La isla de Gran Comora (Ngazidja) es, en esencia, la obra de sus volcanes. A diferencia de las islas continentales, surgió por completo del fondo del océano por acumulación de erupciones sucesivas, en un proceso geológico que empezó hace cientos de miles de años. Dos grandes edificios volcánicos la formaron: al norte, el macizo más antiguo y erosionado de La Grille; al sur, el Karthala, mucho más joven, activo y voluminoso, que constituye hoy la mayor parte de la isla y su punto más alto, con 2.361 metros.
El Karthala es un volcán en escudo, de laderas relativamente suaves formadas por coladas de lava basáltica muy fluida, similar a los grandes volcanes de Hawái o de la isla de la Reunión. Su rasgo más espectacular es la enorme caldera de la cumbre, un anfiteatro de varios kilómetros de ancho formado por el hundimiento del techo de la cámara magmática tras sucesivas erupciones. En su interior se abre el cráter principal, el Chahalé, uno de los cráteres volcánicos más anchos del mundo, en cuyo fondo se ha observado formarse un lago de lava.
Geológicamente, el Karthala forma parte de una zona de vulcanismo de punto caliente en el canal de Mozambique, la misma que dio origen a todo el archipiélago de las Comoras. Es uno de los volcanes más activos del océano Índico y del planeta, y su vigilancia científica es constante, ya que buena parte de la población de la isla vive en sus laderas o a su sombra.
Desde comienzos del siglo XIX, cuando empezaron los registros escritos, el Karthala ha entrado en erupción más de veinte veces, lo que da un promedio aproximado de una erupción cada década. La mayoría han sido erupciones efusivas, con coladas de lava que a veces alcanzaron la costa y hasta el mar, y otras explosivas, con emisión de ceniza. Estas erupciones han moldeado repetidamente el paisaje de la isla y han obligado, una y otra vez, a las comunidades de sus laderas a convivir con el fuego de la montaña.
El fondo de la caldera ha cambiado de forma con el tiempo: a veces alberga un lago de lava incandescente, a veces un lago de agua ácida, y otras queda como un campo de escoria y fumarolas. En 1991, por ejemplo, un episodio freático (de vapor) marcó el inicio de una fase de actividad. Cada erupción reconfigura el interior del cráter Chahalé, lo que hace del Karthala un laboratorio natural para los vulcanólogos.
Para vigilar esta actividad se creó el Observatorio Volcanológico del Karthala (OVK), en Moroni, encargado de monitorear la sismicidad y las deformaciones del volcán y de alertar a la población. Su trabajo resultó crucial en la década de 2000, cuando el Karthala protagonizó su serie de erupciones más peligrosas en tiempos recientes.
Entre 2005 y 2007, el Karthala vivió su ciclo eruptivo más intenso y destructivo en mucho tiempo. En abril de 2005 se produjo una primera erupción explosiva que afectó a decenas de miles de personas. Pero fue la erupción de noviembre de 2005 la más grave: una violenta erupción freatomagmática, considerada la mayor del volcán en tiempos históricos, arrojó enormes cantidades de ceniza y material volcánico sobre la parte este de la isla.
Aquella erupción llegó a depositar capas de ceniza de varios metros de espesor en algunas zonas, contaminó las escasas reservas de agua y afectó, en conjunto, a más de 200.000 personas —una porción enorme de la población de la isla—, obligando a evacuaciones masivas. Fue una catástrofe para un país pobre y con pocos recursos para enfrentarla. Al año siguiente, en mayo de 2006, una nueva erupción formó una fuente y un lago de lava en el interior del cráter Chahalé, cuya superficie se solidificó a los pocos días.
En enero de 2007, una serie de temblores y una nube de ceniza sobre la cumbre marcaron el último gran episodio de este ciclo, con la formación de otro lago de lava en la caldera. Desde entonces el volcán ha permanecido relativamente calmo, pero sigue plenamente activo y vigilado. Estas erupciones recientes son un recordatorio del poder del Karthala y de por qué su ascenso exige informarse siempre sobre el estado del volcán.
El Karthala no es solo un accidente geográfico: es una presencia constante en la vida y el imaginario de Gran Comora. Se dice que el propio nombre de Moroni, la capital, significa 'en el corazón del fuego', en referencia a la cercanía del volcán. Sus laderas concentran buena parte de la agricultura de la isla —bananos, mandioca, cultivos de subsistencia y plantaciones de especias— gracias a la fertilidad de los suelos volcánicos, de modo que el mismo volcán que amenaza da también de comer a la población.
Alrededor de la montaña circulan numerosas leyendas y creencias. Como en muchas culturas que conviven con volcanes, el Karthala es objeto de respeto y de relatos que mezclan lo religioso islámico con tradiciones más antiguas. La montaña, sus bosques y sus fuentes forman parte de la memoria y la identidad de los habitantes de Ngazidja.
Ecológicamente, las laderas del Karthala albergan la última gran zona de selva húmeda de altura de la isla, refugio de especies endémicas de aves y plantas, hoy amenazadas por la deforestación. Proteger ese bosque es clave tanto para la biodiversidad como para el ciclo del agua de la isla. El volcán es, así, a la vez amenaza, sustento, santuario natural y símbolo de Gran Comora.
Para el viajero, el Karthala es hoy la gran aventura de las Comoras y uno de los pocos volcanes activos del mundo cuyo cráter gigante se puede visitar en una caminata. Desde los pueblos de altura de sus laderas parten los senderos que, tras horas de subida por la selva y luego por campos de lava, llevan hasta el borde de la caldera. Asomarse allí, ver las fumarolas y contemplar la isla y el mar desde el techo del archipiélago es una experiencia que compensa con creces el esfuerzo.
La forma clásica de hacerlo es en dos días, con una noche de vivac cerca de la cima para presenciar el amanecer sobre el cráter, siempre en compañía de un guía local que conoce la ruta y el estado del volcán. Es una excursión exigente, que requiere buena forma física, equipo adecuado y respeto por la montaña, pero también una de las experiencias de trekking más singulares del océano Índico.
El turismo en torno al Karthala es todavía modesto, lo que le da un aire de exploración auténtica: pocos senderistas, naturaleza intacta y comunidades de montaña que reciben con hospitalidad. Junto con las medinas suajilíes recientemente declaradas Patrimonio Mundial y las playas del archipiélago, el ascenso al Karthala es una de las grandes razones para descubrir este rincón poco conocido de África, donde el fuego de la Tierra sigue moldeando el paisaje.