Mucho antes de que existiera la ciudad, en la orilla nororiental del lago Tanganica había una pequeña comunidad de pescadores y agricultores. El lugar, en el punto donde el gran lago se estrecha hacia el norte y las montañas de la cresta Congo-Nilo caen casi hasta el agua, era un cruce natural de rutas: por el lago llegaban las canoas cargadas de pescado y mercancías, y por tierra pasaban las caravanas que unían el interior de Burundi con la costa del Índico a través de Tanganica.
Esa posición estratégica llamó la atención de los europeos en el reparto colonial de África. En 1884-1885, la Conferencia de Berlín adjudicó buena parte de esta región a Alemania, que la incorporó a su colonia de África Oriental Alemana (Deutsch-Ostafrika), junto con lo que hoy son Tanzania continental y Ruanda. En 1897, los alemanes instalaron en este punto del lago un puesto militar para controlar la zona y la navegación por el Tanganica. Alrededor de aquel fortín creció el poblado que los colonizadores llamaron Usumbura, deformación del nombre local.
El Tanganica era entonces una frontera caliente: sus orillas eran disputadas por alemanes, belgas (desde el Congo) y británicos, y el lago fue incluso escenario de combates navales durante la Primera Guerra Mundial. Usumbura, pequeña pero bien situada, empezaba a convertirse en la puerta de entrada al reino de Burundi.
Durante la Primera Guerra Mundial, las tropas belgas procedentes del Congo ocuparon la región. Al terminar la guerra, la Sociedad de Naciones entregó a Bélgica el mandato sobre Ruanda-Urundi (los reinos gemelos de Ruanda y Burundi), que Bélgica administró primero como mandato y luego como territorio en fideicomiso de la ONU, unido a su gran colonia del Congo.
Los belgas eligieron Usumbura como centro administrativo del territorio de Urundi y le dieron forma de ciudad colonial: avenidas anchas y arboladas, edificios de la administración, un puerto moderno sobre el lago —clave para el comercio con el Congo y con Tanganica— e instalaciones militares. La ciudad creció con una población mezclada: funcionarios y colonos belgas, comerciantes griegos, indios y árabes, y una mayoría africana que trabajaba en el puerto, el comercio y los servicios. Buena parte del trazado y de los edificios que hoy se ven en el centro datan de esta época.
Bajo el dominio belga se consolidó también una administración indirecta que se apoyaba en la aristocracia tutsi y que fue endureciendo las diferencias entre los grupos hutu, tutsi y twa —diferencias que en la sociedad tradicional habían sido sobre todo sociales y de casta más que rígidamente 'étnicas'—. Esa herencia colonial de división sería una de las raíces de las tragedias que vendrían después de la independencia.
Tras la Segunda Guerra Mundial creció el reclamo de independencia en toda África. En Burundi, la figura clave fue el príncipe Louis Rwagasore, hijo del mwami (rey) Mwambutsa IV y líder del partido UPRONA, que unía a hutus y tutsis en un proyecto nacionalista. Rwagasore ganó las elecciones de 1961, pero fue asesinado ese mismo año, un golpe del que el país nunca terminó de reponerse.
El 1 de julio de 1962, Burundi se independizó de Bélgica como reino, con Usumbura como capital. Poco después, la ciudad recuperó un nombre de raíz africana: pasó a llamarse Buyumbura (Bujumbura). Era la capital de un joven reino que muy pronto se hundió en la inestabilidad: en 1966 la monarquía fue derrocada y se proclamó la república, iniciando una larga etapa de golpes militares y de gobiernos dominados por la minoría tutsi.
Buyumbura, como capital, fue el escenario central de esos vaivenes. Concentraba el poder político, el ejército, el puerto y el comercio, y en sus calles y barrios se jugaron muchos de los episodios más dramáticos de la historia del país. La ciudad crecía, pero sobre una base política frágil y una sociedad cada vez más tensionada por la cuestión étnica que la colonización había exacerbado.
La historia de Burundi tras la independencia está marcada por episodios de extrema violencia interétnica. En 1972, una revuelta hutu y la brutal represión que le siguió causaron cientos de miles de muertos, en lo que muchos consideran un genocidio contra la población hutu. Buyumbura y el resto del país quedaron traumatizados y profundamente divididos.
El momento de mayor esperanza y de mayor caída llegó en 1993. Ese año, Melchior Ndadaye —primer presidente hutu, elegido democráticamente— asumió el poder, pero fue asesinado a los pocos meses en un intento de golpe militar. Su muerte desató una guerra civil que se prolongó hasta 2005 y que dejó unos 300.000 muertos, incontables desplazados y una economía arrasada. La guerra se libró sobre todo en el campo, pero Buyumbura vivió toques de queda, combates en sus barrios periféricos y una fuerte militarización.
El proceso de paz, impulsado con la mediación de líderes africanos como Julius Nyerere y Nelson Mandela, culminó en los acuerdos de Arusha y en un nuevo reparto del poder entre hutus y tutsis. En 2005, la asunción del expresidente rebelde Pierre Nkurunziza marcó el fin formal de la guerra. Hoy el aeropuerto internacional de la ciudad lleva el nombre de Melchior Ndadaye, en memoria de aquel presidente asesinado.
La paz de 2005 abrió una etapa de reconstrucción, pero también de nuevas tensiones. En 2015, la decisión del presidente Nkurunziza de presentarse a un tercer mandato desató protestas, un intento de golpe y una crisis política que provocó la salida del país de cientos de miles de personas y el aislamiento internacional de Burundi. Buyumbura, epicentro de aquellas protestas, volvió a vivir días difíciles.
En un movimiento cargado de simbolismo, en 2018-2019 el gobierno decidió trasladar la capital política a Gitega, en el interior —la antigua capital del reino—, dejando a Buyumbura como 'capital económica'. La ciudad perdió el rango de capital que había tenido durante más de un siglo, pero conservó lo esencial: el puerto, el aeropuerto internacional, las sedes de empresas y organismos, y el peso de ser, con diferencia, la mayor ciudad del país.
Hoy Buyumbura es una capital económica tranquila y de ritmo pausado, golpeada por la crisis (escasez de combustible, inflación, un franco debilitado), pero llena de vida junto a su lago. Sus playas se llenan los fines de semana, su mercado bulle, sus iglesias cantan los domingos y sus atardeceres sobre el Tanganica siguen siendo de los más hermosos de África. Para el viajero que llega hasta aquí —pocos lo hacen—, Buyumbura es la puerta a un país pequeño, herido y hospitalario, que empieza a asomar tímidamente al turismo.