Para entender el M'zab hay que remontarse a los primeros siglos del islam. Tras la muerte del profeta Mahoma, el mundo musulmán se dividió en torno a la cuestión del liderazgo de la comunidad. De aquellas disputas nació, entre otras corrientes, el ibadismo, una rama del islam distinta de la suní y la chií, considerada la más antigua de las escuelas independientes, caracterizada por su rigor moral, su austeridad y su ideal de una comunidad de creyentes igualitaria y piadosa.
Los ibadíes lograron fundar en el siglo VIII un Estado en el norte de África, el imamato rustamí, con capital en Tahert (la actual Tiaret, en el noroeste de Argelia). Durante más de un siglo, Tahert fue un centro floreciente de comercio, saber y tolerancia. Pero en el año 909 la ciudad cayó ante los fatimíes chiíes, y la comunidad ibadí quedó dispersa y perseguida, obligada a buscar un nuevo refugio donde poder vivir su fe en paz.
Ese refugio lo encontraron en uno de los lugares más inhóspitos imaginables: el valle pedregoso y árido del uadi M'zab, en pleno Sáhara septentrional. La dureza del entorno, que espantaba a otros, se convirtió en su mejor protección. Allí, lejos de los poderes que los amenazaban, los ibadíes se propusieron construir desde cero una nueva civilización.
Entre los siglos XI y XIV, los ibadíes fundaron en el valle del M'zab un conjunto de ciudades-oasis fortificadas que forman lo que se conoce como la Pentápolis del M'zab. Según la tradición y la Unesco, sus ksour se levantaron entre 1012 y 1350: El Atteuf (Tajnint), la más antigua, seguida de Bounoura, Melika, Beni Isguen y Ghardaïa (Taghardait), que acabaría siendo la mayor y más importante.
Cada ciudad se construyó sobre un promontorio rocoso, con las casas apiladas en forma de pirámide alrededor de la mezquita, cuyo minarete corona lo más alto y funcionaba también como atalaya de vigilancia. En la base o en las afueras se abrían la plaza-mercado y los palmerales. Este modelo urbano —compacto, defensivo, funcional y comunitario— respondía a la vez a las necesidades de defensa, al clima extremo y a los valores religiosos y sociales de la comunidad.
La proeza no fue solo arquitectónica, sino también hidráulica. En un desierto donde apenas llueve, los mozabitas idearon un ingenioso sistema de captación, almacenamiento y reparto equitativo del agua de las escasas crecidas del uadi, con diques, canales, pozos y normas comunitarias precisas. Gracias a él pudieron crear los palmerales que hicieron posible la vida. Ese urbanismo y esa gestión del agua, conservados durante siglos, son la razón por la que el M'zab es hoy Patrimonio de la Humanidad.
Los habitantes del M'zab, los mozabitas, desarrollaron una sociedad profundamente original, regida por sus principios ibadíes. Es una comunidad muy cohesionada y organizada, en la que la religión, regulada por consejos de sabios y clérigos, ordena buena parte de la vida cotidiana. La lengua propia, el mozabita (tumzabt, una lengua amazigh), y unas costumbres austeras y conservadoras han contribuido a preservar su identidad frente al mundo exterior.
Un rasgo célebre de los mozabitas es su vocación comercial. Ante la pobreza del entorno, muchos hombres emigraban temporalmente a las ciudades del norte de Argelia para dedicarse al comercio, enviando dinero a sus familias y regresando al valle. Los comerciantes mozabitas se hicieron proverbiales en todo el país por su honradez y su laboriosidad, y esa red mercantil fue clave para la prosperidad de las ciudades-oasis, que siempre miraron con recelo el lujo y el despilfarro.
La organización social del M'zab, con su reparto comunitario del agua y de la tierra, su urbanismo igualitario y su fuerte control religioso, ha llamado la atención de estudiosos de todo el mundo. Es un ejemplo notable de cómo una comunidad pudo construir y mantener durante mil años un modo de vida coherente y sostenible en uno de los entornos más duros del planeta.
En el siglo XX, el M'zab pasó de ser un rincón ignorado a convertirse en un referente de la arquitectura y el urbanismo modernos. El responsable de este cambio de mirada fue, en buena medida, el arquitecto suizo-francés Le Corbusier, uno de los padres de la arquitectura del siglo XX, que visitó el valle en los años treinta y quedó deslumbrado por lo que vio.
A Le Corbusier le fascinó la pureza de las formas mozabitas, la sabiduría de un urbanismo perfectamente adaptado al clima y a la vida comunitaria, la economía de medios y la belleza sobria de las mezquitas y las casas. Vio en el M'zab una lección de arquitectura funcional y humana, muy en sintonía con sus propias ideas. Se considera que aquella experiencia influyó en su obra posterior, y a menudo se relaciona la mezquita de Sidi Brahim, en El Atteuf, con las formas de su célebre capilla de Ronchamp.
Gracias a esa revalorización, el M'zab empezó a estudiarse y a protegerse como un patrimonio excepcional. En 1982 la Unesco inscribió el valle en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo el valor universal de sus cinco ciudades, su arquitectura de tierra y su sistema hidráulico. Lo que había nacido como refugio de una comunidad perseguida era ya un tesoro de la humanidad.
Mil años después de su fundación, el valle del M'zab sigue vivo y habitado por la comunidad que lo creó. Las cinco ciudades continúan funcionando según su organización tradicional, con sus mercados, sus mezquitas, sus palmerales y su reparto comunitario del agua. Los mozabitas mantienen su lengua, su fe ibadí y buena parte de sus costumbres, en uno de los ejemplos más notables de continuidad cultural del mundo.
Esa pervivencia convive, sin embargo, con los desafíos del presente. El crecimiento demográfico, la urbanización moderna alrededor de los viejos ksour, la presión sobre el agua y los recursos, y las tensiones sociales —en 2013 y 2015 hubo graves enfrentamientos entre las comunidades mozabita (ibadí) y árabe (chaamba) de la región— ponen a prueba el delicado equilibrio del valle. Preservar el patrimonio material e inmaterial del M'zab sin congelar la vida de sus habitantes es un reto constante.
Para el viajero, el M'zab ofrece una experiencia única: la de asomarse a una civilización milenaria que no es un museo, sino una comunidad viva. Recorrer con respeto Ghardaïa, Beni Isguen, El Atteuf y las demás ciudades, entender su fe y su historia, admirar su arquitectura y su ingeniería del agua, es uno de los grandes privilegios que reserva Argelia, y una de las lecciones más hermosas sobre cómo el ser humano puede prosperar en armonía con un entorno extremo.