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Historia de Domoni

Los orígenes: comerciantes del Índico y la herencia shirazi

Domoni es una de las ciudades más antiguas de las Comoras, y su historia se remonta a los primeros siglos del asentamiento humano en el archipiélago. Las islas fueron pobladas a partir del primer milenio de nuestra era por una mezcla de pueblos: bantúes de la costa de África oriental, navegantes austronesios llegados desde el sudeste asiático a través de Madagascar, y comerciantes árabes y persas que recorrían las rutas del monzón. De esa fusión nació la civilización suajili-comorense, musulmana, urbana y volcada al comercio marítimo.

En la costa este de Anjouan, protegida y bien situada para el tráfico de dhows, surgió Domoni como uno de los grandes centros de esa civilización. Desde el siglo XV, la ciudad fue un importante nudo de intercambios con el continente africano y con Oriente: exportaba productos de las islas y del interior y recibía mercancías, ideas y personas de Arabia, Persia y la India. Su puerto veía partir barcos hacia lugares tan lejanos como la costa india, en el gran sistema comercial del océano Índico occidental.

El rasgo más distintivo de Domoni es su fuerte herencia shirazi. Según la tradición, la ciudad debe buena parte de su poder y su refinamiento a comunidades de origen persa procedentes de la región de Shiraz, en el sur de Irán, que se establecieron en las Comoras entre los siglos XIV y XVIII. Esa aristocracia sunní aportó prestigio, saber religioso y modelos arquitectónicos —visibles en las mezquitas de la ciudad— y se fundió con la élite local, dando a Domoni un aura de ciudad noble y culta que todavía reivindica con orgullo.

Capital del sultanato de Anjouan

Durante siglos, Anjouan fue un sultanato independiente, uno de los varios en que se dividía el archipiélago comorense, y Domoni fue su capital y sede del poder. Los sultanes de Anjouan gobernaban desde aquí una isla próspera, cuyos productos y cuya posición estratégica en las rutas del Índico la hacían codiciada. La ciudad se llenó de mezquitas, palacios y casas de piedra coralina, testimonio de la riqueza de sus comerciantes y notables.

Esa prosperidad tenía, sin embargo, un lado amargo: la inseguridad. Entre los siglos XVIII y XIX, las costas de Anjouan sufrieron las temibles incursiones de flotas esclavistas y piratas procedentes de Madagascar (los llamados 'sakalava' y 'betsimisaraka'), que asolaban las islas, capturaban personas para venderlas como esclavas y saqueaban las ciudades. Para defenderse, Domoni y otras ciudades comorenses levantaron murallas y fortificaciones, cuyos restos todavía se pueden ver. La ciudad vivía así entre el esplendor del comercio y el miedo a las razias.

En 1792, el centro del poder de Anjouan se trasladó de Domoni a Mutsamudu, en la costa opuesta de la isla, que ofrecía un puerto más resguardado y una posición mejor defendida —allí se construiría una gran ciudadela en el siglo XVIII—. Domoni perdió su rango de capital, pero conservó su prestigio histórico y religioso, su condición de cuna de la aristocracia shirazi y su magnífico patrimonio urbano. Dejó de mandar, pero siguió siendo una ciudad de referencia, respetada en toda Anjouan.

De la colonia francesa a la cuna de presidentes

A lo largo del siglo XIX, Francia extendió su dominio sobre las Comoras. Tras anexar Mayotte en 1841, impuso su protectorado sobre Anjouan, Mohéli y la Gran Comora, y en 1912 convirtió a las cuatro islas en colonia. El sultanato de Anjouan fue abolido y la isla quedó integrada en el aparato colonial francés, con su economía volcada a las plantaciones de ylang-ylang, clavo y vainilla. Domoni, como el resto de la isla, vivió esa etapa de dominación extranjera y de profundas desigualdades sociales.

Pero la vieja ciudad noble no había dicho su última palabra. Domoni conservaba su tradición de élite culta y política, y de ella salieron figuras decisivas para la historia contemporánea del país. La más célebre es Ahmed Abdallah Abderemane, nacido en Domoni, empresario y político que se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la independencia de las Comoras, proclamada en 1975, y en el primer presidente del país independiente. También era oriundo de la región otro jefe de Estado, Saïd Mohamed Djohar. Domoni, la vieja capital sultanal, se transformó así en cuna de presidentes de la joven república.

La figura de Ahmed Abdallah está marcada por la grandeza y por la tragedia: dominó la política comorense durante años, en un país sacudido por golpes de Estado y por la injerencia de mercenarios extranjeros, y fue asesinado en 1989 en circunstancias turbias. Su mausoleo, revestido de mármol, se levanta hoy en Domoni y es un lugar de memoria nacional. La ciudad que había sido corte de sultanes se convirtió también en panteón de los padres de la independencia.

Domoni hoy: memoria viva de la vieja Anjouan

Hoy Domoni es una ciudad de unos diecisiete mil habitantes que conserva, más que ninguna otra en Anjouan, el aire de la antigua civilización suajili-comorense. Su medina de callejones estrechos, sus casas de piedra coralina con puertas talladas, sus mezquitas centenarias —entre ellas la de Shiraz, de los siglos XIV a XVI, con la rareza de sus dos mihrabs y sus altos minaretes de traza iraní— y los restos de sus murallas hacen de ella un auténtico museo urbano al aire libre, uno de los conjuntos históricos mejor conservados del país.

Esa riqueza patrimonial convive con los desafíos de una ciudad pobre en un país con escasos recursos: problemas de infraestructura, de saneamiento y de conservación del casco antiguo, que a veces sufre el abandono y la presión demográfica. Preservar la medina de Domoni, sus mezquitas y sus murallas es un reto pendiente, en el que la valoración turística puede ser una aliada si se hace con respeto y sin desvirtuar la vida local.

Para el viajero, Domoni ofrece una experiencia muy distinta a la de las playas y la naturaleza del resto del archipiélago: la de una ciudad histórica cargada de siglos, donde cada calle, cada mezquita y cada muralla cuenta una parte de la larga historia de las Comoras. Recorrerla con un guía local, escuchar los relatos de los shirazis, los sultanes, los piratas y los presidentes, y respetar sus costumbres profundamente musulmanas, es la mejor forma de honrar a esta vieja capital que sigue siendo el corazón histórico de Anjouan.

📚 Bibliografía

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