Segeneiti se levanta en las tierras altas del sur de Eritrea, en lo que fue la histórica provincia de Akele Guzai, una de las grandes regiones tradicionales del país, rica en historia y en vestigios antiguos. Dentro de esa provincia, Segeneiti llegó a ser el tercer asentamiento en importancia, después de Mendefera y de Senafe, lo que da idea de su peso a lo largo de los siglos como centro de una zona agrícola y ganadera de montaña.
La marca más singular de Segeneiti son sus árboles. En esta parte de las tierras altas crecen los 'daero', enormes sicómoros (Ficus daaro) que pueden vivir siglos y que ocupan un lugar central en la cultura local. Se calcula que en la zona hay alrededor de cuatrocientos de estos árboles, muchos de ellos de entre 200 y 400 años de edad, verdaderos monumentos vivos que han acompañado a la comunidad a lo largo de generaciones.
El sicómoro no es un árbol cualquiera para las comunidades de las tierras altas eritreas. Con su copa densa y su sombra generosa, fue desde siempre el lugar ideal para las asambleas de aldea: a su amparo se reunían los ancianos para discutir los asuntos sociales, resolver conflictos y decidir sobre la gestión de la tierra. El daero es, así, una institución tanto como un árbol, y en Segeneiti alcanza su máxima expresión.
Entre los muchos sicómoros de Segeneiti hay dos que atraen especialmente la atención: el 'Daero Africa' y, sobre todo, el 'Daero Five'. Este último debe su nombre a un honor poco común: su imagen ilustra el billete de cinco nakfa de la moneda eritrea. Cada vez que un eritreo maneja uno de esos billetes, lleva consigo, sin pensarlo, la estampa de este árbol centenario de Segeneiti.
Que un sicómoro figure en la moneda nacional dice mucho del valor simbólico de estos árboles en la cultura del país. En una nación que eligió el nombre de un pueblo-fortaleza, Nakfa, para su moneda, poner un daero en uno de sus billetes es reconocer el papel de estos gigantes vegetales como símbolos de comunidad, de sabiduría y de arraigo a la tierra. El Daero Five se convirtió, por esa vía, en uno de los árboles más 'famosos' de Eritrea.
La tradición de reunirse bajo el sicómoro para deliberar conecta a Segeneiti con una forma muy antigua y muy africana de organizar la vida comunitaria: la del árbol como espacio público, tribunal y ágora. En un mundo que cambia deprisa, la persistencia de estos árboles y de su función simbólica es un testimonio conmovedor de continuidad cultural.
Como buena parte de las tierras altas eritreas, Segeneiti quedó bajo el dominio de Italia, que había proclamado su colonia de Eritrea en 1890 y que a lo largo de las décadas siguientes fue dotando al territorio de infraestructura, caminos y edificios. En el pueblo se levantaron construcciones de estilo colonial y racionalista —edificios de apartamentos, comercios, un hotel—, que aportaron un aire europeo a esta localidad de las tierras altas del sur.
De aquel período quedan, todavía en pie aunque muy deteriorados, varios edificios que conservan su elegancia pese al paso del tiempo. En uno de ellos, un antiguo hotel, aún puede leerse la palabra 'Albergo' en las columnas junto a las entradas, un vestigio nostálgico de la Segeneiti de la época colonial. Estos edificios en decadencia forman un contraste curioso con los sicómoros centenarios y con la vida rural del pueblo.
Fue también en tiempos relativamente recientes cuando Segeneiti sumó otro de sus rasgos característicos: el cultivo de la tuna o beles, la fruta del nopal. Según la tradición local, fue un sacerdote quien introdujo la planta en el pueblo en los años cincuenta, y desde entonces el beles se convirtió en un producto emblemático de la zona, muy apreciado en toda Eritrea durante la temporada de lluvias.
Segeneiti, como el resto del sur de Eritrea, no quedó al margen de los grandes conflictos del siglo XX. Tras el fin del dominio italiano y la administración británica, Eritrea fue federada con Etiopía en 1952 y luego anexada en 1962, lo que desencadenó la larga guerra de independencia. Las tierras altas del sur, la antigua Akele Guzai, fueron uno de los escenarios de esa lucha entre las guerrillas eritreas y el ejército etíope.
La zona vivió episodios bélicos a lo largo de las décadas de guerra, con el sufrimiento y las penurias que el conflicto trajo a las comunidades rurales. La cercanía del sur eritreo a la frontera con Etiopía mantuvo a la región en una posición sensible, algo que se repetiría más tarde, ya en la Eritrea independiente, durante la guerra fronteriza de 1998-2000 que afectó a localidades del sur.
A pesar de esos avatares, Segeneiti conservó su identidad y sus árboles. Los daeros, que habían visto pasar siglos de historia, sobrevivieron a las guerras y siguieron siendo el corazón simbólico del pueblo. La convivencia secular de los pueblos saho y tigriña en la zona, mantenida a lo largo de tantas dificultades, es otro de los rasgos que definen a esta comunidad de las tierras altas.
La Segeneiti actual es un pueblo tranquilo y arraigado de la región de Debub, famoso en toda Eritrea por sus sicómoros centenarios, su tuna (beles) y su ambiente apacible. Habitada por pueblos saho y tigriña que conviven desde hace siglos, conserva su condición de antiguo centro de la provincia de Akele Guzai y su rico entorno de sitios y vestigios históricos, que hacen de la zona un pequeño tesoro para los aficionados a la historia y la arqueología.
Para el viajero, Segeneiti es una escala encantadora en la ruta del sur: un lugar para ver los daeros —incluido el que aparece en el billete de cinco nakfa—, pasear entre la arquitectura italiana en ruinas, probar el beles en temporada y captar el ritmo sereno de la vida rural de las tierras altas. Su cercanía a Dekemhare, Adi Keih, Qohaito y Senafe la convierte en parte natural de un circuito por la Eritrea del sur.
En su modestia, Segeneiti encierra buena parte del alma de las tierras altas eritreas: la relación sagrada con los árboles, la convivencia de pueblos, el legado colonial y la persistencia de las tradiciones. Un pueblo de sicómoros centenarios donde, a la sombra de los daeros, el tiempo parece transcurrir con la misma calma con que lo ha hecho durante generaciones.