A comienzos de la década de 1990, el norte del Congo era una de las últimas grandes manchas blancas del mapa: una selva inmensa, sin caminos, casi sin presencia humana, en el corazón de la cuenca del Congo. Fue allí donde el biólogo estadounidense Mike Fay, de la Wildlife Conservation Society (WCS), y otros exploradores se adentraron para documentar un bosque del que apenas se sabía nada. Lo que encontraron los dejó atónitos: una selva prácticamente intacta, con densas poblaciones de elefantes de bosque, gorilas y chimpancés que jamás habían tenido contacto con el ser humano.
El detalle más asombroso fueron los chimpancés 'ingenuos' de la zona de Goualougo: al no haber sido nunca cazados, no huían de las personas, sino que se acercaban a observarlas con curiosidad, un comportamiento único en el mundo. Aquella selva parecía un lugar detenido en el tiempo, anterior a la huella humana. El fotógrafo Michael 'Nick' Nichols la retrató para National Geographic, y el reportaje —y más tarde el libro sobre la travesía de Fay— la hicieron célebre como 'el último lugar de la Tierra' o 'el último Edén'.
Ese descubrimiento tuvo consecuencias inmediatas: había que proteger aquel tesoro antes de que la explotación forestal, que ya avanzaba por el norte del Congo, llegara hasta él.
Fruto de aquellas exploraciones y del impulso de la WCS junto al Gobierno congoleño, en 1993 se creó oficialmente el Parque Nacional Nouabalé-Ndoki, con más de 4.000 km² de selva primaria protegida en el extremo norte del país, en el departamento de la Sangha. Nacía así uno de los proyectos de conservación más ambiciosos de África central: proteger una selva casi virgen y a sus poblaciones de grandes simios y elefantes.
Un episodio célebre de esos primeros años fue el del Triángulo de Goualougo, un sector de unos 250 km² en el sur del parque que inicialmente quedó fuera de los límites porque formaba parte de una concesión maderera. Tras años de campaña científica y conservacionista —el lugar albergaba a los chimpancés 'ingenuos' y a algunos de los árboles más antiguos de la selva—, el Triángulo terminó incorporándose a la protección del parque, salvándose de la tala.
Desde el principio, la gestión buscó combinar la vigilancia antifurtivos con la investigación científica y el trabajo con las comunidades locales, entre ellas los pueblos baka, cazadores-recolectores de un conocimiento del bosque milenario, cuya relación con el parque ha sido central en su historia.
Nouabalé-Ndoki se convirtió pronto en uno de los grandes laboratorios de la ciencia de los grandes simios. En 1995 arrancó el Estudio de Mbeli Bai (Mbeli Bai Study), en un claro pantanoso del suroeste del parque, que con los años se transformó en el conjunto de datos más largo del mundo sobre gorilas de llanura occidental. Desde una plataforma de observación, generaciones de investigadores identificaron individualmente a los gorilas, siguieron sus grupos familiares y documentaron nacimientos, muertes y migraciones. Gracias a esa vigilancia constante, la caza furtiva prácticamente desapareció del claro y la población observada llegó a duplicarse.
En el sur del parque, el centro de Mondika se especializó en la habituación y el estudio de gorilas de llanura, y desde 2005 abrió la puerta a un turismo de gorilas muy cuidadoso. Y en el Triángulo de Goualougo, el Goualougo Triangle Ape Project documentó la asombrosa cultura de herramientas de sus chimpancés, capaces de fabricar y usar 'kits' de palos para pescar termitas y extraer miel.
Esta acumulación de conocimiento hizo de Nouabalé-Ndoki un referente científico mundial y demostró que la investigación de largo plazo es, en sí misma, una de las mejores herramientas de conservación: donde hay investigadores observando, los furtivos no entran.
El valor de Nouabalé-Ndoki trascendió pronto las fronteras del Congo. La selva del parque se continúa, sin solución de continuidad, con las de los países vecinos: al norte, el Parque Nacional de Dzanga-Ndoki en la República Centroafricana, y al noroeste, el Parque Nacional de Lobéké en Camerún. Los tres países acordaron gestionar de forma coordinada ese enorme bloque de bosque continuo, creando el complejo transfronterizo conocido como el Trinacional del Sangha (TNS).
En 2012, la Unesco inscribió el Trinacional del Sangha en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor natural excepcional: una de las mayores extensiones de selva tropical intacta del planeta, con procesos ecológicos completos y poblaciones sanas de elefantes de bosque, gorilas y chimpancés. La cooperación entre los tres países permite que la fauna se mueva libremente por un territorio inmenso y coordina la lucha contra el furtivismo a ambos lados de las fronteras.
Para la conservación, el Trinacional es un modelo de cómo la naturaleza ignora las fronteras políticas y de cómo la cooperación internacional puede proteger ecosistemas que ningún país podría salvaguardar por sí solo.
Hoy Nouabalé-Ndoki lo gestiona la Fundación del parque, una alianza entre la Wildlife Conservation Society y el Gobierno de la República del Congo que administra la vigilancia, la investigación, el turismo y la relación con las comunidades. Los guardaparques patrullan un territorio inmenso y difícil para frenar la caza furtiva de marfil y de carne de monte, la mayor amenaza para los elefantes de bosque, una especie que ha sufrido un declive dramático en toda África central.
Las presiones no son menores: la expansión de la explotación forestal y minera en las zonas de amortiguamiento, la apertura de caminos que facilitan el furtivismo, y los desafíos de garantizar que las comunidades locales, incluidos los pueblos baka, se beneficien de la conservación y participen en ella. El turismo de gorilas, aún incipiente y de muy bajo volumen, se plantea como una fuente de ingresos que dé valor económico a la selva viva.
Del asombro de los exploradores de los años noventa ante 'el último Edén' al Patrimonio Mundial de hoy, la historia de Nouabalé-Ndoki es la de un esfuerzo tenaz por conservar intacto uno de los últimos grandes bosques vírgenes del mundo. En una época de deforestación acelerada, que un lugar así siga en pie —con sus gorilas, sus elefantes y sus chimpancés que no temen al hombre— es casi un milagro que hay que seguir protegiendo.