Antes de convertirse en leyenda, Nakfa era un pueblo pequeño y poco conocido de las montañas áridas del norte de Eritrea, en la región que los eritreos llaman el Sahel. Situado a más de 1.700 metros de altitud, en un paisaje de cerros pelados y valles secos, vivía de la ganadería, de una agricultura de subsistencia y del paso ocasional de caravanas. Nada en su modesta vida cotidiana anticipaba el papel descomunal que la historia le tenía reservado.
La geografía, sin embargo, ya contenía la clave de su destino. El terreno quebrado y montañoso del Sahel, con sus cumbres defendibles y sus profundos valles, era casi inexpugnable para un ejército convencional y, al mismo tiempo, un refugio ideal para una guerrilla que conociera el terreno palmo a palmo. Cuando estalló la larga guerra de independencia, esa dureza del paisaje transformaría a Nakfa de aldea olvidada en fortaleza natural de toda una nación en armas.
Eritrea, colonia italiana desde 1890 y luego bajo administración británica, había sido federada con Etiopía en 1952 por decisión de la ONU. La anexión unilateral que hizo el emperador Haile Selassie en 1962, disolviendo la autonomía eritrea, encendió una guerra de independencia que se prolongaría treinta años. En ese conflicto, el norte montañoso —y Nakfa en su corazón— se volvería el santuario de la resistencia.
La transformación de Nakfa comenzó a mediados de los años setenta, cuando el movimiento independentista, cada vez más fuerte, pasó a la ofensiva. Tras meses de duros combates, los combatientes eritreos liberaron Nakfa en marzo de 1977, arrebatándosela al ejército etíope. A partir de ese momento, el pueblo quedó bajo control de la guerrilla y se convirtió en un bastión del Frente Popular de Liberación de Eritrea (EPLF), la principal fuerza de la lucha.
Pero la posesión de Nakfa no sería pacífica. En los años siguientes, Etiopía —respaldada primero por potencias occidentales y luego, tras el giro del régimen del Derg, por la Unión Soviética— lanzó ofensivas masivas para recuperar el norte y aplastar la insurrección. Nakfa se convirtió en el objetivo simbólico y militar de esas campañas: tomarla habría significado quebrar el espinazo de la resistencia. Nunca lo lograron.
Año tras año, el EPLF resistió los asedios y contraofensivas en torno a Nakfa, en una guerra de trincheras que recordaba a los grandes frentes del siglo XX. La línea del frente se estabilizó en las montañas del Sahel, y el nombre de Nakfa empezó a cargarse de un significado que iba mucho más allá de lo militar: se volvió sinónimo de que Eritrea no se rendía.
Lo que hizo de Nakfa una fortaleza no fueron muros ni castillos, sino la tierra misma. Para sobrevivir a los bombardeos constantes de la aviación etíope, los combatientes del EPLF excavaron en los cerros una red descomunal de trincheras, túneles, pozos de tirador y refugios. Miles de guerrilleros vivieron literalmente bajo tierra durante más de una década, protegidos de las bombas y organizados con una disciplina asombrosa.
Aquella retaguardia subterránea del Sahel fue mucho más que un sistema defensivo: fue un Estado clandestino en las montañas. En cuevas y galerías funcionaban hospitales de campaña, talleres que reparaban armas y fabricaban repuestos, imprentas, farmacias, escuelas y hasta emisoras de radio. La guerrilla eritrea se hizo célebre por su autosuficiencia, su alfabetización y la participación masiva de mujeres combatientes en pie de igualdad, algo inusual en la región.
La mezquita de Nakfa, destruida por los bombardeos, se dejó en pie tal cual quedó, como monumento involuntario al castigo sufrido por el pueblo. Ese paisaje de ruinas y trincheras cuenta, mejor que cualquier discurso, cómo un ejército de campesinos y estudiantes, escaso de recursos pero sobrado de determinación, resistió a una de las mayores fuerzas militares de África sin ceder su fortaleza.
La resistencia de Nakfa terminó dando sus frutos. A fines de los años ochenta, tras años de desgaste, el EPLF pasó de la defensa a la ofensiva y comenzó a arrollar al ejército etíope. La caída de Afabet en 1988 fue el punto de inflexión, y en mayo de 1991 la guerrilla tomó Asmara, poniendo fin a treinta años de guerra. En 1993, tras un referéndum en el que la independencia se aprobó de manera casi unánime, Eritrea nació como país soberano.
Al construir su nuevo Estado, la joven nación buscó símbolos que encarnaran el espíritu de la lucha, y ninguno era más poderoso que Nakfa. En 1997, Eritrea reemplazó el birr etíope por su propia moneda y la llamó, precisamente, 'nakfa', en homenaje al pueblo-fortaleza que nunca cayó. Fue una decisión cargada de sentido: cada billete y cada moneda del país llevan, en su nombre, la memoria de la resistencia del Sahel.
Así, un pueblo remoto y humilde quedó inscrito para siempre en la vida diaria de todos los eritreos. Comprar pan, pagar un taxi o cambiar dinero implica, sin pensarlo, pronunciar el nombre de Nakfa. Pocas veces la geografía de la resistencia se ha vuelto tan literalmente parte de la economía y la identidad de una nación.
Terminada la guerra, Nakfa volvió a ser un pueblo pequeño y aislado, pero cargado de un valor simbólico inmenso. Para los eritreos es casi un lugar de peregrinación patriótica: allí se conservan las trincheras, los refugios, la mezquita en ruinas y el cementerio de los mártires, y allí se rinde homenaje a los miles de combatientes que hicieron posible la independencia. El culto a los 'mártires' —los caídos por la patria— es central en la Eritrea actual, y Nakfa es uno de sus grandes santuarios.
Para el viajero extranjero, visitar Nakfa es una experiencia distinta a la de cualquier otro destino. No se va por el paisaje ni por el confort —el pueblo es básico y llegar es un esfuerzo—, sino por comprender de cerca la epopeya que dio origen al país. Recorrer las trincheras con un guía, a menudo un excombatiente, y escuchar cómo se vivía y se combatía bajo tierra, deja una impresión difícil de olvidar.
Nakfa resume, en su pequeñez y su lejanía, buena parte de la identidad eritrea: la tenacidad, el sacrificio, el orgullo de una independencia conquistada a un costo altísimo. Un pueblo que dio su nombre a la moneda de toda una nación y que sigue en pie, austero y silencioso, como testimonio de que la resistencia, a veces, cambia el curso de la historia.