Mucho antes de que existiera Brazzaville, la orilla derecha del río Congo, en el punto donde el gran río se estrecha antes de los rápidos, estaba habitada por los téké (o batéké), un pueblo bantú de agricultores, pescadores y comerciantes cuyo reino, el reino Téké o Anziku, dominaba las mesetas del interior desde hacía siglos. En el lugar donde hoy se levanta la capital había una aldea llamada Nkuna (o Mfoa), uno de los muchos asentamientos ribereños desde los que se comerciaba a lo largo del río.
El río Congo era, desde tiempos remotos, una gran vía de intercambio: por él circulaban marfil, cobre, sal, tejidos de rafia y, en los siglos del comercio atlántico, también esclavos que bajaban hacia la costa. Los téké eran intermediarios hábiles y su rey, el Makoko, tenía autoridad religiosa y política sobre un vasto territorio. Este mundo africano, con sus reinos, sus rutas comerciales y sus jerarquías, ya existía y prosperaba cuando los europeos aún apenas conocían el interior del continente.
El entorno geográfico marcó el destino del lugar. Aguas abajo de Nkuna, el río Congo se despeña en una larga sucesión de rápidos y cataratas —las cataratas Livingstone— que impiden la navegación hasta el Atlántico. Eso convertía a este punto en el final natural de la navegación fluvial que venía del inmenso interior de la cuenca del Congo: quien controlara este tramo controlaría la puerta de entrada a media África central. Los europeos no tardarían en darse cuenta.
La historia moderna de la ciudad empieza el 3 de octubre de 1880, cuando el explorador ítalo-francés Pierre Savorgnan de Brazza llegó a la orilla derecha del río y firmó un tratado con Illoy Iloo I, el Makoko de los téké. Por ese acuerdo, el rey ponía sus tierras bajo la protección de Francia a cambio de garantías frente a sus rivales. Brazza fundó allí un puesto que, en su honor, recibió el nombre de Brazzaville. Fue una jugada decisiva en el llamado 'reparto de África': al otro lado del río, el rey Leopoldo II de Bélgica, a través del explorador Henry Morton Stanley, buscaba lo mismo, y allí nacería Léopoldville, la futura Kinshasa.
Brazza tenía fama de haber avanzado por la vía de la negociación y los tratados más que por la conquista armada, y por un trato relativamente humanitario hacia las poblaciones africanas —una imagen que la Francia colonial cultivó cuidadosamente, aunque su misión abrió igualmente el país a la explotación colonial. La rivalidad franco-belga sobre el río Congo fue uno de los detonantes de la Conferencia de Berlín de 1884-1885, que repartió África entre las potencias europeas y reconoció a Francia el control de la orilla derecha.
El pequeño puesto creció despacio al principio. Se instalaron una misión católica, un mercado y las primeras construcciones coloniales. Poco a poco, Brazzaville se fue afirmando como el centro francés de la región, en competencia permanente con la mucho más dinámica Léopoldville de la orilla belga. Dos ciudades gemelas y rivales empezaban a mirarse a través del río, un cara a cara que dura hasta hoy.
En 1904, Brazzaville fue elegida capital del Congo francés, y en 1910 se convirtió en la capital de toda el África Ecuatorial Francesa (AEF), una enorme federación colonial que agrupaba los actuales Congo, Gabón, República Centroafricana y Chad. Desde Brazzaville se gobernaba, en teoría, un territorio inmenso. La ciudad se dotó de edificios administrativos, iglesias, una catedral de ladrillo, el trazado de barrios europeos en el Plateau y barrios africanos como Poto-Poto y Bacongo, en una organización urbana marcada por la segregación colonial.
El gran proyecto de la época fue el ferrocarril Congo-Océano (CFCO), construido entre 1921 y 1934 para unir Brazzaville con el puerto atlántico de Pointe-Noire y sortear así los rápidos que hacían innavegable el río hasta el mar. Fue una obra descomunal y trágica: se levantó a costa del trabajo forzado de decenas de miles de africanos reclutados en toda la AEF, y las duras condiciones, las enfermedades y los accidentes causaron una enorme mortandad. El CFCO consolidó a Brazzaville como nudo de comunicaciones, pero su construcción es una de las páginas más sombrías del colonialismo francés en la región.
Aquella Brazzaville colonial fue también una ciudad de contrastes. En el Plateau vivían los funcionarios y colonos europeos, con clubes, comercios y avenidas arboladas; en Poto-Poto y Bacongo se apretaba la creciente población africana, atraída por el trabajo y el comercio, que fue creando una cultura urbana propia, vivísima, de la que saldrían la rumba, la moda de la SAPE y la efervescencia artística de la ciudad.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Brazzaville vivió su hora más célebre. Con la Francia metropolitana derrotada y ocupada por la Alemania nazi en 1940, buena parte del África Ecuatorial Francesa se sumó al general Charles de Gaulle y a la Francia Libre, y Brazzaville se convirtió en su capital simbólica. Desde aquí, a través de Radio Brazzaville, la Francia Libre difundía sus mensajes al mundo y coordinaba parte de su esfuerzo de guerra en África. La ciudad, tan lejana de Europa, fue durante unos años un centro de la resistencia francesa.
El momento culminante llegó en 1944 con la Conferencia de Brazzaville, convocada por De Gaulle y las autoridades de la Francia Libre para debatir el futuro de las colonias africanas después de la guerra. La conferencia planteó reformas —mejoras sociales, fin de algunas de las prácticas más brutales como el trabajo forzado, mayor participación africana— pero descartó de plano la independencia o la autonomía plena. Fue un paso limitado y ambiguo, pero abrió una puerta: puso sobre la mesa la cuestión del porvenir político de África y sembró expectativas que, en poco más de una década, desembocarían en las independencias.
De aquella época queda en la ciudad la memoria de la Case de Gaulle, la residencia construida en 1940, y un lugar en los libros de historia de Francia y de África. Brazzaville, nacida como un puesto colonial, había sido por un momento el corazón de la Francia que resistía.
El 15 de agosto de 1960, la República del Congo accedió a la independencia, con Brazzaville como capital y el abate Fulbert Youlou como primer presidente. Los años siguientes fueron turbulentos: Youlou cayó en 1963 tras las protestas de los 'Trois Glorieuses' (tres jornadas), y el país giró hacia la izquierda. En 1969 se proclamó la República Popular del Congo, un Estado marxista-leninista de partido único alineado con el bloque soviético —el primero de África—, que duraría hasta 1992. Figuras como Marien Ngouabi (asesinado en 1977) marcaron la época, y su nombre quedó en la universidad y en monumentos de la ciudad.
Con la caída del comunismo, a comienzos de los años noventa el Congo intentó una transición democrática, pero la política se enredó en rivalidades entre líderes y milicias. Entre 1993 y 1999, Brazzaville sufrió varias guerras civiles especialmente destructivas. La de 1997, que enfrentó a las milicias del expresidente Denis Sassou-Nguesso (las 'Cobras') con las del presidente Pascal Lissouba, arrasó barrios enteros de la capital, causó decenas de miles de muertos y dejó edificios emblemáticos —incluida la Basílica de Santa Ana— dañados y saqueados. Sassou-Nguesso, que ya había gobernado en la etapa marxista, volvió al poder por las armas.
Aquellos años dejaron una herida profunda en la ciudad y en el país. Barrios como Bacongo y el sur de Brazzaville, y sobre todo la región del Pool —al suroeste, donde luego actuaría la guerrilla 'Ninja' del pastor Ntumi—, quedaron marcados por la violencia. La reconstrucción fue lenta, financiada en gran medida por el petróleo, que convirtió al Congo en un importante productor y, a la vez, en un país de enormes desigualdades.
La Brazzaville del siglo XXI es una ciudad que se reconstruyó y creció con el auge petrolero, aunque arrastra los contrastes de un país rico en recursos y con gran parte de la población en la pobreza. Se levantaron avenidas, se restauraron monumentos como la Basílica de Santa Ana, se construyeron el memorial de Brazza (2006) y grandes infraestructuras, muchas con financiación e ingeniería chinas. La ciudad ha sido sede de cumbres africanas y, en 2015, de los Juegos Africanos, para los que se edificaron estadios y complejos deportivos.
Pero si algo define a Brazzaville es su cultura popular. Es una de las cunas de la rumba congoleña, el género musical que conquistó toda África y que en 2021 fue inscrito por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (de forma conjunta con la RD Congo). Y es la capital espiritual de la SAPE, la 'Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes': los sapeurs, dandis de barrios humildes que invierten en trajes impecables y desfilan con una elegancia desafiante, han hecho de Brazzaville un icono mundial del estilo.
Ciudad joven pero con una historia intensa —aldea téké, puesto de Brazza, capital colonial, bastión de la Francia Libre, laboratorio marxista, escenario de guerras y hoy metrópolis del río—, Brazzaville resume buena parte de la historia del Congo y del África central. Tranquila, verde, musical y orgullosa, mira cada atardecer las luces de Kinshasa al otro lado del río, su eterna ciudad hermana y rival.