Antes de la llegada de los italianos, Dekemhare era una pequeña localidad de la meseta central eritrea, en una zona agrícola fértil al sureste de lo que sería Asmara. Como el resto del altiplano, formaba parte del mundo cristiano ortodoxo del norte de Abisinia, con sus aldeas de labradores, sus iglesias de piedra y su vida rural ligada a la tierra y al ganado. Su clima templado de altura y sus suelos aptos para el cultivo la hacían atractiva para la agricultura.
Cuando Italia consolidó la colonia de Eritrea a partir de 1890, los planificadores coloniales vieron en la meseta un territorio ideal para la colonización agrícola de tipo europeo, aprovechando el clima fresco. Mientras Asmara se convertía en la capital administrativa, otras localidades fueron destinadas a funciones específicas. A Dekemhare le tocó el papel de gran centro agroindustrial: el lugar donde transformar la producción del campo eritreo en bienes para toda la colonia.
Con esa vocación, la ciudad empezó a crecer y a poblarse de italianos que llegaban a instalar viñedos, granjas y fábricas. La Dekemhare tradicional de labradores del altiplano fue quedando bajo una nueva capa de urbanismo colonial, calles trazadas a regla, edificios modernos y una economía orientada a la exportación dentro del imperio.
El apogeo de Dekemhare llegó en la década de 1930, en pleno auge del proyecto imperial de la Italia fascista. La ciudad se convirtió en el gran polo agroindustrial de la colonia y, más tarde, del África Oriental Italiana constituida tras la invasión de Etiopía en 1936. Su especialidad fue el vino: los alrededores se llenaron de viñedos y la ciudad, de bodegas y plantas de embotellado que producían caldos para toda la colonia. Le decían la 'ciudad del vino'.
Pero no solo se hacía vino. Dekemhare tuvo fábricas de pasta, panaderías industriales, plantas de conservas y de aceite, convirtiéndose en una pieza clave del abastecimiento del imperio en la región. Para 1938, en su momento de mayor esplendor, la ciudad tenía alrededor de 12.000 habitantes, de los cuales cerca de 6.000 eran italianos residentes permanentes: una proporción enorme que da la medida de su importancia como enclave colonial.
Ese impulso económico se tradujo en arquitectura. Entre 1936 y 1938 se levantaron numerosos edificios de estilo art déco y racionalista: bodegas, naves industriales, comercios, cines, oficinas y villas que hacían de Dekemhare una ciudad moderna en miniatura, hermana menor de la deslumbrante Asmara. Aquella arquitectura, buena parte de la cual sobrevive, es hoy el testimonio más elocuente de su época dorada.
La prosperidad de Dekemhare estaba atada al proyecto colonial italiano, y cuando este se derrumbó, la ciudad entró en declive. Durante la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas británicas derrotaron a Italia en África oriental y tomaron el control de Eritrea a partir de 1941. Muchos de los italianos que sostenían la industria de Dekemhare se marcharon, y la producción agroindustrial se resintió. Cuando en 1952 la ONU federó Eritrea con Etiopía y en 1962 el país fue anexado, el impulso económico de la ciudad no logró recuperarse.
A la decadencia económica se sumó, a partir de 1961, la tragedia de la guerra. La larga guerra de independencia eritrea (1961-1991) convirtió a la meseta en escenario de combates, y Dekemhare, por su ubicación, fue un punto disputado y castigado. La ciudad sufrió enfrentamientos, bombardeos aéreos y artillería a lo largo de las décadas de conflicto, que dañaron su infraestructura y buena parte de su patrimonio arquitectónico colonial.
Aquellos años de guerra dejaron cicatrices visibles y una población curtida por el sufrimiento y la resistencia, como en toda Eritrea. La ciudad que había sido moderna y próspera quedó, en muchos sentidos, congelada en el tiempo, con sus fábricas silenciosas y sus edificios de los años 30 marcados por el abandono y los combates.
Tras la independencia de 1991 y su confirmación en el referéndum de 1993, Dekemhare quedó como una localidad tranquila de la meseta central, lejos del bullicio y de los grandes circuitos turísticos. Su industria vitivinícola no recuperó el esplendor de antaño, y la ciudad vive hoy sobre todo de la agricultura, el comercio local y los servicios, con un ritmo pausado muy distinto al de sus años de fábricas y colonos.
Sin embargo, ese mismo estancamiento ha preservado un patrimonio poco común. Dekemhare conserva un notable conjunto de arquitectura racionalista y art déco de los años 30 —bodegas, naves, cines, edificios cívicos y villas— que la convierten en un complemento natural de la Asmara modernista declarada Patrimonio de la Humanidad. Es un capítulo menos conocido, pero muy revelador, de la ambición italiana de industrializar y europeizar la meseta eritrea.
Para el viajero de hoy, Dekemhare es una parada para curiosos de la historia y la arquitectura, y un punto en la ruta hacia el rico sur arqueológico del país. Caminar sus calles es leer, en las fachadas y las fábricas silenciosas, la historia de auge y caída de la 'ciudad del vino' del imperio italiano, y también la memoria de una guerra de treinta años que forjó la identidad de la Eritrea independiente.