Antes de la elegante media luna de la Corniche, había simplemente una bahía: la ensenada de aguas cálidas de la que salían los dhows cargados de buzos rumbo a los bancos de perlas y a la que volvían meses después. Cuando la industria perlera se derrumbó en los años 30, ese frente marítimo quedó como testigo melancólico de tiempos mejores. El giro llegó con los hidrocarburos: entre los años 70 y 80, con los ingresos del petróleo y el gas, la vieja bahía irregular fue dragada y reperfilada, se ganó terreno al mar y se construyó un paseo curvo con jardines, palmeras y una avenida.
Aquella obra cambió la relación de Doha con su mar: la ciudad dejó de darle la espalda a la bahía como lugar de trabajo duro y empezó a mirarla como un balcón. La Corniche se volvió casi de inmediato el corazón al aire libre de la capital, escenario de las fiestas nacionales, los desfiles y la vida cotidiana de una población que crecía sin parar al ritmo del boom energético.
Si la Corniche es el escenario, el skyline de rascacielos de West Bay es su telón de fondo, brotado en apenas dos décadas frente a la bahía a medida que el gas convertía a Catar en uno de los países más ricos del mundo. En los extremos del paseo, el país instaló dos de sus grandes íconos: el Museo de Arte Islámico de I. M. Pei (2008), sobre una isla artificial, y el Museo Nacional de Catar de Jean Nouvel (2019), con su espectacular forma de rosa del desierto.
El Museo Nacional envuelve, en su interior, el viejo palacio del jeque Abdullah bin Jassim, sede del gobierno a comienzos del siglo XX y primer museo del país desde 1975. Sus once galerías cuentan, con proyecciones envolventes, el viaje de una tierra que pasó de la vida beduina y las perlas al vértigo del gas. Caminar la Corniche al atardecer, con los dhows de madera en primer plano y las luces de West Bay reflejándose en el agua, es asistir de un solo golpe de vista al salto que dio la ciudad en medio siglo.
En la costa norte, entre West Bay y The Pearl, Catar levantó Katara, una aldea cultural cuyo nombre recupera una de las denominaciones históricas de la península. No es un museo cerrado ni un centro comercial, sino un barrio vivo a orillas del mar, pensado para reunir las artes, el patrimonio y las tradiciones de Catar, el mundo árabe y el planeta. Forma parte de la estrategia con la que el país, bajo los emires Hamad y Tamim, convirtió su riqueza gasífera en prestigio e influencia cultural.
Sus joyas son dos mezquitas cubiertas de mosaicos —una de ellas diseñada por la arquitecta turca Zeynep Fadıllıoğlu, de las primeras mujeres en firmar el diseño de una mezquita, y la deslumbrante Mezquita Dorada— y un gran anfiteatro que combina la arquitectura del teatro griego clásico con detalles islámicos, frente al golfo. Katara acoge festivales de cine como el Ajyal, conciertos, ferias y celebraciones tradicionales, y es hoy uno de los espacios públicos más queridos de Doha.
Frente a West Bay, sobre los antiguos bancos perleros, Catar fabricó literalmente tierra nueva: The Pearl-Qatar, una isla artificial de casi cuatro millones de metros cuadrados ganados al golfo, con marinas, canales al estilo veneciano y villas de lujo. Fue de los primeros lugares del país donde se permitió a extranjeros la propiedad de inmuebles, y su nombre cierra el círculo con la historia: allí donde los ghawwas bajaban a buscar perlas, hoy flota una 'Riviera árabe' de yates y boutiques.
La costa suma además escapadas de playa como Banana Island, una isla-resort en forma de media luna a veinte minutos de barco de Doha, desarrollada por la operadora Anantara en plena apuesta por el turismo de lujo. Villas sobre el agua, spa, deportes acuáticos y la tirolesa más larga del país conviven, bajo la superficie, con la memoria de un mar que durante siglos fue territorio de buceadores de perlas. Es la cara más relajada y cosmopolita del Catar contemporáneo.