La región de Djanet y de la Tadrart, como todo el Sáhara central, guarda la memoria de un mundo desaparecido. Hace entre 10.000 y 6.000 años, durante el 'período húmedo africano', esta parte del desierto era una tierra de sabanas, ríos y lagos, poblada por elefantes, jirafas, hipopótamos, cocodrilos y grandes rebaños, y habitada por comunidades humanas de cazadores y pastores. Los cañones y gueltas de la Tadrart, hoy secos o con charcas residuales, fueron entonces cursos de agua rebosantes de vida.
Aquellas gentes dejaron por toda la región un impresionante legado de arte rupestre: grabados y pinturas en las rocas que representan la fauna, las escenas de pastoreo, las ceremonias y la vida cotidiana de un Sáhara fértil. Cerca de Djanet, el célebre grabado de la 'Vaca que llora', en el sitio de Terarart, se ha interpretado a veces como una alegoría del fin de aquel mundo verde, cuando la desecación obligó a los pastores a abandonar la tierra.
Este patrimonio prehistórico conecta la zona de Djanet con la vecina meseta del Tassili n'Ajjer, una de las mayores galerías de arte rupestre del mundo. Toda la región es, en realidad, un inmenso archivo al aire libre de la prehistoria del Sáhara y de la evolución de su clima, su fauna y sus culturas a lo largo de milenios.
Cuando el Sáhara se convirtió en el desierto que conocemos, la región quedó habitada por poblaciones bereberes que, con el tiempo, darían lugar a los tuareg. Djanet y toda la comarca del Tassili son territorio de los Kel Ajjer, una de las grandes confederaciones tuareg, emparentada con los Kel Ahaggar del Hoggar. Los tuareg —los 'hombres azules', por el índigo de sus turbantes— son un pueblo amazigh nómada que desarrolló una cultura singular, con su lengua (el tamahaq), su escritura milenaria (el tifinagh), su organización social y sus tradiciones.
Durante siglos, los tuareg dominaron las rutas caravaneras que atravesaban el Sáhara, conectando el Magreb con el corazón de África. Escoltaban y a veces asaltaban las caravanas que transportaban sal, dátiles, tejidos, oro y esclavos, y controlaban los oasis y los pozos, fuentes de vida en el desierto. Djanet, con su palmeral y su ksar de El Mihan, era un enclave importante en esa red, punto de encuentro y de abastecimiento.
La sociedad tuareg tradicional, jerárquica y guerrera, giraba en torno a los clanes, los rebaños de camellos y cabras, y un profundo conocimiento del desierto transmitido de generación en generación. Ese saber ancestral sobre las pistas, las estrellas, las gueltas y la supervivencia en la arena es el mismo que hoy permite a los guías tuareg conducir a los viajeros con seguridad por la Tadrart.
A comienzos del siglo XX, Francia completó la conquista del Sáhara y sometió, no sin dificultad, a las confederaciones tuareg del sur argelino. Djanet y el conjunto del Tassili n'Ajjer quedaron integrados en los territorios saharianos bajo administración militar francesa, separados del norte de Argelia. La resistencia tuareg fue tenaz, pero la superioridad militar europea acabó imponiéndose, y la región quedó bajo control colonial.
El trazado de las fronteras coloniales —entre la Argelia francesa, la Libia (primero otomana, luego italiana) y los territorios franceses del Níger— dividió de forma artificial el mundo tuareg, cuyos clanes y rutas ignoraban esas líneas dibujadas sobre el mapa. Djanet quedó así muy cerca de las fronteras con Libia y Níger, en una zona estratégica y sensible que conserva ese carácter hasta hoy.
La integración del Sáhara en la Argelia colonial cobró enorme importancia a mediados del siglo XX, cuando se descubrieron en el subsuelo del desierto los grandes yacimientos de petróleo y gas. Con la independencia de Argelia en 1962, todo el Sáhara —incluido el extremo sureste de Djanet y la Tadrart— pasó a formar parte plena del nuevo Estado argelino, que asumió también la gestión de su riqueza y de su patrimonio.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la espectacularidad de los paisajes y del arte rupestre del Tassili n'Ajjer y de la Tadrart empezó a atraer a exploradores, científicos y viajeros. Las expediciones que documentaron el arte rupestre dieron fama mundial a la región, y poco a poco Djanet se convirtió en la base de un turismo de aventura sahariana que descubría, en 4x4 y a pie, las dunas, los arcos y los cañones de la Tadrart, guiado por los tuareg.
La inscripción del Tassili n'Ajjer en el Patrimonio Mundial de la Unesco en 1982 reforzó el prestigio internacional de la zona. Durante las décadas siguientes, Djanet vivió épocas de auge turístico, con viajeros europeos atraídos por uno de los desiertos más bellos del mundo, y momentos difíciles, cuando la inestabilidad regional y las cuestiones de seguridad frenaban la llegada de visitantes.
El turismo aportó a los tuareg de Djanet una fuente de ingresos ligada a su conocimiento del desierto: guías, conductores, cocineros y artesanos encontraron en la acogida de viajeros una forma de mantener y valorar su cultura. Con altibajos, la región se consolidó como uno de los grandes destinos de aventura del Sáhara, siempre dependiente de la logística especializada y de la profunda pericia de sus guías.
Hoy Djanet es la capital de su propia provincia, un oasis tuareg que combina la vida tradicional del palmeral con su papel de gran puerta de entrada al Sáhara sureste. Su aeropuerto la conecta con Argel y Tamanrasset, y desde aquí parten las expediciones al Tassili n'Ajjer y a la Tadrart Rouge, dos de las mayores maravillas naturales y culturales de Argelia.
La ciudad conserva su carácter tuareg: el viejo ksar de El Mihan, los palmerales, los mercados, el té a la menta y la hospitalidad de los Kel Ajjer. La cultura tuareg —su música, su artesanía de plata y cuero, su indumentaria, su relación con el desierto— es una parte esencial del atractivo del destino, y los guías locales son a la vez conductores, cocineros y narradores de la memoria de estas tierras.
Para el viajero, Djanet y la Tadrart ofrecen una de las experiencias más intensas que puede vivir en el Sáhara: días de 4x4 entre dunas anaranjadas, arcos de piedra y cañones secretos, noches de campamento bajo cielos estrellados incomparables, y el encuentro con una cultura milenaria que sigue viva. Un viaje remoto y exigente, que exige tour organizado y respeto por el entorno, pero que deja una huella imborrable en quienes se atreven a adentrarse en el corazón del gran desierto argelino.