Sal y Boa Vista son las islas más orientales y llanas de Cabo Verde, azotadas por el viento y por siglos de aridez. Sal fue avistada en 1460 y bautizada al principio Llana, "la plana", pero cambió de nombre cuando se descubrieron sus enormes depósitos de sal en los cráteres de Pedra de Lume y en Santa Maria. Durante mucho tiempo la isla estuvo casi despoblada, usada solo para pastar ganado traído de Boa Vista.
La explotación en serio llegó hacia fines del siglo XVIII y en el XIX. El comerciante Manuel António Martins impulsó la extracción de sal, llevó a familias de Boa Vista y a esclavos de la costa africana y montó una industria salinera que fue, durante décadas, el motor de la isla. En Boa Vista, ingleses ya explotaban la sal desde el siglo XVII, convirtiéndola en un punto del comercio atlántico.
El símbolo de esa época es Pedra de Lume: un cráter volcánico extinto conectado con el mar por túneles, cuyas salinas producen un agua tan salada —muchas veces más que el propio océano— que permite flotar sin esfuerzo, como en el Mar Muerto. Hoy la industria salinera es historia, pero sus paisajes blancos siguen siendo uno de los grandes atractivos del archipiélago.
Cuando la sal dejó de ser rentable, estas islas parecían condenadas al olvido. Su salvación llegó del cielo y del mar: sus playas interminables de arena blanca, sus aguas turquesa y sus vientos constantes las convirtieron en el gran destino de sol y playa de Cabo Verde. Sal, con su aeropuerto internacional —bautizado Amílcar Cabral—, fue la pionera, y Santa Maria pasó de aldea de pescadores a capital turística del país.
Boa Vista siguió el mismo camino más tarde. La apertura de su aeropuerto internacional en 2007 sacó a la isla de su aislamiento y permitió los vuelos directos desde Europa, reorientando su economía hacia el turismo. Hoy sus grandes complejos hoteleros conviven con largas playas vírgenes y con la pequeña y colorida capital, Sal Rei.
Este giro trajo prosperidad, pero también debates sobre el uso del agua, la presión sobre el litoral y el modelo de grandes resorts. Aun así, para millones de visitantes, Sal y Boa Vista son la puerta de entrada a Cabo Verde: la promesa de playa perfecta que después descubre un país con mucha más historia y cultura de lo que sugiere su arena.
Boa Vista es, de las diez islas, la más parecida al Sahara. Los vientos que cruzan desde África han cubierto buena parte de su territorio de dunas de arena dorada, como el desierto de Viana, un pequeño Sahara en medio del Atlántico. Sus costas, azotadas por corrientes y bajíos, están sembradas de naufragios; el más famoso es el del Cabo Santa Maria, un buque encallado que la arena y el óxido convirtieron en icono de la isla.
Pero el mayor tesoro de Boa Vista es vivo. Sus playas, y muy en especial la salvaje y larguísima Praia de Santa Mónica, son uno de los principales sitios de anidación de la tortuga boba (Caretta caretta) del Atlántico. Cada verano, las hembras salen del mar de noche para desovar en la arena, en un espectáculo que hoy se protege con programas de conservación que involucran a las comunidades locales.
Esa combinación de dunas, naufragios, aguas cargadas de vida —ballenas jorobadas incluidas, en temporada— y kilómetros de arena virgen hacen de Boa Vista un destino de naturaleza en estado casi puro, un contrapunto salvaje al turismo más organizado de la vecina Sal.