La historia de Port-Gentil empieza en el mar. Hacia 1473-1474, el navegante portugués Lopo Gonçalves, al servicio de la corona lusa que exploraba la costa de África occidental, alcanzó un cabo en esta parte del golfo de Guinea. En su honor, aquel accidente geográfico pasó a llamarse Cap Lopez (cabo Lopez), el punto que hoy abriga y da nombre a la ciudad. Era la época de las grandes exploraciones portuguesas por la costa africana, que fueron poniendo nombres europeos a cabos, ríos y bahías.
La isla de Mandji, en la desembocadura del delta del río Ogooué, donde se levanta Port-Gentil, estaba habitada por el pueblo orungu, un grupo de la familia myéné emparentado con los mpongwe de Libreville. Los orungu eran hábiles comerciantes costeros y llegaron a formar un reino que controlaba el comercio en la boca del Ogooué, intercambiando con los europeos marfil, maderas, cera y, durante los siglos de la trata, también esclavos.
El delta del Ogooué, con su laberinto de canales, islas y manglares, era una encrucijada natural entre el interior de Gabón —al que se accedía remontando el gran río— y el Atlántico. Esa posición estratégica, en la puerta del río más importante del país, marcaría el destino de la futura ciudad como puerto y centro comercial.
La presencia colonial francesa se formalizó en 1873, cuando Francia firmó un tratado con los orungu, integrando la región en su naciente imperio en África central. A fines del siglo XIX se establecieron en la isla de Mandji varias casas comerciales que impulsaron la explotación y exportación de la madera de okoumé, el árbol gabonés ideal para fabricar contrachapado, que se convertiría en el gran producto de la economía colonial.
El asentamiento creció como puerto maderero: los troncos que bajaban por el Ogooué desde el interior se acumulaban aquí para ser embarcados hacia Europa. La ciudad recibió el nombre de Port-Gentil en honor a Émile Gentil, un oficial de marina y explorador francés que tuvo un papel destacado en la expansión colonial en África central a comienzos del siglo XX.
Durante décadas, Port-Gentil fue esencialmente eso: un puerto de madera, aserraderos y comercio, ligado al río y al Atlántico, en una región húmeda y aislada. Su condición insular —en una isla del delta, sin conexión por carretera con el resto del país— la obligó desde siempre a depender del mar y, más tarde, del avión, un rasgo que conserva hasta hoy y que la distingue de casi cualquier otra ciudad importante.
El verdadero salto de Port-Gentil llegó con el petróleo. A partir de mediados del siglo XX, y sobre todo tras la independencia de Gabón en 1960, el descubrimiento y la explotación de importantes yacimientos de crudo costa afuera transformaron por completo la ciudad. La compañía francesa Elf (luego integrada en TotalEnergies) y otras petroleras hicieron de Port-Gentil su base de operaciones, y la antigua ciudad maderera se convirtió en la capital económica y petrolera del país.
El auge del crudo trajo dinero, trabajadores de muchas nacionalidades, infraestructura industrial y un aire cosmopolita. Port-Gentil concentró refinerías, terminales petroleras, empresas de servicios y una comunidad expatriada numerosa, mientras el petróleo se convertía en la principal fuente de ingresos de Gabón. La ciudad vivió el contraste típico de las economías petroleras: riqueza y modernidad junto a barrios populares y desigualdad.
Ese peso económico le dio también protagonismo político. En 1990, en plena ola de reclamos por la democracia multipartidista en África, Port-Gentil fue escenario de graves disturbios y protestas —vinculados a la muerte de un opositor y al malestar social—, que marcaron un momento tenso en la historia reciente del país y mostraron la importancia estratégica de la capital petrolera.
Hoy Port-Gentil sigue siendo la segunda ciudad de Gabón y su capital económica, dominada por la industria del petróleo y de la madera. Con alrededor de 150.000 habitantes en su isla del delta, mantiene su carácter portuario y cosmopolita y su peculiar aislamiento: se llega solo por aire o por mar, sin carretera práctica que la conecte con Libreville o el interior. Es una ciudad de trabajo más que de turismo, con playas urbanas, buen pescado y el trasiego de una urbe industrial atlántica.
Con el declive relativo de la producción petrolera y la apuesta de Gabón por diversificar su economía —incluido el ecoturismo—, Port-Gentil ha ido ganando también un papel como puerta de entrada a la naturaleza de la costa sur. Desde aquí y desde el cercano cabo Lopez se organiza el avistamiento de las ballenas jorobadas que llegan cada estación seca, y la ciudad es uno de los puntos de partida hacia el Parque Nacional de Loango, el gran imperdible natural del país.
Así, la vieja capital del okoumé y del petróleo mira cada vez más al mar y a la selva no solo como fuente de recursos, sino como atractivo. Ballenas frente al cabo que avistó Lopo Gonçalves hace más de cinco siglos, elefantes en las playas de Loango a un paso: Port-Gentil resume el desafío del Gabón contemporáneo, buscando en su naturaleza excepcional un futuro más allá del crudo.