Para entender Debre Bizen hay que remontarse a las raíces cristianas del cuerno de África. El cristianismo llegó a estas tierras en el siglo IV, cuando el reino de Aksum —cuyo puerto era Adulis, en la costa eritrea— adoptó la nueva fe y se convirtió en uno de los primeros Estados cristianos del mundo. De aquella conversión nació la Iglesia ortodoxa Tewahedo, una tradición cristiana propia del altiplano etíope-eritreo, con su lengua litúrgica, el ge'ez, sus manuscritos iluminados, sus cruces características y una fuerte vida monástica.
En los siglos siguientes, el monacato floreció en las montañas del norte de Abisinia, incluidas las tierras altas que hoy son Eritrea. Monjes y ermitaños buscaban lugares apartados, elevados y de difícil acceso, donde entregarse a la oración, el ayuno y el estudio de las Escrituras lejos del mundo. Las cimas de la meseta, con sus panorámicas inmensas y su aislamiento natural, eran escenarios ideales para fundar comunidades religiosas.
Este movimiento monástico fue clave no solo para la vida espiritual, sino también para la cultura: los monasterios se convirtieron en centros de copia y conservación de manuscritos, de enseñanza y de preservación de la memoria histórica y religiosa. En ese contexto, a mediados del siglo XIV, nació uno de los monasterios más importantes de la región: Debre Bizen.
El monasterio de Debre Bizen fue fundado hacia 1360-1361 por Abuna Filipos (Abune Philipos), un monje de la tradición Tewahedo que buscó un lugar apartado y elevado para establecer su comunidad. Eligió la cima de una montaña a unos 2.450 metros de altura, sobre la escarpa oriental, cerca de lo que hoy es el pueblo de Nefasit. El nombre suele traducirse como 'el monte del refugio', y el lugar respondía perfectamente a la idea de un retiro espiritual protegido del mundo por la propia geografía.
La tradición atribuye a Abuna Filipos el establecimiento de la estricta regla del monasterio, que incluye la célebre prohibición de la presencia femenina en la cima sagrada. Según se cuenta, el fundador quiso proteger a sus monjes de 'la tentación de las mujeres', y estableció que ninguna mujer pudiera poner pie en el recinto. La norma se aplica de forma tan rigurosa que se extiende incluso a las hembras de los animales: solo mulas y burros machos suben provisiones a la montaña. Una gran cruz en el sendero marca el punto que las mujeres no pueden cruzar.
Desde su fundación, Debre Bizen creció hasta convertirse en uno de los monasterios más influyentes y respetados del cristianismo del altiplano. Atrajo a monjes, peregrinos y donaciones, y fue ampliando su recinto, sus iglesias y su comunidad, consolidándose como un faro espiritual en las alturas de la escarpa eritrea.
A lo largo de más de seiscientos años, Debre Bizen fue mucho más que un lugar de oración: se convirtió en un importante centro espiritual, intelectual y económico de la región. Los monjes se dedicaban al culto, al ayuno y a la copia de manuscritos, y el monasterio fue reuniendo una valiosa biblioteca de textos en ge'ez —evangelios, salterios, obras teológicas e históricas— muchos de ellos escritos e iluminados a mano por generaciones de religiosos. Esa biblioteca es hoy uno de sus mayores tesoros.
El monasterio acumuló también reliquias, cruces procesionales, coronas, vestiduras litúrgicas y otros objetos de culto de gran antigüedad y valor, custodiados celosamente por la comunidad. Además, como muchos grandes monasterios, llegó a poseer tierras y a desempeñar un papel en la vida económica y social de su entorno, recibiendo peregrinos y ofreciendo formación religiosa. Su prestigio lo convirtió en un punto de referencia del monacato Tewahedo.
A través de los siglos, Debre Bizen sobrevivió a los vaivenes políticos de la región: reinos abisinios, presiones externas, la colonización italiana de Eritrea y las guerras del siglo XX. Su aislamiento en la cima y la devoción de los fieles lo protegieron, permitiendo que la vida monástica continuara de forma casi ininterrumpida. Los monjes siguieron subiendo y bajando la montaña, manteniendo viva una tradición que hunde sus raíces en la Edad Media.
Hoy Debre Bizen sigue siendo un monasterio activo y un destino de peregrinación para los fieles ortodoxos de Eritrea, que suben a pie la empinada montaña desde Nefasit para rezar, pedir bendiciones y participar de las festividades religiosas. La comunidad de monjes continúa su vida de oración, ayuno y conservación del patrimonio, manteniendo las tradiciones y la estricta regla heredadas del fundador, incluida la prohibición de acceso a las mujeres.
Para el viajero, la visita combina naturaleza, historia y espiritualidad de una forma poco común. La caminata de 2 a 3 horas por el sendero de los peregrinos, las vistas inmensas desde la cima sobre la meseta y la escarpa que baja hacia el mar Rojo, y el encuentro con un monasterio medieval vivo hacen de la excursión una de las más memorables del país. Los visitantes varones pueden acceder al recinto, conocer las iglesias y, con la venia de los monjes, admirar manuscritos y reliquias; las mujeres acompañan hasta el punto marcado en el sendero.
Debre Bizen es, en definitiva, una ventana a la Eritrea más profunda y ancestral: la del cristianismo Tewahedo que llegó con el reino de Aksum, la de los monjes de las montañas y la de una fe que se ha mantenido en las alturas durante siglos, ajena al ruido del mundo. Visitarlo con respeto y preparación es asomarse a un capítulo esencial de la identidad espiritual del país.