la fusión de nueve poblados— hasta formar un continuo urbano cada vez más denso. El mercado, que según la memoria popular empezó con unas pocas mujeres vendiendo pescado y fruta al borde del camino, se convirtió en el imán que atraía a comerciantes y compradores de toda la comarca.

Del poblado agrícola al gran mercado colonial

Durante la época colonial británica, mientras Bathurst concentraba la administración, el puerto y la sociedad criolla en su isla, Serekunda crecía en el continente como centro agrícola y comercial. La economía del protectorado de Gambia giraba en torno al maní, cultivado por los agricultores mandinga, wólof y fula del interior, y Serekunda, bien comunicada por carretera, se fue afianzando como punto de acopio, intercambio y distribución.

El mercado de Serekunda —conocido también como Sandika o Sabina— fue ganando tamaño e importancia hasta convertirse en el mayor del país, un dédalo de puestos donde confluían productos del campo gambiano, mercancías importadas y artesanías locales. A su alrededor florecieron talleres, tiendas y barrios residenciales que atraían a población de todas las etnias del país e incluso de los países vecinos, dando a la ciudad su carácter mestizo y bullicioso.

A diferencia de Banjul, encerrada en una isla baja sin espacio para expandirse, Serekunda podía crecer sin límites hacia el interior y hacia la costa. Esa ventaja geográfica resultaría decisiva: mientras la capital quedaba estancada por falta de suelo, la ciudad del continente se expandía año tras año, engullendo aldeas y tierras de cultivo y tejiendo el gran conglomerado urbano de Kombo que hoy domina la vida del país.

La metrópolis de Gambia tras la independencia

Tras la independencia de Gambia, en 1965, el crecimiento de Serekunda se aceleró de forma espectacular. El éxodo rural, el desarrollo del turismo en la costa cercana y la concentración de comercio, servicios y empleo en el área de Kombo convirtieron a la ciudad en un imán para miles de gambianos que buscaban trabajo y oportunidades. En pocas décadas, Serekunda superó ampliamente a Banjul en población y se transformó en la mayor concentración urbana del país.

La ciudad se fundió con las localidades vecinas —Bakau, Fajara, Kanifing, Bundung, Latrikunda y muchas otras— formando un área metropolitana continua que hoy alberga a más de la mitad de la población gambiana. Administrativamente, buena parte de este conglomerado quedó integrada en el municipio de Kanifing (Kanifing Municipal Council), uno de los motores demográficos y económicos de Gambia. La capital política siguió siendo Banjul, pero el corazón humano y comercial del país se había desplazado, sin duda, a Serekunda.

Ese crecimiento explosivo trajo también los problemas típicos de las grandes urbes africanas: barrios densos y a veces precarios, tráfico caótico, servicios desbordados y una economía informal omnipresente. Pero también una vitalidad extraordinaria: Serekunda es hoy una ciudad joven, trabajadora y en permanente movimiento, con su gran mercado como símbolo de una economía popular que nunca se detiene.

Cultura popular: mercado, batik y lucha

Serekunda es, por encima de todo, una ciudad de cultura popular viva. Su mercado, el Sandika, es el mayor de Gambia y un microcosmos de África occidental: allí se venden telas y batiks de colores intensos, ropa, especias, pescado seco, fruta, utensilios y artesanías, y hasta él llegan comerciantes de Senegal, Malí, Guinea y más allá. El regateo, el pregón y el trasiego de carretillas son el ritmo natural de una economía basada en el trato directo.

La ciudad y sus alrededores son también un centro de la artesanía textil gambiana: el batik (teñido con cera) y el tie-dye ('teñido anudado') se producen en pequeños talleres, muchos dirigidos por mujeres, que estampan y tiñen a mano telas vendidas luego en toda la región. Junto a la del maní, la del textil es una de las tradiciones productivas que dan identidad a la zona.

Y en el terreno del ocio y la identidad, Serekunda comparte con toda Gambia y Senegal la pasión por la lucha tradicional, el deporte nacional. En arenas de tierra repartidas por los barrios, al son de los tambores y con los luchadores cubiertos de amuletos protectores, se celebran combates que son a la vez espectáculo, ritual y fiesta comunitaria. Asistir a uno de estos encuentros, sobre todo en la temporada seca, es asomarse al alma popular del país.

La Serekunda de hoy

Hoy Serekunda es la gran ciudad de Gambia: densa, joven, comercial y en constante crecimiento, muy distinta de la tranquila capital insular de Banjul y del mundo turístico de los resorts de la costa. Es el nudo del transporte nacional —de sus estaciones parten taxis compartidos, minibuses 'gelly-gelly' y coches 'de siete plazas' hacia todos los rincones del país— y el gran mercado donde se abastece buena parte de la población.

Para el viajero, Serekunda no ofrece playas ni monumentos, pero sí algo cada vez más valorado: autenticidad. Recorrer su mercado, visitar un taller de batik, probar un plato de benachin en un comedor popular o cruzarse con el gentío del cruce de Westfield es entender cómo vive de verdad la mayoría de los gambianos, lejos de la postal del folleto. Es también la puerta de entrada al interior del país, base natural para excursiones a Brikama, Abuko, Makasutu o la ruta de la esclavitud.

La historia de Serekunda —de la casa de un comerciante wólof a la mayor urbe de la nación— es, en el fondo, la historia de la Gambia moderna: un país pequeño y agrícola que se urbaniza a toda velocidad, con sus tensiones y su energía, alrededor del comercio, la migración y la vida de mercado. En sus calles bulliciosas late el presente y el futuro de un pueblo tan hospitalario como emprendedor.

📚 Bibliografía

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