La historia de Banjul empieza mucho antes que la ciudad, con la geografía peculiar que le dio sentido. Gambia es un país insólito: un delgado corredor de tierra que se enrosca a ambas orillas del río Gambia, uno de los ríos más navegables de África occidental, cuyo ancho estuario permite que barcos oceánicos remonten cientos de kilómetros tierra adentro. Quien controlara la boca del río controlaba el comercio de toda la región. Y en esa boca, donde el Gambia se abre al Atlántico, había un banco de arena bajo y plano: la isla de Banjul, que los portugueses habían bautizado siglos antes como Santa María.
El nombre 'Banjul' viene, según la tradición, de la lengua mandinga: se dice que en la isla crecían fibras vegetales ('bang julo') que se usaban para hacer cuerdas y esteras, y que los recolectores respondían 'bang julo' cuando se les preguntaba qué hacían allí. La isla estaba habitada por pescadores y cubierta de manglares y mosquitos, un lugar poco hospitalario que durante siglos no fue más que un punto de paso en el gran comercio fluvial. Portugueses, y luego comerciantes ingleses y franceses, habían frecuentado el río Gambia desde el siglo XV, atraídos primero por el oro, el marfil y la cera, y sobre todo, durante los siglos siguientes, por el tráfico atlántico de esclavos, que arrancó de estas tierras a cientos de miles de africanos.
Durante el auge de la trata, el centro europeo en el río no fue Banjul sino puntos río arriba como James Island (hoy isla de Kunta Kinteh) y los establecimientos de Albreda y Juffureh. La isla de Santa María seguía casi vacía cuando, a comienzos del siglo XIX, un cambio histórico en la política británica la sacó de golpe del olvido y la convirtió en la llave del río.
En 1807, el Imperio Británico abolió el comercio de esclavos y, poco después, empezó a perseguir activamente a los barcos negreros en las costas de África occidental. Para vigilar la desembocadura del río Gambia y cortar el tráfico ilegal que seguían practicando otras potencias, la Corona necesitaba una base militar en un punto estratégico. En 1816, el capitán Alexander Grant, comandante británico, negoció con el rey de Kombo la cesión de la isla de Santa María, y el 23 de abril de ese año tomó posesión del lugar para levantar un fuerte y un asentamiento.
Grant llamó a la nueva ciudad Bathurst, en honor a Henry Bathurst, el conde que entonces era secretario de Estado para las Colonias. Trazó sus calles en una cuadrícula ordenada y las bautizó con nombres de generales aliados en la batalla de Waterloo, librada apenas un año antes. Se construyó el fuerte Bullen para artillar la boca del río, y muy pronto Bathurst atrajo a comerciantes, soldados, funcionarios y, muy especialmente, a africanos liberados de los barcos negreros interceptados: muchos de estos 'recaptives' —junto con criollos llegados de Sierra Leona, los llamados akus— se instalaron en la ciudad y formaron una comunidad influyente de artesanos, comerciantes y clérigos.
Así, la ciudad nació con una doble marca: era a la vez un instrumento del poder colonial británico y un refugio para africanos arrancados de la esclavitud. Bathurst creció como puerto comercial —exportaba sobre todo maní, que se convertiría en el gran cultivo de renta de Gambia— y como cabeza administrativa de una posesión británica cada vez más definida. En 1889, las fronteras de la colonia y el protectorado de Gambia quedaron fijadas en la extraña forma alargada que tienen hoy, resultado de la negociación entre Gran Bretaña y la Francia que rodeaba el territorio por todos lados con su colonia de Senegal.
Durante más de un siglo, Bathurst fue el centro indiscutido de la vida gambiana: puerto, mercado, sede del gobierno colonial y hogar de una sociedad cosmopolita para su tamaño. En 1855 se inauguró el mercado Albert, bautizado en honor al príncipe consorte de la reina Victoria, que se convirtió en el gran punto de intercambio de la colonia y sigue siendo hoy el corazón comercial de la ciudad. Se levantaron iglesias, mezquitas, edificios administrativos y las características casas de madera de dos plantas con galerías y balcones de hierro, muchas de las cuales todavía se conservan, envejecidas, en el casco antiguo.
La economía giraba en torno al maní (cacahuete), cultivado en el interior por los agricultores mandinga, wólof y fula y embarcado por el puerto de Bathurst hacia Europa. La ciudad concentraba a los comerciantes libaneses y europeos, a la administración británica y a la próspera comunidad aku, mientras el grueso de la población del país vivía en las aldeas del protectorado, río arriba. Bathurst era una capital pequeña pero vibrante, con periódicos, clubes, una vida asociativa activa y una identidad urbana propia.
En el siglo XX, y sobre todo tras las dos guerras mundiales —en las que soldados gambianos combatieron por la Corona—, creció el sentimiento nacionalista y la demanda de autogobierno. Figuras como Edward Francis Small, sindicalista y periodista pionero, y más tarde Dawda Jawara, un veterinario formado en el Reino Unido, encabezaron la política de la colonia. A diferencia de otros territorios africanos, la marcha de Gambia hacia la independencia fue pacífica y gradual, negociada más que arrancada por la fuerza.
El 18 de febrero de 1965, Gambia se independizó del Reino Unido, con Bathurst como capital y Dawda Jawara como primer ministro; en 1970, el país se proclamó república y Jawara pasó a ser su primer presidente. La pequeña nación, la más chica del África continental, apostó por la estabilidad, la democracia parlamentaria y una economía basada en el maní y, cada vez más, en el turismo de sol y playa que empezaba a atraer a europeos hacia sus costas atlánticas.
Uno de los gestos más simbólicos de la nueva era llegó en 1973, cuando la ciudad abandonó su nombre colonial, Bathurst, y adoptó el nombre africano de Banjul, recuperando la vieja denominación mandinga de la isla. Fue una afirmación de identidad nacional, parte de la ola de 'africanización' de nombres que recorrió el continente tras las independencias. Banjul seguía siendo, sin embargo, una capital limitada por su geografía: encerrada en una isla baja, sin apenas espacio para crecer, empezó a ceder población y dinamismo a las localidades del continente, sobre todo a Serekunda y a la franja costera de Kombo, donde florecían los barrios residenciales, el comercio y los hoteles.
En 1981 un intento de golpe de Estado sacudió al país y fue sofocado con ayuda de Senegal, lo que dio pie a una efímera confederación entre ambos países, la Senegambia, disuelta en 1989. La verdadera ruptura llegó en 1994: el 22 de julio, un grupo de jóvenes oficiales encabezados por el teniente Yahya Jammeh derrocó a Jawara en un golpe incruento y puso fin a casi tres décadas de gobierno civil.
Para conmemorar aquel golpe del 22 de julio de 1994, el nuevo régimen de Yahya Jammeh mandó construir el monumento más imponente de la ciudad: el Arco 22 (Arch 22), una gran puerta triunfal de 35 metros de altura, inaugurada en 1996, que domina la entrada a Banjul desde el continente. Con su terraza panorámica y su pequeño museo, el arco es hoy el hito más fotografiado de la capital, aunque su origen recuerde una etapa autoritaria: Jammeh gobernó con mano dura durante 22 años, marcados por la represión política, las desapariciones y el aislamiento internacional, hasta que perdió las elecciones de diciembre de 2016.
Aquel resultado electoral abrió una crisis dramática: Jammeh se negó a reconocer la derrota frente a Adama Barrow, y solo la presión de la comunidad internacional y la intervención de tropas de la CEDEAO (la organización de estados de África occidental) lograron, en enero de 2017, que abandonara el poder y partiera al exilio. La llegada de Barrow inauguró una nueva etapa democrática, con más libertades y un proceso de justicia transicional para esclarecer los abusos del régimen anterior.
Hoy Banjul es una capital tranquila, de escala casi provinciana, que ha delegado el bullicio en Serekunda y en la costa turística, pero conserva el peso institucional y una atmósfera histórica única: el mercado Albert, las casas coloniales de madera, el Museo Nacional, la plaza del 22 de Julio y, coronándolo todo, el Arco 22. Es una ciudad para caminar despacio, leyendo en sus calles la historia de un país pequeño y singular, nacido de la lucha contra la esclavitud y enroscado, como una serpiente delgada, alrededor de su gran río.