La historia de la reserva empieza con el río que le da nombre. El Rusizi (Ruzizi) nace en el lago Kivu, en la frontera entre Ruanda y la República Democrática del Congo, y desciende unos 117 kilómetros hacia el sur, salvando un desnivel de casi 700 metros, hasta desembocar en el extremo norte del lago Tanganica, justo al lado de Buyumbura. En buena parte de su recorrido, el Rusizi marca la frontera entre Burundi, Ruanda y la RD del Congo.
Al acercarse al Tanganica, el río se abre en un amplio delta de canales, lagunas y palmerales que, con el aporte de sedimentos, ha ido formando una llanura fértil y un ecosistema de humedal único en la región. Ese delta, rico en agua, peces y vegetación, se convirtió con el tiempo en un refugio para la fauna acuática: hipopótamos, cocodrilos, sitatungas y una enorme variedad de aves encontraron aquí un hábitat ideal, a las puertas mismas de la ciudad.
La cuenca del Rusizi tiene también un enorme valor humano y económico: sus aguas se usan para el riego, la pesca y la generación de energía hidroeléctrica (las centrales de Rusizi abastecen a Burundi, Ruanda y el este del Congo). En medio de esa presión, la conservación del delta y su fauna se volvió un desafío importante.
Ante la importancia ecológica del delta y la presión creciente de la agricultura, la pesca y la expansión urbana de Buyumbura, las autoridades burundesas establecieron en 1980 el Parque Nacional de la Rusizi (Parc National de la Rusizi), para proteger la desembocadura del río y sus humedales. El área protegida abarca el delta propiamente dicho —el sector 'delta', junto a la boca del río— y un sector de tierra más amplio, de sabanas y galerías de palmeras hyphaene, en la margen oriental del río.
Uno de los objetivos clave fue proteger a la población de hipopótamos, muy amenazada en toda África por la caza y la pérdida de hábitat, y a las palmeras hyphaene, características del paisaje. La reserva también resguarda al sitatunga, un antílope acuático raro, y funciona como refugio y escala para numerosas aves acuáticas y migratorias.
Hoy la gestión de la Rusizi y del resto de las áreas protegidas del país está a cargo del Office Burundais pour la Protection de l'Environnement (OBPE), el organismo ambiental de Burundi. La reserva es la más visitada y accesible del país, en buena medida por su cercanía a la capital, y se ha convertido en la principal vidriera de la naturaleza burundesa para el escaso turismo que llega.
Ningún relato del Rusizi está completo sin mencionar a Gustave, el cocodrilo del Nilo más famoso de África. Se trata de un enorme macho —se le calcularon más de seis metros y varios cientos de kilos— que habitaba las aguas del bajo Rusizi y la orilla norte del Tanganica, y al que la tradición local atribuyó decenas de ataques mortales a lo largo de los años, tanto a personas como a hipopótamos.
Su tamaño descomunal, las cicatrices de su cuerpo (incluida una supuesta herida de bala) y su astucia para evitar toda captura lo convirtieron en una leyenda. A comienzos de los años 2000, un equipo de científicos y cineastas intentó atraparlo para estudiarlo, esfuerzo que quedó registrado en documentales que dieron a Gustave fama internacional; inspiró incluso una película de terror. Nunca fue capturado, y con el tiempo se perdió su rastro.
Más allá de cuánto haya de real y cuánto de mito en su historia, Gustave simboliza el carácter salvaje del delta de la Rusizi y el respeto que imponen sus cocodrilos. Para el visitante, es un recordatorio de que este humedal apacible a las puertas de la ciudad sigue siendo, en el fondo, un territorio de fauna grande y peligrosa.
La Reserva Natural de la Rusizi enfrenta las mismas dificultades que casi todo Burundi: la enorme presión demográfica sobre la tierra, la deforestación, la caza furtiva y la falta crónica de recursos para la conservación. El delta convive con campos de cultivo, aldeas de pescadores y la expansión de Buyumbura, y mantener el equilibrio entre la protección del hábitat y las necesidades de la población es un reto permanente.
Al mismo tiempo, la reserva representa una oportunidad. En un país sin la fauna espectacular de sabana de sus vecinos, la Rusizi ofrece una experiencia de naturaleza accesible y auténtica —hipopótamos, cocodrilos, aves— que puede atraer al turismo responsable y generar ingresos para su conservación. Su cercanía a la capital y al aeropuerto la convierten en la puerta natural de entrada a la biodiversidad burundesa.
Para el viajero, visitar la Rusizi es también una forma de apoyar la protección de estos humedales. Cada entrada y cada paseo en lancha contribuyen a sostener el trabajo de guardaparques y guías, y a demostrar que la fauna vale más viva y protegida que perseguida. En un rincón de África donde la naturaleza ha sufrido mucho, el delta de la Rusizi resiste, verde y lleno de vida, a las puertas mismas de Buyumbura.