La historia de Nazinga es la de una idea audaz. A finales de la década de 1970, gran parte de la fauna de Burkina Faso —entonces Alto Volta— estaba en retroceso por la caza furtiva, la presión agrícola y la degradación del hábitat. En ese contexto, dos hermanos canadienses, Robert y Clark Lungren, impulsaron en 1979 la creación del Ranch de Gibier de Nazinga, en el sur del país, cerca de Pô y de la frontera con Ghana. No se trataba de un parque nacional clásico, sino de un experimento de gestión de vida silvestre novedoso para África occidental.
La idea era combinar tres objetivos que muchas veces se ven como opuestos: proteger la fauna, permitir su observación turística y hacer un aprovechamiento controlado y sostenible de los recursos, incluida la caza regulada en ciertas zonas. En vez de excluir por completo el uso humano, el 'ranch de gibier' buscaba que la fauna tuviera valor económico y así incentivar su conservación, involucrando a las comunidades locales. Era una filosofía adelantada a su tiempo, emparentada con los modelos de gestión comunitaria de la fauna que luego se harían famosos en el sur de África.
Sobre un territorio de sabana arbolada de más de 900 km², el proyecto empezó a dar forma a lo que sería una de las reservas más singulares de la región. La clave de todo, en un clima con una estación seca larga y dura, iba a ser el agua: sin ella, ni la fauna ni el proyecto podían prosperar. Y ahí está una de las grandes innovaciones de Nazinga.
El gran acierto técnico de Nazinga fue la construcción de una red de represas o embalses artificiales (barrages) repartidos por la reserva. En una región donde la estación seca vacía ríos y charcas durante meses, estos embalses garantizan agua permanente, y con ella la posibilidad de que la fauna sobreviva y se concentre en un territorio delimitado en lugar de emigrar o morir. El agua se convirtió, literalmente, en el motor de la reserva.
El efecto fue notable. Los puntos de agua atraen a los herbívoros —elefantes, búfalos, antílopes de muchas especies, facóqueros— y a los depredadores y aves que dependen de ellos, creando concentraciones de fauna especialmente visibles en plena estación seca, entre enero y abril. Para el visitante, esto se traduce en el gran espectáculo de Nazinga: manadas de elefantes acercándose a beber y bañarse a corta distancia, algo excepcional en África occidental. Para la reserva, significa poder sostener una biodiversidad rica en un entorno exigente.
En los embalses viven además cocodrilos del Nilo y una abundante avifauna acuática, y alrededor prospera un bosque de galería que aumenta la diversidad de hábitats. Nazinga demostró que, con una gestión inteligente del agua, era posible recuperar y mantener fauna en zonas donde parecía condenada a desaparecer. Ese modelo de manejo activo del hábitat es una de las lecciones más valiosas de la reserva.
Si Nazinga es conocida por algo, es por sus elefantes. La reserva alberga una de las mayores poblaciones de elefante de sabana de toda África occidental: el conjunto formado por Nazinga, la vecina reserva de Sissili y el Parque Nacional Kaboré Tambi suma varios cientos de ejemplares, con la mayor parte concentrada en Nazinga. En una región donde los elefantes han sido diezmados por la caza del marfil y el avance humano, esta población es un tesoro de conservación de alcance internacional.
Ver elefantes en libertad en África occidental es difícil: no quedan los grandes rebaños del este o el sur del continente, y los que sobreviven suelen ser esquivos. Nazinga es una de las excepciones, gracias justamente a su agua y a su protección. En la estación seca, los elefantes se vuelven relativamente fáciles de observar en torno a las represas, lo que convirtió a la reserva en el principal destino de safari de Burkina Faso y en un símbolo de que la conservación puede funcionar incluso en condiciones adversas.
Esa misma población, sin embargo, es frágil. Depende de la vigilancia contra el furtivismo, del mantenimiento de las represas y de la estabilidad de la zona. La crisis de seguridad que afecta al país desde mediados de la década de 2010 amenaza no solo el turismo, sino la propia gestión de la reserva: sin guardaparques, sin recursos y sin control del territorio, poblaciones como la de Nazinga quedan expuestas. Proteger a estos elefantes es una tarea que trasciende al turismo y hace a la conservación de un patrimonio natural único.
Con el paso de los años, el Ranch de Gibier de Nazinga fue nacionalizado por el Estado burkinabé, que asumió su gestión a través de sus organismos de áreas protegidas, dependientes del ministerio de Medio Ambiente. La reserva se organizó en distintas zonas con funciones específicas: una zona de conservación estricta, una zona de amortiguamiento y una amplia zona de caza controlada, además de zonas de caza de las aldeas vecinas. Esta zonificación intentaba equilibrar protección, aprovechamiento y beneficio para las comunidades.
Nazinga se consolidó así como un referente de gestión de vida silvestre en el Sahel y como uno de los pocos lugares del país preparados para recibir visitantes en busca de fauna. Se habilitó un campamento dentro de la reserva, con bungalows y habitaciones, gestionado en el marco del turismo nacional, que permitía a los visitantes dormir en plena naturaleza y salir de safari en los horarios de mayor actividad animal. La visita se hacía siempre con guías-rastreadores locales, expertos en localizar la fauna a lo largo de los cientos de kilómetros de pistas de la reserva.
En sus mejores años, Nazinga combinó ciencia, conservación y turismo: fue objeto de estudios sobre sus elefantes y su ecología, generó ingresos y empleo para la región, y ofreció a burkinabés y extranjeros una experiencia de naturaleza poco común en África occidental. Representó, en definitiva, una apuesta por demostrar que la fauna vale más viva que muerta, y que la conservación puede ser también una vía de desarrollo.
La suerte reciente de Nazinga está ligada a la de todo Burkina Faso. Desde mediados de la década de 2010, la expansión de grupos armados yihadistas por el Sahel y por amplias zonas del país sumió a la nación en una grave crisis de seguridad y humanitaria, con miles de muertos y millones de desplazados internos. La inseguridad, que golpeó primero al norte y al este, se extendió y afectó la capacidad del Estado para gestionar y proteger sus áreas naturales, incluidas las reservas del sur.
Los gobiernos extranjeros terminaron desaconsejando por completo los viajes a Burkina Faso, y el turismo de fauna —que en Nazinga había sido un motor de conservación y de ingresos— se detuvo casi por entero. Para una reserva cuyo modelo dependía en parte del valor económico de la fauna, la interrupción del turismo y la debilidad de la vigilancia son una amenaza directa: sin recursos ni control efectivo del territorio, aumentan los riesgos de furtivismo y de deterioro del hábitat, y peligran logros de conservación construidos durante décadas.
Pese a todo, Nazinga sigue representando una de las mayores esperanzas de la conservación en África occidental: sus elefantes, sus represas y su modelo pionero siguen ahí, a la espera de tiempos más seguros que permitan retomar la gestión plena, la investigación y el turismo responsable. Conocer su historia es entender que proteger la naturaleza en el Sahel es tan difícil como necesario, y que lugares como Nazinga merecen sobrevivir a la crisis para volver a asombrar a quienes, algún día, puedan ver de nuevo a sus elefantes acercarse a beber al atardecer.