El nombre de Loango evoca uno de los grandes Estados africanos de la era precolonial: el Reino de Loango, un poderoso reino bantú que floreció entre los siglos XVI y XIX en la costa atlántica de África central. Su núcleo se situaba en lo que hoy es la República del Congo y el enclave de Cabinda, pero su influencia, su cultura y sus redes comerciales se extendían por toda la 'costa de Loango', que llegaba hacia el norte hasta el sur del actual Gabón, incluida esta región de playas, lagunas y selva.
Loango era un reino organizado y próspero, gobernado por un soberano (el Maloango) y famoso por sus artesanos, sus tejidos de rafia y su comercio de marfil, cobre y productos de la selva. Con la llegada de los europeos, la costa de Loango se integró tristemente en el comercio atlántico de esclavos: sus puertos fueron puntos de embarque de cautivos hacia América, en una de las páginas más oscuras de la historia de la región.
Aunque el corazón político del reino estaba más al sur, toda esta franja costera compartía su universo cultural y comercial. El pueblo vili y otros grupos emparentados poblaban la costa. Cuando, siglos después, se creó un parque nacional en esta parte del litoral gabonés, se le dio el nombre de Loango, heredero de aquella región histórica cuyo recuerdo pervive en la geografía.
Durante los siglos de la colonización y ya en la Gabón independiente, esta franja de la costa central-sur —en torno a la laguna de Iguéla y la desembocadura del Ogooué— permaneció remota y poco desarrollada. Sin carreteras que la conectaran fácilmente, alejada de los grandes centros, la región conservó un carácter salvaje: kilómetros de playas vírgenes, sabanas, selvas, manglares y lagunas donde la fauna se movía con libertad.
Esa marginalidad, que en términos económicos era un atraso, resultó una bendición ecológica. Mientras otras zonas del mundo veían desaparecer a sus grandes animales, aquí los elefantes de bosque, los búfalos, los hipopótamos, los gorilas y los leopardos seguían prosperando, y la costa mantenía su ritmo natural: las ballenas migrando, las tortugas desovando, los peces abundando en la boca de la laguna. La región se convirtió, sin proponérselo, en un refugio.
El rasgo más asombroso de ese refugio era la mezcla de ambientes: en pocos kilómetros se pasaba de la playa atlántica a la sabana, de la selva a la laguna. Esa diversidad permitía el fenómeno que haría célebre a Loango: grandes mamíferos que, al no tener barreras entre el bosque y el mar, salían a caminar por las mismas playas donde rompían las olas del Atlántico.
El destino de Loango cambió a comienzos del siglo XXI, cuando el mundo empezó a fijarse en la extraordinaria naturaleza de Gabón. Un papel decisivo lo tuvo el naturalista y explorador estadounidense J. Michael 'Mike' Fay, que entre 1999 y 2000 realizó el célebre 'Megatransect', una travesía a pie de más de 3.000 kilómetros a través de las selvas de África central, buena parte de ellas en Gabón, documentando con National Geographic la increíble riqueza y el buen estado de conservación de estos bosques y costas.
Las imágenes que Fay y el fotógrafo Michael Nichols trajeron de la costa gabonesa —elefantes, búfalos e hipopótamos en playas vírgenes— dieron la vuelta al mundo y ayudaron a acuñar la idea de Loango como 'el último Edén de África' ('Africa's Last Eden'). Esa campaña de sensibilización fue clave para convencer al gobierno gabonés de dar un paso audaz en materia de conservación.
En 2002, el presidente Omar Bongo anunció, en la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, la creación de trece parques nacionales que protegían cerca del 11% del territorio de Gabón. Loango fue una de las estrellas de ese sistema: unos 1.550 km² de costa, laguna, sabana y selva quedaron protegidos, y el país, hasta entonces conocido por su petróleo y su madera, se propuso convertirse en un referente del ecoturismo, una suerte de 'Costa Rica de África'.
Desde su creación, Loango se ha consolidado como el parque emblemático de Gabón y uno de los destinos de ecoturismo más exclusivos de África. Gestionado por la Agencia Nacional de Parques Nacionales (ANPN), combina la protección de su fauna con un turismo de bajo volumen y alto valor: pocos visitantes, lodges de gama alta y experiencias cuidadas como los safaris de playa, los recorridos por la laguna y el llano del Akaka, y el seguimiento de gorilas de llanura habituados a través de proyectos de investigación.
Ese modelo tiene una lógica clara: en un lugar tan frágil y remoto, conviene un turismo caro y limitado antes que masivo. Pero también plantea desafíos: la conservación frente a la caza furtiva y la presión sobre los elefantes de bosque (muy castigados por el marfil en toda África central), el mantenimiento de una logística compleja y cara, y la necesidad de que los beneficios lleguen a las comunidades locales, como las de Omboué y los pueblos vecinos.
Hoy Loango sigue siendo, para muchos, la quintaesencia del sueño africano en su versión más salvaje y menos transitada: playas por las que pasan elefantes, hipopótamos que juegan en el mar, gorilas en la selva y ballenas frente a la costa. Heredero del nombre de un reino histórico y bautizado como 'el último Edén', encarna la apuesta de Gabón por un futuro en el que su naturaleza excepcional valga más viva que explotada.