Para entender el Tassili n'Ajjer hay que imaginar un Sáhara completamente distinto del actual. Hace entre 10.000 y 6.000 años, durante el llamado 'período húmedo africano', el mayor desierto del mundo era una tierra de sabanas, praderas, ríos y lagos. Las lluvias monzónicas llegaban mucho más al norte, y donde hoy solo hay arena y roca crecían pastos y bosques.
Aquel Sáhara verde estaba poblado por una fauna espléndida, típica de la sabana africana: elefantes, jirafas, rinocerontes, hipopótamos, cocodrilos, búfalos y grandes antílopes. Los cursos de agua y los lagos permitían la vida animal y humana en abundancia. La meseta del Tassili n'Ajjer, con sus abrigos rocosos y sus valles, era un lugar privilegiado para habitar, y su nombre tuareg, que alude a los ríos, conserva el recuerdo de aquellas aguas hoy desaparecidas.
En ese entorno fértil vivieron durante milenios comunidades humanas de cazadores-recolectores primero, y de pastores después, que dejaron en las paredes de la meseta un testimonio extraordinario de su mundo. Ese testimonio —el arte rupestre del Tassili— es hoy una de las mayores fuentes que tenemos para reconstruir la prehistoria del Sáhara y la evolución de su clima.
El arte rupestre del Tassili n'Ajjer no es de una sola época, sino una crónica visual de más de diez mil años, que los especialistas dividen en grandes períodos estilísticos. Cada uno refleja un momento del clima, la fauna y la vida humana del Sáhara. El más antiguo suele llamarse período de las 'grandes fauna salvajes' o del Bubalus, con grabados de animales de la sabana húmeda —elefantes, jirafas, rinocerontes, el hoy extinto búfalo antiguo— realizados por cazadores.
Le sigue el enigmático período de las 'cabezas redondas' (Têtes Rondes), con misteriosas figuras humanas de cabezas esféricas y sin rasgos, a veces de gran tamaño, que han dado pie a todo tipo de interpretaciones, desde lo religioso y chamánico hasta las fantasías sobre 'astronautas' de otros mundos. Después llega el gran período pastoral o bovidiano, el más rico, con espléndidas escenas de pastores conduciendo enormes rebaños de bueyes, campamentos, danzas y ceremonias, que reflejan una sociedad ganadera próspera.
Los períodos más recientes —del caballo y, por último, del camello— muestran ya un Sáhara en desecación, con carros, jinetes y, finalmente, dromedarios, el animal que permitiría cruzar el desierto cuando este se volvió inhabitable para los rebaños. En total, se calculan unas 15.000 pinturas y grabados repartidos por sitios como Sefar, Jabbaren, Tamrit o Tin Tazarift, que hacen del Tassili una de las mayores galerías de arte prehistórico del mundo.
Hacia el 5.000-4.000 a.C., el clima del Sáhara empezó a cambiar de forma irreversible. Las lluvias se retiraron hacia el sur, los ríos y lagos se secaron, los pastos desaparecieron y el desierto avanzó implacable. La fauna de sabana se extinguió o emigró, y las comunidades de pastores tuvieron que abandonar la meseta o adaptarse a una vida cada vez más dura. El arte rupestre registra ese ocaso: los grandes rebaños dan paso a escenas más áridas y, finalmente, al camello, el 'barco del desierto'.
Con el Sáhara ya convertido en el desierto que conocemos, la región del Tassili y del Ahaggar quedó habitada por poblaciones bereberes que, con el tiempo, darían lugar a los tuareg, los 'hombres azules' del desierto. En la zona del Tassili n'Ajjer se asentaron los Kel Ajjer, una de las grandes confederaciones tuareg, señores de estas mesetas y oasis, con Djanet como uno de sus centros. Nómadas, guerreros y caravaneros, los tuareg dominaron durante siglos las rutas transaharianas y desarrollaron una cultura singular, con su lengua (el tamahaq), su escritura (el tifinagh) y sus tradiciones.
Los tuareg convivieron con el arte de sus antepasados sin ser sus autores directos, y muchas de sus leyendas y topónimos se relacionan con esos lugares cargados de memoria. Fueron ellos quienes, siglos después, guiarían a los primeros exploradores europeos por estos parajes y quienes hoy acompañan a los viajeros como guías y porteadores, herederos del conocimiento del desierto.
Aunque los tuareg conocían desde siempre las pinturas de la meseta, el arte del Tassili n'Ajjer se dio a conocer al mundo científico en el siglo XX. Exploradores y militares franceses habían señalado la existencia de grabados en el Sáhara central, pero fue sobre todo el etnólogo y prehistoriador francés Henri Lhote quien, con una célebre expedición a mediados de los años cincuenta, documentó y copió centenares de pinturas del Tassili y las divulgó en libros y exposiciones que causaron sensación.
El trabajo de Lhote —no exento de polémica por algunos métodos y por interpretaciones fantasiosas, como bautizar 'el gran dios marciano' a una gran figura de cabeza redonda— reveló al gran público la increíble riqueza de este patrimonio. A partir de entonces, el Tassili n'Ajjer se convirtió en una referencia mundial de la prehistoria y del arte rupestre, estudiado por investigadores de todo el planeta.
El reconocimiento internacional culminó en 1982, cuando la Unesco inscribió el Tassili n'Ajjer en la lista del Patrimonio Mundial, valorando tanto su excepcional arte rupestre como sus valores geológicos y naturales. Más tarde fue declarado también reserva de la biosfera. La creación del Parque Nacional del Tassili buscó proteger este tesoro frente al deterioro, regulando estrictamente su acceso.
El arte rupestre del Tassili n'Ajjer es tan valioso como frágil. Miles de años de exposición, sumados a los efectos del turismo mal gestionado —el roce de las manos, el agua arrojada sobre las pinturas para avivar los colores en las fotos, los grafitis—, han dañado numerosos paneles. Por eso el acceso está estrictamente regulado: solo se puede visitar con agencias y guías autorizados, con permisos del parque nacional, y con normas de conducta que prohíben tocar o mojar las obras.
A la fragilidad del patrimonio se suma la de un ecosistema desértico único, con especies reliquia como el cipariso del Sáhara (Cupressus dupreziana), un árbol endémico y milenario del que quedan apenas unas decenas de ejemplares en la meseta, superviviente de aquel Sáhara verde y hoy en grave peligro de extinción. Proteger a la vez el arte, el paisaje y la biodiversidad es el gran reto de la conservación del Tassili.
Para el viajero, todo ello se traduce en una experiencia exigente pero extraordinaria: una expedición de varios días a pie por una meseta remota, guiada por tuaregs, para contemplar con respeto uno de los mayores archivos de la prehistoria humana en un escenario de belleza sobrecogedora. El Tassili n'Ajjer no es un destino para el turismo apresurado, sino un viaje al origen, al silencio y a la memoria más antigua de la humanidad y del desierto.