Antes de ser una ciudad, Asmara fue un puñado de aldeas dispersas en la meseta central, a más de 2.300 metros de altura, en tierras de pastores y agricultores del altiplano eritreo. La tradición cuenta que el nombre viene del tigriña 'Arbaete Asmara', 'las cuatro (aldeas) están unidas', en referencia a la fusión de esas pequeñas comunidades que decidieron juntarse para defenderse. De ahí quedó 'Asmara', un topónimo que habla de unión y que precede en siglos a la ciudad que hoy conocemos.
Durante la Edad Media y la época moderna, la región formó parte de la órbita del reino cristiano de Etiopía-Abisinia y de sus provincias del norte, y estuvo marcada por la presencia del cristianismo ortodoxo Tewahedo, que dejó iglesias y monasterios en las montañas circundantes, como el de Debre Bizen. La meseta era un cruce de rutas entre el interior abisinio y la costa del mar Rojo, donde otomanos y egipcios controlaban puertos como Massawa.
El gran giro llegó a fines del siglo XIX con la expansión colonial italiana. Tras desembarcar en Massawa en 1885, Italia fue penetrando hacia el interior y ocupó la meseta. En 1889 estableció control sobre Asmara, y en 1890 proclamó oficialmente la colonia de Eritrea, cuyo nombre deriva del griego 'Erythra Thalassa', el 'mar Rojo'. En 1897 la capital de la colonia se trasladó de Massawa a Asmara, buscando el clima fresco y saludable de la altura frente al calor sofocante de la costa. Empezaba la transformación de las cuatro aldeas en una ciudad.
Durante las primeras décadas coloniales, Asmara creció despacio, con edificios de estilo lombardo y colonial temprano como la catedral católica de 1923. Pero su verdadera metamorfosis llegó en la década de 1930, cuando la Italia fascista de Mussolini decidió convertirla en la capital y el escaparate de su soñado imperio en África oriental. Con la invasión de Etiopía en 1935-36 y la creación del África Oriental Italiana, Asmara se llenó de dinero, ingenieros, arquitectos y obreros, y se lanzó a una fiebre constructora sin igual.
En apenas cinco o seis años se levantaron cientos de edificios que aplicaban las últimas corrientes de la arquitectura europea —racionalismo, futurismo, art déco, monumentalismo— a un contexto africano. Surgieron cines fastuosos como el Impero (1937), estaciones de servicio audaces como la Fiat Tagliero (1938) con sus alas de hormigón, hoteles, villas, fábricas, oficinas, iglesias y hasta una piscina. La ciudad se pobló de italianos: en su apogeo, decenas de miles de colonos vivían en Asmara, que llegó a tener una proporción de población italiana enorme y una densidad de cines, cafés y comercios de estilo europeo asombrosa. Le decían 'Piccola Roma', la pequeña Roma.
Ese urbanismo, sin embargo, tenía un lado oscuro: era una ciudad concebida bajo leyes de segregación racial que reservaban los mejores barrios y servicios a los italianos y relegaban a la población eritrea a zonas periféricas y a un papel subordinado. La arquitectura brillante y la modernidad importada convivían con el racismo colonial y la explotación. Aquella Asmara deslumbrante fue, a la vez, un laboratorio de vanguardia y un instrumento del dominio imperial.
La aventura imperial italiana fue breve. En la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas británicas derrotaron a Italia en África oriental y en 1941 ocuparon Eritrea, que pasó a ser administrada por el Reino Unido durante una década. Muchos italianos se marcharon, aunque una comunidad importante permaneció y siguió marcando la vida y la cocina de la ciudad. Bajo administración británica, Asmara vivió un período de relativa apertura política y de debate sobre su futuro, con partidos y periódicos eritreos por primera vez.
Al terminar la guerra, el destino de Eritrea quedó en manos de las nuevas Naciones Unidas. En 1952, la ONU decidió federar Eritrea con Etiopía bajo la corona del emperador Haile Selassie, otorgándole a Eritrea autonomía, parlamento y bandera propios dentro de una federación. Asmara fue la capital de ese ente federado. Pero la autonomía duró poco: a lo largo de la década, el gobierno etíope fue vaciando de contenido las instituciones eritreas, prohibiendo los partidos, censurando la prensa e imponiendo el amárico.
En 1962, Haile Selassie liquidó formalmente la federación y anexó Eritrea como una provincia más de Etiopía, borrando su autonomía. Para muchos eritreos, aquello fue la traición definitiva y el detonante de la lucha armada. Ese mismo año ya se habían disparado los primeros tiros de lo que se convertiría en una de las guerras de independencia más largas de África, una guerra que marcaría a Asmara durante las tres décadas siguientes.
La guerra de independencia de Eritrea, iniciada en 1961, se prolongó durante treinta años, hasta 1991. Frentes guerrilleros como el ELF y, sobre todo, el EPLF (Frente Popular de Liberación de Eritrea) libraron una lucha titánica contra el ejército etíope, primero bajo el imperio de Haile Selassie y después bajo el régimen marxista del Derg de Mengistu, respaldado por la Unión Soviética. Fue una guerra de trincheras, montañas y enorme sacrificio, con la población civil como gran víctima.
Asmara, en manos etíopes durante casi toda la contienda, vivió años de ley marcial, controles, toques de queda y penurias. Ciudades como Massawa y Dekemhare, más cerca del frente, sufrieron bombardeos y combates devastadores. Muchos de los objetos de metal reciclado del mercado Medebar de Asmara son herencia de aquella época de escasez, cuando había que fabricar y reparar todo con lo que hubiera a mano. La diáspora eritrea, repartida por el mundo, sostuvo la causa desde el exilio.
El desenlace llegó en mayo de 1991: las fuerzas del EPLF, tras años de avances, tomaron Asmara mientras el régimen del Derg se derrumbaba en Etiopía. En 1993, un referéndum supervisado internacionalmente confirmó de forma abrumadora la voluntad independentista, y Eritrea proclamó oficialmente su independencia, con Asmara como capital de la nueva nación. La ciudad que había nacido como puesto colonial italiano era ahora, por fin, la capital de un país soberano nacido de una de las guerras más largas del continente.
La independencia trajo esperanza, pero también nuevos desafíos. Una devastadora guerra fronteriza con Etiopía entre 1998 y 2000 volvió a golpear al país, y las décadas siguientes estuvieron marcadas por un régimen de partido único, un largo servicio nacional obligatorio y un fuerte aislamiento internacional que le valió a Eritrea el apodo, discutido, de 'la Corea del Norte de África'. Ese aislamiento, paradójicamente, ayudó a que Asmara se congelara en el tiempo: sin el boom inmobiliario que arrasó los cascos históricos de tantas ciudades, su arquitectura modernista sobrevivió casi intacta.
Ese tesoro urbano fue por fin reconocido por el mundo el 8 de julio de 2017, cuando la UNESCO inscribió 'Asmara: una ciudad modernista de África' en la Lista del Patrimonio Mundial. Fue el primer sitio modernista del continente africano en obtener esa distinción. La zona protegida abarca 481 hectáreas del centro y más de 4.300 edificios: cines, cafés, villas, estaciones de servicio, fábricas, iglesias y mezquitas de las décadas de 1920 y 1930, un conjunto irrepetible del urbanismo del siglo XX. El reconocimiento valoró tanto la calidad arquitectónica como su excepcional grado de conservación.
Hoy Asmara es una ciudad tranquila, limpia y segura, de ritmo pausado, donde la vida transcurre entre cafés, iglesias, mezquitas y avenidas arboladas. El pasado italiano sigue vivo en la lengua, la comida y las fachadas, mezclado con las culturas tigriña, tigre y de los otros pueblos eritreos. Para el viajero, caminar por Asmara es una experiencia única: la de una capital africana que parece detenida en los años 30, orgullosa de su historia de resistencia y guardiana de uno de los conjuntos modernistas más extraordinarios que existen.