Mucho antes de que su nombre diera la vuelta al mundo, Lambaréné era un punto de encuentro sobre el río Ogooué, el gran eje fluvial del centro de Gabón. En esta zona de canales, islas y selva inundada vivían pueblos como los galoa y los mpongwé —ambos del grupo myéné—, y más al interior los fang, que a lo largo del siglo XIX fueron migrando hacia el sur y el oeste. El río era la vida y la carretera: por él circulaban las piraguas cargadas de pescado, marfil, madera de okoumé y productos de la selva, y por él se movían las personas entre aldeas ribereñas.
El propio topónimo, según la tradición local, aludiría a la idea de 'probemos, veamos' o a un lugar de encuentro en la lengua de los pueblos del río, reflejo de su papel como punto de contacto y comercio. La región formaba parte de un mundo ecuatorial de sociedades organizadas en clanes y linajes, con una rica cultura material —máscaras, estatuaria, la tradición del bwiti— y una economía basada en la pesca, la caza, la recolección y una agricultura de mandioca y plátano en los claros de la selva.
A mediados del siglo XIX, la costa gabonesa ya había entrado en la órbita europea: en 1849 Francia fundó Libreville, en el estuario del Gabón, como asentamiento para esclavos liberados. Desde allí, exploradores, comerciantes y misioneros comenzaron a remontar los ríos hacia el interior. El Ogooué se convirtió en la vía natural de penetración, y Lambaréné, por su posición estratégica en el río, en una escala inevitable de esa expansión que cambiaría para siempre la vida de los pueblos de la selva.
La segunda mitad del siglo XIX fue la de la exploración europea del Ogooué. El más célebre de aquellos viajeros fue el franco-italiano Pierre Savorgnan de Brazza, que entre 1875 y 1885 remontó el río en varias expediciones, firmó tratados con los jefes locales y sentó las bases del dominio colonial francés en la región, que acabaría integrándose en el África Ecuatorial Francesa. Lambaréné, en pleno curso del río, quedó en el corazón de esa penetración.
De la mano del comercio y la administración llegaron las misiones cristianas, decisivas en la historia local. Los misioneros protestantes de la Sociedad de las Misiones Evangélicas de París y, más tarde, los católicos, se instalaron a orillas del río y fundaron capillas, escuelas y dispensarios. La misión protestante de Andende, aguas arriba de Lambaréné, sería años después el punto donde un médico alsaciano empezaría su obra. Las misiones evangelizaron, alfabetizaron y transformaron profundamente la vida de los pueblos galoa y fang, no sin tensiones con sus creencias y estructuras tradicionales.
Hacia 1900, Lambaréné era ya un modesto pero activo puesto colonial y misionero: administración francesa, comercio de madera y productos de la selva, misiones y un flujo constante de piraguas por el río. Era también una región golpeada por enfermedades como la malaria, la enfermedad del sueño, la lepra y la disentería, con una población en gran parte desatendida por la medicina. Ese fue el escenario que encontró Albert Schweitzer cuando desembarcó en 1913, y el que explicaría su decisión de quedarse a curar durante casi medio siglo.
Albert Schweitzer (1875-1965), nacido en Kaysersberg, en la Alsacia entonces alemana, fue una de las figuras más singulares del siglo XX. A los treinta años era ya un teólogo célebre por sus estudios sobre el Jesús histórico, un filósofo respetado y uno de los mayores organistas y expertos en Johann Sebastian Bach de Europa. En la cima de esa triple carrera tomó una decisión que asombró a todos: estudiar medicina para irse a curar enfermos a África, como respuesta concreta a su ética. Se doctoró en medicina y, con su esposa Hélène Bresslau, enfermera, partió hacia Gabón.
Llegaron a Lambaréné en abril de 1913 y, con el permiso de la misión protestante de Andende, Schweitzer empezó a atender pacientes en un viejo gallinero reconvertido en dispensario, ante una afluencia inmediata de enfermos que llegaban en piragua desde kilómetros a la redonda. Poco después levantó su propio hospital de pabellones de madera y chapa a orillas del río. Trataba malaria, disentería, lepra, hernias, heridas y la temida enfermedad del sueño, operando y medicando en condiciones durísimas, financiado por sus conciertos de órgano y sus libros en Europa.
El proyecto se interrumpió por la Primera Guerra Mundial: por ser ciudadanos alemanes en una colonia francesa, los Schweitzer fueron internados y llevados a campos en Francia entre 1917 y 1918. Regresaron en 1924 y Albert reconstruyó y amplió el hospital en un nuevo emplazamiento algo más grande, que fue creciendo hasta convertirse en una pequeña aldea sanitaria con cientos de camas, donde los enfermos venían acompañados de sus familias, que cocinaban y cuidaban a los pacientes según la costumbre local. Aquella mezcla de medicina occidental y respeto por las formas de vida africanas se volvió su sello.
En el corazón de la obra de Schweitzer estaba una idea filosófica que, según contó, se le reveló precisamente navegando por el Ogooué en 1915: el 'respeto por la vida' (en alemán, Ehrfurcht vor dem Leben). Para él, la ética se resumía en la reverencia ante toda forma de vida, y esa convicción guiaba tanto su medicina como su pensamiento. Publicó libros de filosofía de la cultura y de teología, siguió tocando y grabando a Bach para financiar el hospital, y se convirtió en una celebridad moral admirada en todo el mundo.
En 1952 recibió el Premio Nobel de la Paz —entregado en 1953— por su labor humanitaria y su filosofía. Con el dinero del premio amplió el hospital y construyó un pabellón para enfermos de lepra. En sus últimos años, Schweitzer usó también su enorme prestigio para alzar la voz contra las armas nucleares, con llamamientos internacionales al desarme durante la Guerra Fría. Su figura no estuvo exenta de críticas: se le reprochó un estilo paternalista y una visión de su época sobre la relación entre Europa y África, un debate que sigue abierto al juzgar su legado con ojos actuales.
Albert Schweitzer murió en Lambaréné el 4 de septiembre de 1965, a los 90 años, y fue enterrado a orillas del Ogooué, junto a la tumba de su esposa Hélène, fallecida en 1957, bajo sencillas cruces de madera que aún pueden verse. Para entonces, el pequeño hospital de la selva era conocido en el mundo entero y Lambaréné se había vuelto sinónimo de entrega desinteresada. El médico dejó tras de sí no solo un hospital, sino un símbolo perdurable de lo que puede la compasión.
La obra de Schweitzer no terminó con su muerte. El hospital siguió funcionando, sostenido por fundaciones internacionales, y en 1981 se inauguró un hospital moderno cercano que continúa hasta hoy siendo uno de los principales centros de salud de la región. Los viejos pabellones de madera donde el doctor curó durante décadas se conservaron como museo, con su casa, su consultorio, la farmacia, el instrumental y sus objetos personales, y se convirtieron en lugar de peregrinación para viajeros de todo el mundo que quieren conocer el escenario de aquella historia.
En el mismo lugar floreció además un legado científico de primer nivel: el Centre de Recherches Médicales de Lambaréné (CERMEL), heredero del espíritu del hospital, es hoy uno de los institutos de investigación biomédica más importantes de África central. Allí se estudian la malaria, la tuberculosis y otras enfermedades tropicales, y se han realizado ensayos clínicos de vacunas —incluidas pruebas relacionadas con la malaria y el ébola— que sitúan a esta pequeña ciudad de la selva en el mapa de la ciencia mundial. La medicina que Schweitzer trajo en una canoa se transformó en investigación de vanguardia.
Más allá del hospital, Lambaréné sigue siendo una tranquila capital provincial que vive del río, la pesca, el comercio y el creciente interés por el ecoturismo en los lagos del bajo Ogooué, un humedal de importancia internacional protegido como sitio Ramsar. La ciudad que fue escala de exploradores y misioneros, y que un médico alsaciano hizo famosa, conserva ese aire de encrucijada entre el agua y la selva, entre la historia y la naturaleza, que la vuelve una de las paradas más entrañables del interior de Gabón.