El litoral atlántico marfileño es la puerta por la que entró la historia colonial. Aquí, en Assinie y en Grand-Bassam, el almirante francés Bouët-Willaumez firmó en 1843-1844 los primeros tratados de protectorado con los reyes locales, y aquí se levantaron los primeros fuertes y factorías desde los que Francia fue penetrando el interior.
Esta costa, sin embargo, siempre fue difícil. Una violenta barra de olas y la ausencia de bahías protegidas dificultaron durante siglos el desembarco y mantuvieron a la región relativamente al margen del gran comercio atlántico. El acceso real al mar solo llegaría en el siglo XX con obras de ingeniería como el canal de Vridi en Abiyán y, más tarde, el puerto de San-Pédro.
Detrás de la línea de playas se extiende un cordón casi continuo de lagunas, que fue durante siglos la verdadera vía de comunicación de la costa: por ellas circulaban las piraguas de los pueblos avikam, alladian, néyo y otros. Playa, laguna y océano definen la identidad de toda esta franja meridional del país.
En el suroeste, San-Pédro es una ciudad joven levantada casi de la nada. Su gran puerto de aguas profundas se inauguró en 1971, en pleno "milagro marfileño", para desarrollar el suroeste selvático y dar salida a su producción. El plan funcionó más allá de lo previsto: hoy San-Pédro es el primer puerto del mundo para la exportación de cacao.
Por sus muelles pasa más de la mitad de la cosecha marfileña, y como Costa de Marfil es el primer productor mundial —alrededor del 40% del cacao del planeta—, buena parte del chocolate que se come en el mundo empieza su viaje aquí. La ciudad creció al calor del puerto hasta superar los 250.000 habitantes, convirtiéndose en la capital económica del suroeste.
San-Pédro es también puerta de entrada a una región de contrastes: playas urbanas y cercanas, la costa más salvaje del país hacia el oeste, y tierra adentro los grandes bloques de selva primaria como el Parque Nacional de Taï. Es la Costa de Marfil moderna del cacao, con todo lo que eso implica de riqueza y de presión sobre el bosque.
Antes del ascenso de Abiyán y San-Pédro, otros puertos vivieron su momento de gloria. Sassandra, en la desembocadura del río del mismo nombre y poblada sobre todo por el pueblo néyo, llegó a ser durante un tiempo el primer puerto del país. Hoy es un tranquilo pueblo costero de vestigios coloniales, ideal como base para descubrir algunas de las playas más vírgenes del litoral, como Poli y Drewin.
Más al este, Grand-Lahou es la "ciudad de las tres aguas": allí el gran río Bandama se encuentra con la laguna y con el océano. Poblada sobre todo por el pueblo avikam, es célebre por su antiguo poblado colonial de Lahou-Kpanda, levantado sobre una frágil lengua de arena en la desembocadura y hoy literalmente devorado por la erosión del mar, un fantasma que se traga poco a poco las viejas casas europeas.
Grand-Lahou es también la puerta del Parque Nacional de Azagny, un mundo de manglares, canales y fauna. Estos puertos menores, adormecidos, guardan la memoria de una costa que fue frontera y aduana, y que la ingeniería moderna acabó desplazando hacia las grandes terminales de Abiyán y San-Pédro.
En el extremo sureste, cerca de la frontera con Ghana, Assinie es hoy el balneario más chic del país: una estrecha lengua de arena entre el Atlántico y la laguna Aby, con playas de cocoteros, resorts y villas donde los abiyaneses acomodados pasan el fin de semana. Pero esta costa tiene una historia mucho más honda.
Assinie fue uno de los primeros puntos de contacto entre franceses y africanos, y toda esta región formó parte del reino anyi (agni) de Sanwi, con capital en Krinjabo. Nacido de las migraciones akan procedentes del mundo ashanti en los siglos XVII y XVIII, Sanwi conservó una fuerte identidad propia; ya en época independiente, protagonizó incluso intentos de secesión, tal era su sentido diferenciado.
Detrás de las villas de lujo asoma, pues, un pasado de reyes anyi, oro y comercio lagunar. Assinie es también la puerta del archipiélago y el Parque Nacional de las Islas Ehotilé, un conjunto de islas sagradas en la laguna Aby que fueron lugar de culto de los pueblos de la costa. Ocio moderno y memoria akan conviven en la misma franja de arena.