La historia del lugar arranca mucho antes de que existiera la capital. Hacia 1880, el jefe Gaborone, líder de los batlokwa (uno de los pueblos tswana), se instaló con su gente junto al río Notwane, en el sureste de la actual Botswana, y fundó un asentamiento al que llamó Moshaweng. El sitio ofrecía agua permanente y buenas tierras, y con el tiempo la zona pasaría a llevar el nombre de aquel jefe: Gaberones, primero, y Gaborone, después.
En 1885, el Reino Unido estableció el Protectorado de Bechuanalandia sobre este territorio, en gran medida para frenar la expansión de los bóers y de los alemanes en la región y para asegurar la 'ruta al norte' hacia sus colonias. Curiosamente, la administración del protectorado no se instaló dentro del propio territorio, sino en Mafeking (hoy Mahikeng), una ciudad situada en Sudáfrica, al sur de la frontera. Durante décadas, Bechuanalandia fue gobernada desde fuera de sus propios límites, un arreglo colonial insólito.
En ese contexto, el pequeño Gaborones era apenas un punto en el mapa: una estación del ferrocarril que unía Sudáfrica con Rodesia (hoy Zimbabue), con un fuerte, una cárcel y poco más. Nada hacía prever que aquel modesto asentamiento junto al Notwane se convertiría, en menos de un siglo, en la capital de una nación próspera.
Uno de los episodios más decisivos de la historia de Botswana ocurrió en 1895, y hoy se recuerda con el monumento más emblemático de Gaborone. En aquel año, la Compañía Británica de Sudáfrica de Cecil Rhodes —el poderoso magnate que ya controlaba las actuales Zimbabue y Zambia— pretendía que el Protectorado de Bechuanalandia le fuera transferido, para administrarlo como parte de su imperio comercial y hacer pasar por allí su ferrocarril hacia el norte.
Los jefes tswana se opusieron con firmeza. Tres de ellos —Khama III de los bangwato, Sebele I de los bakwena y Bathoen I de los bangwaketse— emprendieron un largo viaje hasta Inglaterra para apelar directamente a la reina Victoria y al gobierno británico. Apoyados por las sociedades misioneras y por una parte de la opinión pública británica, que desconfiaba de Rhodes, los tres kgosi lograron su objetivo: el protectorado quedó bajo administración directa de la Corona y no fue entregado a la compañía de Rhodes.
Aquella gestión, poco después reforzada por el fracaso de la incursión de Jameson desde territorio de la compañía, resultó providencial. Preservó la autonomía del territorio y evitó que Bechuanalandia corriera la suerte de Rhodesia o, más adelante, que fuera absorbida por Sudáfrica. Por eso los tres jefes son considerados héroes fundacionales, y el Monumento a los Tres Dikgosi, en el corazón de Gaborone, los honra como los hombres que salvaron a la futura nación.
A comienzos de los años 60, con la independencia de las colonias africanas en marcha, quedó claro que Bechuanalandia necesitaría su propia capital dentro del territorio: no tenía sentido que un país independiente siguiera gobernándose desde Mafeking, en Sudáfrica. Tras evaluar varias opciones, se eligió Gaborone, entre otras razones por su cercanía a una fuente de agua fiable (el río Notwane, donde se construiría un embalse), su ubicación en el sureste cerca del ferrocarril y de la frontera, y su terreno relativamente neutral entre los distintos pueblos tswana.
Así, entre 1964 y 1966, se construyó una capital entera prácticamente de la nada, en un tiempo récord de unos tres años. La ciudad se planificó siguiendo principios de 'ciudad jardín': avenidas amplias, zonas verdes, un centro cívico con los edificios de gobierno, barrios residenciales y el Main Mall como corazón comercial. Fue una de las pocas capitales del mundo diseñada íntegramente antes de la independencia del país al que iba a servir.
El 30 de septiembre de 1966, Bechuanalandia se independizó del Reino Unido y nació la República de Botswana, con Seretse Khama —nieto del kgosi Khama III— como primer presidente y Gaborone como capital. La joven ciudad, con apenas unos miles de habitantes, se convertía en el centro político de una nación que en aquel momento era una de las más pobres del planeta, sin apenas rutas asfaltadas ni industria.
Lo que vino después es una de las grandes historias de éxito de la África poscolonial, a menudo llamada el 'milagro de Botswana'. Poco después de la independencia se descubrieron enormes yacimientos de diamantes en el país (Orapa, Jwaneng y otros), y el joven gobierno supo administrar esa riqueza con una prudencia poco común: en lugar de despilfarrarla o dejarla en manos extranjeras, la canalizó, a través de una alianza con la empresa De Beers, hacia infraestructura, educación, salud y desarrollo, manteniendo además una democracia estable y multipartidista y niveles bajos de corrupción.
En pocas décadas, Botswana pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a un país de ingreso medio, con una de las rentas per cápita más altas de África. Gaborone reflejó ese ascenso: creció de manera vertiginosa, de unos pocos miles de habitantes en 1966 a cientos de miles hoy. Surgieron nuevos barrios, universidades, un moderno Distrito Central de Negocios con rascacielos, centros comerciales y la sede de la SADC, la comunidad de desarrollo del sur de África.
Ese crecimiento acelerado trajo también los desafíos de toda gran ciudad: expansión desordenada en las afueras, desigualdad, presión sobre el agua en una región semiárida y, como en toda la región, el duro golpe de la epidemia del VIH/sida, que Botswana enfrentó con uno de los programas de tratamiento más ambiciosos de África. Aun así, Gaborone se consolidó como una capital funcional, tranquila y relativamente próspera, símbolo del camino recorrido por el país.
Hoy Gaborone es una capital moderna y serena, muy distinta de las megalópolis caóticas de otras partes de África. Con medio millón de personas en su área metropolitana, concentra el gobierno, las embajadas, las universidades, la banca y la sede de la SADC, y funciona como el motor administrativo y económico de un país que sigue siendo un ejemplo de estabilidad democrática en el continente. La ciudad ganó también un lugar en la cultura popular gracias a la exitosa serie de novelas 'La 1ª Agencia de Mujeres Detectives', de Alexander McCall Smith, ambientada en Gaborone y llevada a la televisión, que la mostró al mundo con afecto.
Para el viajero, Gaborone es sobre todo la puerta de entrada al país y una base cómoda: no compite con el Delta del Okavango ni con Chobe en atractivos, pero ofrece una parada segura y agradable, con su Monumento a los Tres Dikgosi, su Museo Nacional, la naturaleza cercana de Mokolodi y la Reserva de Gaborone, y el 'Gigante Dormido' del cerro Kgale. Es la cara urbana y ordenada de una nación célebre por su vida salvaje.
La historia de Gaborone —del poblado batlokwa junto al Notwane a la capital planificada de un país próspero— resume en pocas décadas el asombroso recorrido de Botswana: de la amenaza de ser anexado por Rhodes en 1895 a convertirse, gracias a los diamantes y a una gestión sensata, en una de las democracias más sólidas de África. Pasar por Gaborone es, por eso, mucho más que una escala logística: es asomarse al corazón de ese 'milagro'.