Antes de convertirse en el corazón turístico de Gambia, Kololi era una modesta aldea del Kombo, la región costera del sudoeste del país. Situada un poco tierra adentro respecto de la playa, vivía de la pesca, la agricultura y la vida comunitaria de las pequeñas localidades mandinga y wólof que salpicaban esta franja del litoral atlántico. Nada hacía prever que aquel puñado de casas se transformaría en la avenida de ocio más famosa de África occidental.
La costa de Kombo, con sus largas playas de arena dorada, sus cocoteros y su clima soleado durante la larga estación seca, tenía sin embargo un potencial evidente. Durante la época colonial británica apenas se explotó con fines turísticos: Gambia era una colonia pequeña y periférica, centrada en la exportación de maní, y la playa era sobre todo un recurso local. Las cosas empezarían a cambiar tras la independencia, en 1965, cuando el nuevo país buscó nuevas fuentes de ingresos.
El turismo llegó a Gambia casi por casualidad. A finales de los años sesenta, operadores escandinavos 'descubrieron' las playas gambianas como un destino de sol invernal cercano a Europa —apenas seis horas de vuelo— y con garantía de buen tiempo entre noviembre y abril. Los primeros charters trajeron a suecos y noruegos ávidos de calor, y las autoridades gambianas vieron enseguida la oportunidad de desarrollar una industria capaz de generar divisas y empleo.
A lo largo de los años setenta y, sobre todo, ochenta, la costa de Kombo se fue llenando de hoteles. En Kololi, un hito habitual que se cita es la construcción del hotel GamNor en 1982, que marcó el arranque de la transformación de la aldea en resort. A su alrededor fueron surgiendo más establecimientos, restaurantes, bares y comercios orientados a los visitantes europeos, dando forma a lo que acabaría llamándose la 'Senegambia Strip', por el emblemático Senegambia Beach Hotel que le dio nombre.
El modelo era el clásico del turismo de sol y playa: paquetes de vuelo más hotel vendidos en el norte de Europa —Reino Unido, Escandinavia, Países Bajos, Alemania— para pasar una o dos semanas al calor mientras en casa reinaba el invierno. Gambia se promocionó como 'The Smiling Coast of Africa', la costa sonriente, apostando por la hospitalidad de su gente, la seguridad y la facilidad del idioma inglés. Kololi se convirtió en el epicentro de esa oferta.
El crecimiento trajo prosperidad pero también los dilemas típicos del turismo en países en desarrollo: dependencia de los operadores extranjeros, empleos estacionales, el fenómeno de los 'bumsters' (jóvenes que buscan ganarse la vida alrededor de los turistas) y cierto turismo sexual que las autoridades han intentado combatir. Aun así, el sector se consolidó como uno de los pilares de la economía gambiana, solo por detrás de la agricultura, y Kololi como su buque insignia.
Con el paso de las décadas, la Senegambia Strip se convirtió en mucho más que una hilera de hoteles: es hoy la gran arteria del ocio de Gambia, una avenida donde se concentran restaurantes de todas las cocinas, bares, discotecas, casinos, tiendas de artesanía, agencias de excursiones y puestos callejeros. De día bulle con el ir y venir de vendedores, taxistas y turistas; de noche se enciende con música, luces y ambiente festivo hasta la madrugada.
La playa que se extiende frente a Kololi es el otro gran reclamo, aunque no exenta de problemas: la erosión costera se lleva regularmente tramos de arena, y parte de la playa ha tenido que ser regenerada artificialmente. Aun así, sigue siendo la más popular y concurrida del país, con hamacas, chiringuitos, deportes acuáticos y atardeceres espectaculares sobre el Atlántico. La combinación de sol, playa, vida nocturna y precios accesibles hizo de Kololi un destino fiel para miles de europeos.
El turismo también moldeó la sociedad local: generó una economía de servicios —guías, taxistas, artesanos, músicos, cocineros—, atrajo migración interna hacia la costa y transformó las antiguas aldeas en barrios urbanos integrados en el gran conglomerado de Kombo. Kololi pasó de ser un pueblo de pescadores a un enclave cosmopolita donde conviven la Gambia tradicional y la mirada del visitante extranjero.
La historia reciente de Kololi ha estado marcada por los altibajos de un sector tan rentable como frágil. El turismo gambiano ha sufrido el impacto de crisis internacionales y de la inestabilidad política del país. Los 22 años de gobierno autoritario de Yahya Jammeh (1994-2017) proyectaron a veces una imagen negativa que ahuyentó visitantes, y la crisis política de finales de 2016 y principios de 2017 —cuando Jammeh se negó a aceptar su derrota electoral— provocó evacuaciones de turistas y cancelaciones masivas, un golpe durísimo para la economía de la costa.
A los sobresaltos políticos se sumaron otros reveses globales: la quiebra en 2019 del gigante turístico Thomas Cook, que operaba muchos paquetes hacia Gambia, dejó a miles de viajeros varados y sacudió al sector; y poco después la pandemia de covid-19, en 2020, paralizó por completo los viajes internacionales y vació los hoteles de Kololi durante meses, con consecuencias graves para todos los que viven del turismo.
Cada vez, sin embargo, el destino ha demostrado una notable resiliencia. Con la vuelta de la democracia tras 2017 y la recuperación posterior a la pandemia, los charters europeos regresaron y la Strip volvió a llenarse. Gambia sigue apostando por su costa sonriente y por diversificar la oferta hacia el ecoturismo, la observación de aves y el turismo cultural, para depender menos del sol y playa puro y de un puñado de mercados emisores.
Hoy Kololi es, sin discusión, el corazón turístico de Gambia: el lugar donde aterriza la mayoría de los visitantes, donde se concentra la oferta de ocio y desde donde se organizan casi todas las excursiones por el país. Su playa dorada, su Senegambia Strip repleta de restaurantes y bares, su vida nocturna y su ambiente cosmopolita lo convierten en la base natural para descubrir el resto de este pequeño país tan diverso.
Porque la gran ventaja de Kololi es su posición estratégica: desde aquí, en pocos minutos u horas, se llega a los cocodrilos sagrados de Kachikally, a los monos de Bijilo, a la selva de Abuko, al mercado de pescado de Tanji, a los manglares de Makasutu y, río arriba, a la memoria de la esclavitud en Juffureh y la isla de Kunta Kinteh, o a los chimpancés del Parque Nacional del Río Gambia. Kololi ofrece el confort de la costa y la puerta abierta a la Gambia profunda.
Su historia —de aldea de pescadores a capital del turismo en apenas medio siglo— resume el papel que el sol, la playa y la hospitalidad han jugado en la economía gambiana. Con sus luces y sus sombras, Kololi sigue siendo el escaparate de 'la costa sonriente de África', un lugar donde el viajero puede tumbarse al sol, salir de fiesta y, al día siguiente, adentrarse en un país lleno de naturaleza, cultura e historia.