La historia colonial de Costa de Marfil empezó en la costa, en Grand-Bassam. Fue aquí, en esta lengua de tierra entre el océano y la laguna, donde Francia firmó sus primeros tratados en la década de 1840 y donde, tras proclamarse la colonia en 1893, se instaló la primera capital. Su barrio administrativo, el "Quartier France", se llenó de edificios coloniales, casas de comercio y la residencia del gobernador.
La capitalidad duró poco. Una devastadora epidemia de fiebre amarilla en 1899 diezmó a la población europea y empujó a las autoridades a trasladar el centro del poder a Bingerville, tierra adentro, y más tarde a Abiyán. Grand-Bassam quedó como puerto y balneario, y su arquitectura colonial se congeló en el tiempo.
Ese conjunto único —una ciudad colonial franco-marfileña con su trazado, sus casas y su mezcla de estilos— fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2012. Hoy Grand-Bassam es a la vez ciudad-museo, playa favorita de los abiyaneses y centro de artesanía, a apenas cuarenta kilómetros de la gran metrópoli.
Abiyán nació como una modesta aldea del pueblo ébrié (tchaman) a orillas de la laguna. Su destino cambió con el ferrocarril y, sobre todo, cuando en 1933 los franceses la convirtieron en capital de la colonia. Pero el salto decisivo llegó en 1950-1951 con la apertura del canal de Vridi, que abrió por fin una salida directa de la laguna al mar y permitió construir un gran puerto de aguas profundas.
Con el puerto, Abiyán se disparó. Durante el "milagro marfileño" de los años sesenta y setenta se llenó de rascacielos, avenidas y barrios enteros —Treichville, Cocody, Plateau— y atrajo a inmigrantes de todo el país y de la región. Su distrito de negocios, el Plateau, erizado de torres que se reflejan en la laguna Ébrié, le valió el apodo de "la Manhattan de los trópicos".
Aunque desde 1983 la capital oficial es Yamusukro, Abiyán concentra el gobierno de facto, los ministerios, las embajadas, el puerto y casi toda la vida económica y cultural del país. Con cerca de seis millones de habitantes en su área metropolitana, es la mayor ciudad del África Occidental francófona y una capital cultural que dio al mundo el coupé-décalé.
La geografía de Abiyán es inseparable de su laguna. La laguna Ébrié es un largo brazo de agua salobre paralelo al océano, salpicado de islas y penínsulas sobre las que se extiende la ciudad, unidas por puentes que forman parte del paisaje urbano. Antes de la metrópoli, estas orillas eran el dominio de los pueblos lagunares.
Los ébrié o tchaman, los que dieron su primer nombre a la aldea, y otros grupos akan lagunares vivían de la pesca, del cultivo y del comercio en piraguas por la red de lagunas que recorre toda la costa marfileña, desde Grand-Lahou hasta Assinie y la frontera con Ghana. Sus aldeas todavía sobreviven, algunas engullidas por el crecimiento de Abiyán.
La laguna sigue siendo el alma de la región: por ella circulan los pinasses y ferris, en sus orillas se levantan mercados y maquis (comederos populares) de pescado fresco, y su salud ambiental —amenazada por la contaminación de una ciudad enorme— es hoy una preocupación central para el futuro de Abiyán.
En medio de la metrópoli sobrevive un prodigio: el Parque Nacional del Banco, más de 3.400 hectáreas de selva tropical primaria rodeadas por los barrios densamente poblados de Abiyán. Es uno de los últimos vestigios de la floresta húmeda que cubría toda esta región antes de que la ciudad la devorara.
Protegido como parque nacional desde 1953, el Banco es un verdadero pulmón verde: alberga árboles gigantes, helechos, arroyos, monos y una rica avifauna a pocos kilómetros de los rascacielos del Plateau. A sus puertas, en el río, funciona además uno de los grandes lavaderos a mano de la ciudad, los famosos fanicos, toda una institución social de Abiyán.
El parque simboliza la tensión que define a la región: la selva original frente al avance imparable del cemento. Conservar este bloque de bosque en el corazón de una de las mayores ciudades de África es un desafío ambiental y también una rareza mundial que hace de Abiyán un caso singular.