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Historia de Uagadugú

Los mossi y el nacimiento del reino de Uagadugú

A diferencia de muchas capitales africanas surgidas del colonialismo, Uagadugú es una ciudad antigua, corazón de uno de los estados más sólidos y duraderos del África occidental precolonial: el reino mossi de Uagadugú. Según la tradición, los reinos mossi nacieron hacia los siglos XV y XVI de la unión entre jinetes llegados del sur (los dagomba, de la actual Ghana) y las poblaciones agrícolas de la meseta central. De esa fusión surgió una aristocracia guerrera a caballo, los nakomsé, y una organización política centralizada poco común en la región.

La figura central de ese sistema era el Mogho Naba, título que suele traducirse como 'rey del mundo' o 'señor de la tierra mossi'. El Mogho Naba de Uagadugú reinaba sobre una corte compleja, con ministros y dignatarios de funciones precisas —el jefe de la caballería, el guardián de las tumbas, el encargado de los tambores—, y ejercía autoridad sobre un vasto territorio de aldeas agrícolas. Uagadugú, la ciudad del Mogho Naba, se convirtió así en la capital política y espiritual de los mossi.

Lo notable del reino mossi fue su capacidad de resistir durante siglos. Situados en la encrucijada de las grandes rutas caravaneras del Sahel, los mossi convivieron con los imperios de Malí y Songhai sin ser absorbidos por ellos, rechazaron varios intentos de conquista y se mantuvieron en buena medida al margen de la islamización que sí transformó a los pueblos comerciantes vecinos. Esa continuidad institucional explica que el Mogho Naba siga existiendo hoy, más de cinco siglos después, como autoridad tradicional respetada.

La conquista francesa y el Alto Volta

La independencia del reino mossi terminó a fines del siglo XIX, en plena 'repartición de África' entre las potencias europeas. Tras varias misiones exploratorias, las tropas francesas al mando del comandante Voulet ocuparon Uagadugú en septiembre de 1896, incendiaron parte de la ciudad y depusieron al Mogho Naba Wobgo, que se resistió y terminó exiliado. Francia impuso un soberano más dócil y convirtió el país mossi en un territorio colonial.

Durante las décadas siguientes, los territorios de la actual Burkina Faso fueron reorganizados varias veces. En 1919 se creó la colonia del Alto Volta (Haute-Volta), llamada así por los tres ríos Volta —el Volta Negro, el Blanco y el Rojo— que la atraviesan, con Uagadugú como capital. En 1932, en plena crisis económica, la colonia fue desmembrada y repartida entre Costa de Marfil, Sudán Francés (Malí) y Níger, sobre todo para disponer de mano de obra para las plantaciones marfileñas. El Alto Volta solo fue reconstituido como territorio en 1947, gracias en parte a la presión del propio Mogho Naba y de las élites locales.

Bajo el dominio colonial, Uagadugú creció como centro administrativo: se trazaron avenidas, se levantaron edificios oficiales, la catedral de ladrillo rojo (terminada en 1936) y una torre de agua, y llegó el ferrocarril desde Abiyán, que en 1954 alcanzó la ciudad. Pero la colonia siguió siendo pobre y volcada a exportar trabajadores. El Mogho Naba, despojado de poder político, conservó su prestigio moral y siguió siendo un referente para los mossi.

Independencia y años de inestabilidad

El 5 de agosto de 1960, el Alto Volta accedió a la independencia, con Maurice Yaméogo como primer presidente y Uagadugú como capital de la nueva república. Pero los primeros años fueron difíciles: un país sin salida al mar, con pocos recursos, muy dependiente de la agricultura de subsistencia y de las remesas de sus trabajadores emigrados, sobre todo a Costa de Marfil.

La vida política estuvo marcada por la inestabilidad. En 1966, una gran movilización popular y sindical, con el apoyo del Mogho Naba, derrocó a Yaméogo y llevó al poder al ejército con el general Sangoulé Lamizana. Siguieron años de alternancia entre gobiernos militares y civiles, golpes de Estado y crisis, agravados por las grandes sequías del Sahel de los años setenta y ochenta, que golpearon con dureza al campo voltense.

En ese contexto de pobreza y frustración fue ganando protagonismo una generación de jóvenes oficiales de ideas revolucionarias y panafricanistas. Entre ellos destacaba un capitán carismático, Thomas Sankara, que llegaría a transformar no solo la política, sino hasta el nombre del país. Uagadugú, capital de una de las naciones más pobres del mundo, estaba a punto de convertirse en el escenario de una de las experiencias revolucionarias más singulares de África.

Thomas Sankara y el nacimiento de Burkina Faso

El 4 de agosto de 1983, un golpe de Estado llevó al poder a Thomas Sankara, con apenas 33 años. Marxista, austero e idealista, Sankara lanzó una revolución que buscaba romper con la dependencia colonial y transformar la sociedad. Uno de sus gestos más simbólicos llegó en agosto de 1984, cuando rebautizó el país: el Alto Volta, nombre de origen colonial, pasó a llamarse Burkina Faso, 'la patria de los hombres íntegros', combinando el mooré ('burkina', integridad) y el dioula ('faso', patria). A sus habitantes los llamó burkinabé, con un sufijo tomado del fulfuldé, uniendo así en el propio nombre a las tres grandes lenguas del país.

Durante sus cuatro años de gobierno, Sankara impulsó campañas de vacunación y alfabetización, plantaciones masivas de árboles contra el avance del desierto, la construcción de escuelas y dispensarios, la promoción de la mujer y una política de autosuficiencia que rechazaba la ayuda condicionada y la deuda externa. Vivía con austeridad ostentosa —vendió los coches oficiales de lujo, andaba en bicicleta o en un modesto auto— y se convirtió en un ícono del panafricanismo. Uagadugú, su capital, ganó proyección internacional.

El experimento terminó de forma trágica. El 15 de octubre de 1987, Sankara fue asesinado en un golpe de Estado encabezado por su compañero de armas Blaise Compaoré, que tomó el poder. Compaoré gobernaría Burkina Faso durante 27 años, moderando la revolución y estrechando lazos con Occidente. La figura de Sankara, en cambio, creció con el tiempo hasta convertirse en un mito para la juventud africana, y su tumba en Uagadugú es hoy lugar de peregrinación.

La capital de hoy: cultura, crisis y resiliencia

Tras la caída de Blaise Compaoré en 2014 —derrocado por una insurrección popular cuando intentaba perpetuarse en el poder—, Burkina Faso entró en una etapa turbulenta. A la fragilidad política se sumó, desde mediados de la década de 2010, una grave crisis de seguridad: la expansión de grupos yihadistas armados desde Malí y Níger provocó miles de muertos, el desplazamiento de más de un millón de personas y la pérdida del control estatal sobre amplias zonas del norte y el este. Sucesivos golpes de Estado militares en 2022 reflejaron esa crisis.

A pesar de todo, Uagadugú sigue siendo el corazón cultural del país y uno de los grandes centros artísticos de África occidental. Cada dos años acoge el FESPACO, el mayor festival de cine del continente, nacido en 1969, que ha hecho de la ciudad la capital africana del séptimo arte; y el SIAO, el gran salón del artesanado africano. La ciudad late al ritmo de sus mercados, sus talleres de bronce y cuero, su música y sus maquis, en un contraste permanente entre la vitalidad cultural y las dificultades del presente.

Uagadugú resume así la historia de Burkina Faso: la de un pueblo, los mossi, que construyó un reino resistente; la de una colonia empobrecida y desmembrada; la de una nación que se rebautizó a sí misma en un gesto de dignidad; y la de un país que hoy, en medio de una crisis muy dura, sigue aferrado a su identidad, su integridad y su cultura. Visitarla con respeto y prudencia es asomarse a esa historia intensa y todavía abierta.

📚 Bibliografía

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