Senafe se asienta en el extremo meridional de las tierras altas eritreas, allí donde la meseta se acerca a la frontera con Etiopía y empieza a quebrarse en montañas y peñascos. Es una tierra de gran altitud —cerca del Emba Soira, el pico más elevado del país, con más de 3.000 metros— habitada desde tiempos antiguos por pueblos saho y tigriña, que combinan la agricultura de las tierras altas con la ganadería.
Esta posición geográfica, en el borde del altiplano y en la ruta natural entre el interior abisinio y las tierras bajas hacia el mar Rojo, hizo de la zona un lugar de paso y de asentamiento desde época remota. Las imponentes formaciones rocosas de granito que rodean Senafe no solo definen su paisaje, sino que ofrecían refugio y puntos defensivos a las comunidades que se instalaron aquí a lo largo de los milenios.
En ese entorno, a pocos kilómetros al sur de la actual Senafe, floreció una de las ciudades más importantes de la Eritrea antigua: Metera, también conocida como Belew Kelew o Matara. Su historia se entrelaza con la de los grandes reinos que dominaron el Cuerno de África mucho antes de la era colonial, y hace de esta esquina del sur eritreo un lugar clave para entender el pasado profundo de la región.
Los orígenes de Metera se remontan a más de dos mil quinientos años atrás, cuando en las tierras altas del Cuerno de África floreció el reino de D'mt (o Da'amat), una de las primeras entidades políticas complejas de la región, contemporánea de las civilizaciones del sur de Arabia con las que mantuvo intensos contactos. En ese contexto, hacia el siglo VII antes de Cristo, Metera comenzó a desarrollarse como un asentamiento de importancia en el altiplano.
La ciudad se benefició de su ubicación en las rutas que conectaban el interior con la costa del mar Rojo. Por ellas circulaban productos, ideas, técnicas y creencias, en un intercambio que enriqueció a las comunidades del altiplano. Metera fue uno de los puntos donde esa vida comercial y cultural dejó huellas materiales que han llegado hasta nosotros, y que la convierten en un yacimiento clave para el estudio de la Eritrea preaksumita.
La notable duración del asentamiento —se calcula que estuvo activo durante más de un milenio, hasta cerca del siglo VII de nuestra era— habla de su resiliencia y de su importancia. Pocas ciudades del mundo antiguo mantuvieron una ocupación tan prolongada, atravesando el paso del reino de D'mt al gran imperio de Aksum sin perder su relevancia.
Con el ascenso del reino de Aksum, una de las grandes potencias de la Antigüedad, contemporánea de Roma y de la Persia sasánida, Metera se integró en su órbita y siguió prosperando. La ciudad formaba parte del entramado de asentamientos del altiplano que sostenían el poder aksumita y su comercio de largo alcance, articulado en torno al gran puerto de Adulis, en la costa del mar Rojo.
El vestigio más famoso de esta época es la estela de Metera, un alto monolito de piedra grabado con símbolos e inscripciones. Entre esos símbolos figura el disco y la media luna, motivo religioso característico del mundo preaksumita y aksumita, y una inscripción que ha sido objeto de estudio por los especialistas. La estela es hoy el emblema del sitio y uno de los grandes iconos de la Eritrea antigua.
Las excavaciones arqueológicas, en particular las dirigidas por el francés Francis Anfray en los años sesenta, sacaron a la luz en Metera viviendas, tres iglesias y objetos notables, como una lámpara decorada con una escena de animales. Estos hallazgos confirmaron la riqueza de la ciudad y su continuidad a lo largo de las distintas épocas, así como la llegada del cristianismo, que Aksum adoptó en el siglo IV y que dejó su marca en los templos de la urbe.
La adopción del cristianismo por el reino de Aksum en el siglo IV transformó la vida religiosa de ciudades como Metera y de toda la región de las tierras altas. Se levantaron iglesias, y la fe ortodoxa echó raíces profundas que perduran hasta hoy. En los alrededores de Senafe, la iglesia monolítica de Enda Tsadqan —tallada directamente en la roca, al estilo de las célebres iglesias rupestres del vecino altiplano etíope— es testimonio de esa tradición y de la habilidad de los antiguos canteros.
Como tantas ciudades de la Antigüedad, Metera acabó declinando. Su suerte estuvo ligada a la del comercio del mar Rojo y a la del propio reino de Aksum: cuando, a partir del siglo VII, las rutas comerciales cambiaron con el ascenso del islam y el debilitamiento de Aksum, ciudades como Metera y el puerto de Adulis perdieron su razón de ser y fueron poco a poco abandonadas, quedando sus ruinas expuestas al tiempo.
Durante siglos, los vestigios de Metera permanecieron en la memoria local pero al margen de la atención del mundo. Solo con las investigaciones arqueológicas del siglo XX se reconoció plenamente su valor. La estela, las ruinas y las iglesias de la zona se convirtieron en piezas fundamentales para reconstruir la historia de los reinos de D'mt y Aksum, y en un motivo de orgullo para la identidad histórica eritrea.
En tiempos modernos, Senafe siguió siendo un punto importante del sur eritreo, pero su cercanía a la frontera con Etiopía la puso también en el centro de conflictos recientes. Durante la guerra fronteriza entre Eritrea y Etiopía de 1998-2000, la zona de Senafe se vio directamente afectada por los combates y la ocupación, y sufrió los daños y penurias propios de la contienda, en una región que ya había padecido las décadas de la guerra de independencia.
Superados esos episodios, Senafe ha vuelto a la calma de una ciudad de las tierras altas, con su mercado, sus pueblos saho y tigriña y su vida rural. Para el país, la zona representa un doble tesoro: por un lado, el patrimonio arqueológico milenario de Metera, con su estela y sus ruinas; por otro, los paisajes de montaña y las formaciones rocosas que hacen de este rincón uno de los más singulares de Eritrea.
Hoy, Senafe y Metera se ofrecen al viajero como una ventana al pasado más antiguo del Cuerno de África, dentro del circuito histórico del sur que las conecta con Qohaito y con la costa de Adulis. Visitar la estela de Metera, recorrer las ruinas y contemplar los peñascos de Senafe es sumergirse en más de dos mil quinientos años de historia, en un paisaje grandioso y todavía muy poco transitado por el turismo internacional.