Sheki es una de las ciudades más antiguas de Azerbaiyán y una de sus más bellas, encaramada en las estribaciones boscosas del Gran Cáucaso. Situada sobre la antigua Ruta de la Seda, floreció durante siglos como centro comercial y como capital de un poderoso kanato entre 1743 y 1819. La cría del gusano de seda y el comercio de capullos la enriquecieron, y esa prosperidad quedó plasmada en sus caravasares de piedra y en las casas de los mercaderes.
Su monumento más célebre es el Palacio del Kan (Xan Sarayı), construido hacia 1762 sin utilizar un solo clavo, con vidrieras artesanales llamadas shebeke —mosaicos de miles de piezas de vidrio de colores ensambladas sin pegamento— y frescos que cubren sus salas con flores, aves, cacerías y batallas. En 2019, el centro histórico de Sheki y el Palacio del Kan fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reconociendo su arquitectura única y su papel en las rutas comerciales entre Oriente y Occidente.
La actual Gabala (Qabala) guarda una de las memorias más antiguas del país: fue la primera capital del reino de la Albania caucásica, allá por los siglos IV y III antes de nuestra era, cuando se la conocía como Kabalaka. Durante siglos fue un centro urbano de primer orden en el Cáucaso, y sus ruinas antiguas todavía se pueden visitar cerca de la ciudad moderna, testimonio de aquel Estado que abrazó el cristianismo antes que la mayor parte de Europa.
Hoy Gabala se ha reconvertido en uno de los principales destinos de montaña de Azerbaiyán. Rodeada de bosques, ríos y cascadas del Gran Cáucaso, ofrece el lago Nohur, el complejo de esquí y teleféricos de Tufandag y una infraestructura turística moderna que la ha vuelto popular entre los propios azeríes. La combinación de un pasado milenario y una naturaleza espectacular hace de la región de Gabala un cruce singular entre historia y aire libre.
Colgado de las montañas en un valle de difícil acceso, el pueblo empedrado de Lahij es célebre desde hace siglos por su artesanía del cobre. Sus caldereros y herreros trabajan todavía a golpe de martillo, cincelando bandejas, jarras y utensilios con motivos tradicionales, en una tradición que se transmite de generación en generación y que ha convertido a la aldea en un pequeño museo vivo de los oficios del Cáucaso.
Lahij conserva además un urbanismo tradicional notable, con calles adoquinadas, un antiguo sistema de alcantarillado y casas de piedra adaptadas a la sismicidad de la zona. Sus habitantes hablan una lengua irania propia, el tat, distinta del azerí, lo que da cuenta de la enorme diversidad étnica y lingüística que atesoran estas montañas. Es uno de los pueblos con más encanto del país y una parada obligada para quien recorre el noroeste.
En el extremo noroeste, ya casi en el límite con Georgia y Rusia, Zaqatala es una ciudad tranquila rodeada de extensos bosques de avellanos, nogales y castaños. La avellana es, de hecho, uno de los grandes productos de la región, exportada a buena parte del mundo. Su entorno de montañas y aldeas, en una zona de gran diversidad étnica donde conviven azeríes, ávaros, tsajures y otros pueblos caucásicos, la convierte en una base ideal para explorar la naturaleza fronteriza.
Zaqatala tiene también su lugar en la historia moderna: en el siglo XIX fue escenario de levantamientos contra el dominio ruso, y su antigua fortaleza fue utilizada como prisión, donde llegaron a estar recluidos marineros amotinados del acorazado Potemkin. Bosques, cascadas, pueblos de montaña y un pasado rebelde definen este rincón apartado y verde del país.