Cuando Italia estableció su colonia en Eritrea a fines del siglo XIX, se encontró con un problema geográfico formidable: entre su puerto de entrada, Massawa, a nivel del mar Rojo, y las tierras altas del interior, donde estaba el clima sano y las mejores tierras, se levantaba una escarpa abrupta que ascendía más de 2.000 metros en pocos kilómetros. Mover tropas, mercancías y colonos por caminos de mulas era lento y penoso. La solución fue un ferrocarril.
Las obras comenzaron en 1887, partiendo de Massawa, y avanzaron durante décadas en condiciones durísimas: calor extremo en la costa, terreno montañoso, falta de agua y la enorme dificultad técnica de hacer subir un tren por la escarpa. Se optó por una vía estrecha de 950 mm, más barata y más flexible para las curvas cerradas de la montaña, y por un trazado lleno de curvas de herradura, túneles y puentes. En 1911, la línea alcanzó por fin Asmara, la capital de la colonia, uniendo el mar con la meseta.
El ferrocarril siguió creciendo. Más tarde se prolongó hacia el interior, hacia Keren y Agordat, y para 1932 la red había alcanzado su máxima extensión. La construcción total, entre 1887 y 1932, fue una empresa colosal para su tiempo. El tramo Massawa-Asmara, de 118 km, se convirtió en la columna vertebral de la colonia y en una de las líneas de montaña más notables del continente africano.
Lo que hace legendario al ferrocarril Asmara-Massawa es su hazaña técnica. En apenas 118 kilómetros, el tren salva un desnivel de unos 2.300 a 2.400 metros, desde el nivel del mar hasta los más de 2.300 metros de Asmara, con pendientes que llegan al 3,5 %, extraordinarias para un ferrocarril de adherencia. Para lograrlo, los ingenieros tallaron en la escarpa más de treinta túneles (algunas fuentes hablan de más de 39) y levantaron alrededor de 65 puentes y viaductos, muchos de piedra, que cosen las laderas de la montaña.
El trazado es un prodigio de curvas cerradas, lazos y revueltas que permiten al tren ganar altura de forma progresiva, ofreciendo al pasajero vistas siempre cambiantes de valles, precipicios y del lejano mar Rojo. Para operar en esas pendientes se emplearon locomotoras de vapor articuladas del tipo Mallet, capaces de tomar las curvas cerradas y de arrastrar los trenes cuesta arriba, fabricadas en Italia, en su mayoría por la firma Ansaldo de Génova.
Durante décadas, este ferrocarril fue el orgullo tecnológico de la colonia y una pieza clave de su economía, transportando sal, mercancías, pasajeros y tropas entre la costa y el interior. Su combinación de audacia ingenieril y belleza paisajística lo situó entre los grandes ferrocarriles de montaña del mundo, comparable a las célebres líneas alpinas.
El siglo XX no fue benévolo con el ferrocarril. Tras la derrota italiana en la Segunda Guerra Mundial, la línea siguió funcionando bajo la administración británica y después bajo la federación y anexión de Eritrea a Etiopía. Pero la larga guerra de independencia (1961-1991) fue devastadora. La vía, los puentes y el material rodante quedaron en medio del conflicto: parte de la infraestructura fue dañada o destruida, y se cuenta que en la contienda se llegaron a desmontar rieles y traviesas para usarlos en fortificaciones y trincheras.
Con los años, el ferrocarril dejó de funcionar y cayó en el abandono. Las locomotoras quedaron oxidándose en los depósitos, los túneles y puentes se deterioraron, y la que había sido una de las grandes obras de ingeniería de África parecía condenada a desaparecer, como tantas líneas coloniales del continente. Al terminar la guerra en 1991 y consolidarse la independencia en 1993, el país heredó una línea muerta y arruinada.
Sin embargo, la historia dio un giro inesperado. En lugar de dar por perdido el ferrocarril, la joven Eritrea decidió resucitarlo, apoyándose en un recurso extraordinario: los propios ferroviarios veteranos que, décadas atrás, habían trabajado en la línea y conservaban el saber hacer necesario para devolverla a la vida.
La reconstrucción del ferrocarril eritreo es una de las historias más entrañables del patrimonio industrial mundial. En los años 90, tras la independencia, un grupo de ingenieros y maquinistas ya ancianos —muchos formados en tiempos italianos— se propuso rescatar la línea. Con recursos mínimos, salvaron y restauraron locomotoras de vapor oxidadas, fabricaron a mano piezas imposibles de conseguir, repararon túneles y puentes y volvieron a colocar durmientes y rieles a lo largo de la escarpa. Fue un trabajo lento, artesanal y guiado por la memoria y la experiencia de aquellos veteranos.
Gracias a ese esfuerzo, hacia 2003 la línea Asmara-Massawa volvió a estar operativa, al menos en tramos, con locomotoras de vapor originales de los años 30 —incluida alguna Mallet construida por Ansaldo en 1938— nuevamente en servicio. El material rodante que circula hoy es esencialmente el mismo que rodaba hace casi cien años, lo que convierte al ferrocarril en un auténtico museo viviente en funcionamiento.
Desde entonces, el tren se usa exclusivamente para el turismo, en régimen de charter: grupos de viajeros y aficionados al ferrocarril alquilan el tren de vapor para recorrer, sobre todo, el espectacular tramo alto entre Asmara y Arbaroba. Ver la vieja locomotora trepar la escarpa echando humo, con los veteranos al mando, es viajar al pasado y rendir homenaje a quienes se negaron a dejar morir esta obra maestra. El ferrocarril Asmara-Massawa es hoy uno de los grandes atractivos de Eritrea y un símbolo de la tenacidad de su gente.