El archipiélago de Dahlak se extiende frente a la costa eritrea, en el sur del mar Rojo, como un rosario de más de doscientas islas e islotes de arena y coral. Son islas bajas, áridas, de origen coralino, sin ríos ni fuentes de agua dulce, donde la vida siempre ha dependido del mar y de la lluvia. Solo unas pocas están habitadas de forma permanente, y la mayor de todas, Dahlak Kebir, concentra a más de la mitad de la escasa población del archipiélago, dedicada tradicionalmente a la pesca y al pastoreo.
Su posición en una encrucijada del mar Rojo —entre las costas de África y de Arabia, en la ruta que une el Mediterráneo, a través del canal de Suez, con el océano Índico— hizo de Dahlak un punto de paso e intercambio desde la antigüedad. Barcos de comerciantes, peregrinos y pescadores recalaban en las islas, que se convirtieron en escala y refugio en las rutas marítimas de la región. Esa conexión marítima marcó su historia y su cultura, de fuerte impronta árabe e islámica.
El aislamiento y la aridez de las islas, lejos de ser solo una desventaja, contribuyeron a preservar su entorno natural. Los arrecifes de coral que rodean el archipiélago se cuentan hoy entre los mejor conservados del mar Rojo, precisamente porque el turismo de masas nunca llegó a ellos. Dahlak es, así, un lugar donde la historia humana y la riqueza natural se entrelazan de forma singular.
Durante siglos, Dahlak fue mucho más próspera y conocida de lo que su remoto aislamiento actual haría suponer. Las islas fueron uno de los grandes centros de pesca de perlas del mar Rojo: sus aguas producían perlas y madreperla que se comerciaban en toda la región y más allá, dando riqueza y renombre al archipiélago. A esa actividad se sumaban la pesca, el comercio de tortugas y productos marinos, y el papel de escala en las rutas mercantiles.
Esa prosperidad atrajo el interés de las potencias que se disputaban el control del mar Rojo. Dahlak estuvo bajo la influencia de dinastías y reinos árabes e islámicos, llegando a existir en la Edad Media un sultanato de Dahlak que controló las islas y parte del comercio de la zona. Más tarde, con la expansión otomana por el mar Rojo, y luego bajo influencia egipcia e italiana, las islas siguieron ligadas a las potencias que dominaban la costa y las rutas marítimas.
De aquel pasado quedan vestigios elocuentes. En Dahlak Kebir y otras islas se conservan necrópolis y cementerios antiguos con lápidas e inscripciones —algunas en árabe y de gran antigüedad—, así como numerosas cisternas y aljibes excavados para recoger y almacenar el agua de lluvia, imprescindibles en un territorio sin fuentes. Estos restos hablan de una población numerosa, organizada y conectada, muy distinta de la actual.
En el siglo XX, la posición estratégica de Dahlak volvió a ponerla en el mapa de las grandes potencias. Durante el período de dominio italiano y luego, sobre todo, durante la Guerra Fría, las islas y las aguas frente a Massawa tuvieron valor militar. En tiempos de la Etiopía del Derg, respaldada por la Unión Soviética, se estableció en la zona de Dahlak una base naval soviética que aprovechaba la ubicación privilegiada del archipiélago en el mar Rojo, cerca de las rutas petroleras y del estrecho de Bab el-Mandeb.
La larga guerra de independencia de Eritrea (1961-1991) y la inestabilidad de la región mantuvieron a Dahlak en gran medida cerrada y alejada del turismo. Ese aislamiento forzoso tuvo un efecto ambiental paradójicamente positivo: mientras otras zonas del mar Rojo se llenaban de complejos turísticos y sufrían la presión sobre sus arrecifes, los corales de Dahlak permanecieron prácticamente intactos, protegidos por la falta de acceso y desarrollo.
Con la independencia de Eritrea en 1991 y su confirmación en 1993, el archipiélago quedó bajo soberanía del nuevo país. Las islas siguieron siendo un lugar remoto, con una población escasa dedicada a la pesca y una infraestructura mínima, pero empezaron a despuntar como destino para el buceo y el turismo de naturaleza, apoyado justamente en el excelente estado de conservación de sus fondos marinos.
Hoy, el archipiélago de Dahlak es uno de los destinos de buceo más exclusivos y menos masificados del mar Rojo. Su gran valor es, precisamente, lo que el aislamiento preservó: arrecifes de coral sanos, aguas transparentes y una fauna marina abundante —peces de colores, tortugas, rayas, tiburones de arrecife, y en sus aguas incluso dugongos— que ofrecen una experiencia de mar virgen difícil de encontrar en otros lugares. Bucear o hacer snorkel aquí es explorar un ecosistema que la mano del turismo apenas ha tocado.
A ese tesoro natural se suma el patrimonio histórico y humano: las aldeas de pescadores de Dahlak Kebir, las necrópolis con sus inscripciones, las antiguas cisternas y un modo de vida tradicional ligado al mar y marcado por la cultura árabe e islámica. Visitar las islas es asomarse a un mundo remoto, austero y hermoso, muy distinto de la meseta y de las ciudades del interior eritreo.
El turismo en Dahlak sigue siendo incipiente y de aventura: se organiza desde Massawa, requiere permisos y logística, y ofrece pocas comodidades. Pero para el viajero que busca autenticidad, naturaleza en estado puro y exclusividad, el archipiélago es una joya. Su conservación futura dependerá de que el desarrollo turístico, si crece, sepa proteger los arrecifes y la cultura que hacen de Dahlak un lugar tan especial. Por ahora, sigue siendo uno de los grandes secretos del mar Rojo.