El Kalahari cubre buena parte de Botswana y define su carácter: no es un desierto de dunas estériles como el Sahara, sino un vasto "desierto de arena sedienta" cubierto de pastos, arbustos y acacias, que en la estación de lluvias reverdece y se llena de vida. Es una de las mayores extensiones continuas de arena del mundo, y durante milenios fue el reino de los san, los primeros habitantes de la región.
Los san del Kalahari desarrollaron un conocimiento del desierto que asombra: sabían encontrar agua en raíces y tubérculos, rastrear animales por huellas casi invisibles, almacenar líquido en cáscaras de huevo de avestruz y sobrevivir en uno de los ambientes más duros del planeta. Su cultura de cazadores-recolectores, sus técnicas y su relación con la tierra son un patrimonio humano de valor incalculable.
Esa relación milenaria con el desierto se vio profundamente alterada en el siglo XX y XXI. La expansión de la ganadería, las cercas veterinarias, la creación de reservas y las políticas de reasentamiento fueron desplazando a muchas comunidades san de sus territorios ancestrales. La tensión entre la conservación de la fauna, los intereses económicos y los derechos de los pueblos originarios sigue siendo uno de los debates más sensibles de Botswana.
La Reserva de Caza del Kalahari Central (CKGR) es una de las áreas protegidas más grandes del mundo: un territorio inmenso, remoto y de belleza austera, famoso por los cielos enormes del valle de Deception, sus leones de melena oscura, guepardos y las manadas que aparecen tras las lluvias. Fue creada en 1961, todavía bajo el protectorado, con una doble finalidad poco habitual: proteger la fauna y, a la vez, servir de refugio a las comunidades san que vivían allí desde tiempos inmemoriales.
Con el paso de las décadas, sin embargo, esa segunda finalidad entró en crisis. Entre fines de los años 90 y comienzos de los 2000, el gobierno reubicó a miles de san fuera de la reserva, en asentamientos externos, argumentando razones de desarrollo y de conservación. Los san denunciaron que se los expulsaba de su tierra ancestral y que se les cortaba el acceso al agua. El conflicto llegó a los tribunales.
En 2006, en un fallo histórico, la Alta Corte de Botswana dio la razón a los san y declaró ilegal su desalojo, reconociendo su derecho a vivir y cazar dentro de la reserva. Aun así, la aplicación de esa sentencia fue conflictiva y las tensiones por el acceso al agua y a los territorios continuaron durante años. La CKGR sigue siendo el símbolo de un dilema no resuelto: cómo conciliar la conservación, el turismo y los derechos de los pueblos originarios en la Botswana moderna.
En el noreste del Kalahari se extienden las Salinas de Makgadikgadi, una de las mayores superficies de sal del mundo: una planicie blanca y deslumbrante, plana hasta el horizonte, que en la estación seca parece un mar helado o la superficie de otro planeta. Son el fondo reseco de un lago prehistórico gigantesco, el paleolago Makgadikgadi, que hace miles de años cubrió buena parte de esta región con aguas dulces y sostuvo abundante vida.
Ese lago desaparecido tiene, además, una posible resonancia en la historia de nuestra especie. Un estudio genético publicado en 2019 propuso que la zona de los humedales del Makgadikgadi-Okavango pudo ser una de las cunas de los humanos modernos, un hogar ancestral desde el cual se habrían dispersado nuestros antepasados. Es una hipótesis debatida entre los científicos, pero da idea de la profundidad del tiempo que guarda este paisaje.
Hoy las salinas ofrecen experiencias únicas: recorrerlas en quad, acampar bajo un cielo estrellado sin una sola luz artificial, encontrarse con colonias de suricatas acostumbradas a la presencia humana o presenciar, en la temporada de lluvias, la llegada de flamencos y la migración de cebras. En medio de la salina de Sowa emerge la Isla Kubu, un islote de granito coronado por baobabs milenarios y considerado un lugar sagrado: parece un barco de piedra varado para siempre en un mar blanco.
Al norte de las grandes salinas, el Parque Nacional Nxai Pan protege un mosaico de antiguas cuencas lacustres convertidas en praderas salpicadas de acacias. En la estación de lluvias, entre diciembre y abril, sus llanuras verdes reciben una de las migraciones más notables del sur de África: manadas de cebras y ñus que se desplazan siguiendo el pasto fresco, seguidas de cerca por leones, guepardos y otros depredadores.
El gran ícono de Nxai Pan son los Baobabs de Baines, un grupo de siete enormes baobabs milenarios que se yerguen solitarios en medio de la planicie. Deben su nombre al artista y explorador Thomas Baines, que los pintó en 1862 durante sus viajes por el sur de África; lo asombroso es que sus cuadros, comparados con los árboles actuales, muestran que apenas han cambiado en más de siglo y medio, un testimonio de la longevidad casi inconcebible de estos gigantes vegetales.
Junto con las salinas de Makgadikgadi, la Isla Kubu y la Reserva del Kalahari Central, Nxai Pan completa el retrato de esta región: la Botswana más árida, silenciosa y vasta, donde el paisaje se mide en horizontes y el tiempo, en milenios. Es el reverso del exuberante Delta del norte, y no menos hipnótico: el país reducido a su esencia de arena, sal, baobabs y cielo.