Massawa tiene una de las historias más largas y cosmopolitas de toda la costa africana del mar Rojo. Su ubicación estratégica, sobre islas coralinas de un puerto natural protegido, la convirtió desde la antigüedad en un punto clave del comercio entre el interior africano, Arabia, Egipto, India y el Mediterráneo. Aunque el gran puerto de la antigüedad en esta costa fue Adulis, más al sur, Massawa fue ganando protagonismo con el paso de los siglos hasta erigirse en la gran puerta marítima de la región.
Por su puerto salían productos del interior abisinio y de las tierras altas —marfil, pieles, oro, café, sal— y entraban mercancías, ideas y religiones. El islam llegó temprano a esta costa a través del comercio y la cercanía con Arabia, y Massawa se convirtió en una ciudad de fuerte impronta musulmana, con mezquitas y una cultura ligada al mundo del mar Rojo y del océano Índico. También fue, como tantos puertos de la época, un punto del tráfico de esclavos.
A lo largo de su historia, Massawa fue disputada y controlada por sucesivas potencias que buscaban dominar el comercio del mar Rojo. Esa sucesión de amos —árabes, otomanos, egipcios, italianos, etíopes— dejó en la ciudad una superposición de culturas, lenguas y estilos arquitectónicos que la hacen única, y explica su carácter mestizo y su casco antiguo de tantas influencias.
El período que más marcó la fisonomía de Massawa fue el del dominio otomano. En el siglo XVI, el Imperio otomano, en su expansión por el mar Rojo, tomó Massawa y la incorporó a su provincia de Habesh, convirtiéndola en un puerto importante de su dominio. Fueron los otomanos quienes construyeron buena parte del casco antiguo tal como lo conocemos: edificaron con bloques de coral extraídos del mar, unidos con argamasa y reforzados con vigas de madera importada, en el típico estilo islámico otomano.
Ese urbanismo era ingenioso y adaptado al clima abrasador: las calles se trazaron estrechas y orientadas para captar cualquier brisa marina y ofrecer sombra, y las casas se dotaron de balcones de madera calada, patios interiores y galerías para ventilar y refrescar. El resultado fue una ciudad de coral hermosa y funcional, con mezquitas, viviendas y edificios comerciales que reflejaban la prosperidad del puerto y su conexión con el mundo islámico del mar Rojo.
Más tarde, en el siglo XIX, Massawa pasó a la órbita del Egipto de los jedives, que la administraron durante décadas y ampliaron su papel comercial y administrativo. De esa época data, por ejemplo, el Palacio del Gobernador, construido en 1872, uno de los edificios más señoriales de la ciudad. La huella otomana y egipcia, con su arquitectura de coral, sigue siendo el alma del casco histórico de Massawa.
A fines del siglo XIX, la expansión colonial italiana cambió de nuevo el destino de Massawa. En 1885, Italia desembarcó en el puerto e inició desde allí la penetración hacia el interior que llevaría a la creación de la colonia de Eritrea en 1890. Massawa fue, de hecho, la capital inicial de la nueva colonia, antes de que la sede administrativa se trasladara a la fresca Asmara en 1897, huyendo del calor asfixiante de la costa.
Los italianos modernizaron el puerto y la ciudad: construyeron muelles, edificios administrativos, bancos, hoteles y comercios, sumando al casco de coral una capa de arquitectura colonial e incluso, ya en el siglo XX, art déco y racionalista. La gran obra que ligó definitivamente Massawa con el interior fue el ferrocarril: la línea de vía estrecha que, hacia 1911, conectó el puerto con Asmara trepando la escarpa, convirtiendo a Massawa en la puerta marítima de toda la colonia y del imperio en África oriental.
Durante décadas, la Massawa italiana fue un puerto activo y cosmopolita, con comunidades italianas, árabes, indias y de las distintas etnias eritreas. Tras la Segunda Guerra Mundial pasó, como el resto de Eritrea, por la administración británica y luego por la federación y anexión a Etiopía. Su condición de único gran puerto marítimo la mantuvo estratégica, pero también la puso en el centro de los conflictos que se avecinaban.
El siglo XX terminó de forma trágica para Massawa. Durante la larga guerra de independencia (1961-1991), la ciudad, por su valor estratégico como puerto, fue escenario de duros combates. El episodio más devastador llegó en 1990, cuando las fuerzas independentistas del EPLF lanzaron una audaz ofensiva —conocida como la 'Operación Fenkil'— que arrebató Massawa al ejército etíope. En represalia, la aviación etíope bombardeó intensamente la ciudad, causando enormes daños y destrucción.
Muchos de los edificios históricos del casco antiguo, incluido el majestuoso Palacio del Gobernador, quedaron gravemente dañados o en ruinas por aquellos bombardeos. La toma de Massawa fue, sin embargo, un punto de inflexión militar decisivo: cortó el abastecimiento por mar del ejército etíope y aceleró el desenlace de la guerra, que culminó con la caída de Asmara y la victoria independentista en 1991. La independencia se confirmó en el referéndum de 1993.
Hoy, Massawa es una ciudad que convive con su belleza y sus cicatrices. Sigue siendo el principal puerto de Eritrea y un lugar de gran valor histórico, con su casco de coral otomano, sus edificios italianos, sus mezquitas centenarias y las ruinas que recuerdan la guerra. El calor extremo y las heridas del conflicto conviven con el encanto de una ciudad marinera cargada de siglos de historia, puerta del mar Rojo y del archipiélago de Dahlak. Para el viajero, es uno de los lugares más evocadores y auténticos de todo el cuerno de África.