Dori se levanta en el noreste de Burkina Faso, en el corazón del Sahel, cerca de las fronteras con Malí y Níger. Es, con sus casi 47.000 habitantes según el censo de 2019, la principal ciudad de esta región árida y la capital de la provincia de Séno. Su nombre, de origen gourmantché, significaría 'las orillas del punto de agua', un recordatorio de que, en el Sahel, la existencia misma de una ciudad depende del acceso al agua. Rodeada de sabana seca, acacias y pozos, Dori encarna la vida saheliana.
La ciudad se sitúa en una zona de clima tropical semiárido, con apenas unos 560 milímetros de lluvia al año concentrados en pocos meses, y una larga estación seca en la que el paisaje se vuelve ocre y polvoriento. En este entorno, la vida gira en torno al ganado, a los cereales resistentes como el mijo y el sorgo, y al comercio. Dori fue durante siglos un cruce de rutas caravaneras que conectaban el desierto con la sabana, un lugar de paso, intercambio y encuentro entre pueblos.
Esa condición de encrucijada explica su diversidad: Dori está poblada mayoritariamente por peul (fulani), el gran pueblo ganadero, pero también por tuaregs, songhai y gourmantché, cada uno con su lengua y sus tradiciones. La ciudad era el punto donde estos pueblos comerciaban y convivían, y desde donde se accedía al Sahel más profundo, hacia Gorom-Gorom, la mare de Oursi y las dunas de Oudalan. Dori era, en suma, la capital y la puerta del Sahel burkinabé.
El momento histórico decisivo de Dori llegó a comienzos del siglo XIX, cuando se convirtió en la capital del emirato del Liptako. Este fue un Estado peul (fulani) surgido en el marco de uno de los grandes movimientos de la historia de África occidental: la yihad de Usman dan Fodio, el líder religioso y político que a principios del siglo XIX fundó el califato de Sokoto, en el actual norte de Nigeria, uno de los imperios más poderosos del continente en su época.
El emirato del Liptako, con capital en Dori, fue la extensión más occidental de ese vasto califato. Su fundación transformó a la ciudad en un centro de poder político, militar y religioso: sede de un emir, plaza fuerte del islam y núcleo de una aristocracia peul ganadera y guerrera. El Liptako organizó el territorio, cobró tributos, controló el comercio y difundió el islam entre los pueblos de la región. Dori pasó así de ser un cruce comercial a ser la capital de un reino, con la identidad y el orgullo que ello conllevaba.
Esta herencia marcó profundamente a la ciudad y a toda la región, que aún hoy se conoce como el Liptako. La cultura peul, el islam arraigado, la memoria del emirato y una fuerte identidad histórica son fruto de aquel periodo. Comprender el Liptako es esencial para entender el Sahel burkinabé: no una tierra 'vacía' o marginal, sino una región con Estados, historia y civilización propias, conectada con las grandes corrientes políticas y religiosas del África occidental del siglo XIX.
La importancia de Dori atrajo la atención de los exploradores europeos que, en el siglo XIX, recorrieron el Sahel documentando sus pueblos y sus rutas. El más célebre en pasar por la ciudad fue el alemán Heinrich Barth, uno de los grandes viajeros científicos de África, que la visitó en julio de 1853 durante su extraordinaria expedición por el Sáhara y el Sudán. Barth dejó un testimonio escrito de Dori, a la que describió, por cierto, como un lugar poco hospitalario, reflejo de las duras condiciones de la región.
Décadas más tarde llegó la penetración colonial francesa. El oficial Parfait-Louis Monteil, en el marco de la expansión de Francia por el Sahel, firmó un tratado con los jefes locales de Dori el 23 de mayo de 1891, un paso en la estrategia de someter la región mediante acuerdos y presión militar. Finalmente, en 1897, los franceses conquistaron la ciudad e integraron el Liptako en su imperio colonial de África occidental, poniendo fin a la independencia del antiguo emirato.
Bajo dominio francés, Dori siguió siendo el principal centro administrativo y comercial del Sahel, pero pasó a formar parte de un vasto imperio gobernado desde lejos. Como en el resto del actual Burkina Faso —entonces Alto Volta—, la colonización trajo nuevas fronteras, impuestos, trabajo forzado y reclutamiento, alterando las estructuras tradicionales. Cuando el país accedió a la independencia en 1960, Dori conservaba su papel de capital del Sahel y su fuerte identidad peul y musulmana, heredadas de siglos de historia.
Durante el siglo XX y hasta hace poco, Dori mantuvo su vocación de gran centro comercial del Sahel. El corazón de la ciudad era su mercado, célebre en toda la región como punto de intercambio fundamental para los pastores de los alrededores, y muy especialmente por su feria de ganado. Allí se compraban y vendían vacas, cabras, ovejas y camellos, además de cereales, sal, cuero y textiles decorados, en un trajín que reunía a peul, tuaregs, songhai y gourmantché.
Dori era también una ciudad profundamente peul, y por tanto un lugar privilegiado para conocer la cultura de este gran pueblo ganadero. La relación ancestral de los peul con el ganado, su código de conducta y honor (el pulaaku), su música, sus elaborados peinados y adornos de oro y plata, su artesanía en cuero y su gastronomía basada en la leche y los cereales impregnaban la vida de la ciudad. A ello se sumaban la arquitectura de banco (tierra cruda), las mezquitas y el ambiente de una ciudad saheliana tradicional.
Como capital y principal centro de servicios del Sahel, Dori era además la base logística para explorar toda la región: desde allí se subía hacia Gorom-Gorom y su legendario mercado de los jueves, hacia la mare de Oursi y hacia las dunas de Oudalan, o se seguía hacia las fronteras de Malí y Níger. Para los viajeros que se aventuraban en el norte de Burkina Faso, Dori era el punto de partida y de encuentro, la ciudad donde el Sahel se organizaba y se hacía habitable.
La historia reciente de Dori está dominada, como la de todo el norte de Burkina Faso, por la crisis de seguridad que estalló a mediados de la década de 2010. La expansión de grupos armados yihadistas por el Sahel —vinculados a Al Qaeda mediante el JNIM y al Estado Islámico mediante el EIGS— convirtió la región en escenario de una guerra devastadora, con ataques, secuestros, masacres y bloqueos que golpearon con especial dureza las provincias del Sahel, entre ellas Séno.
Dori, como principal ciudad de la región, se transformó en refugio: numerosos desplazados internos que huían de la violencia en el campo y en los pueblos más pequeños se concentraron en ella y en sus alrededores, tensando sus recursos y su capacidad de acogida. La ciudad sufrió también las consecuencias de los bloqueos que los grupos armados impusieron sobre varias localidades del norte, cortando rutas de abastecimiento y aislando a poblaciones enteras. La emergencia humanitaria —hambre, falta de agua, servicios colapsados— se sumó a la inseguridad.
El turismo, que hacía de Dori la puerta del Sahel, desapareció por completo: todos los gobiernos occidentales desaconsejan de forma tajante cualquier viaje a la región, considerada zona de guerra y de altísimo riesgo de secuestro. Hoy Dori no es un destino, sino una ciudad que resiste en medio de una de las crisis más graves de África. Contar su historia —el emirato del Liptako, los exploradores, el mercado de ganado, la cultura peul— es un modo de honrar lo que fue y de no olvidar a su gente, con la esperanza lejana de que la paz devuelva algún día la vida a la gran capital del Sahel burkinabé.