Constantina es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo: su emplazamiento sobre una roca casi inexpugnable, rodeada por el cañón del Rhumel, la convirtió desde tiempos remotos en un lugar naturalmente fortificado y estratégico. Ya en el primer milenio antes de Cristo existía aquí un asentamiento, y con el nombre de Cirta llegó a ser la capital del reino bereber de Numidia, una de las grandes potencias del norte de África antiguo.
Bajo reyes numidas como Masinisa y Micipsa, en los siglos III y II a.C., Cirta fue una ciudad rica y poderosa, aliada y a la vez rival de Roma y de Cartago. Masinisa, que había apoyado a Roma contra Cartago en las guerras púnicas, hizo de Cirta el centro de un reino próspero. La ciudad controlaba un vasto territorio agrícola y comercial y acuñaba su propia moneda.
Cuando Numidia cayó bajo la órbita romana, Cirta siguió siendo una plaza de primer orden. Llegó a encabezar una confederación de cuatro ciudades (la 'Confederación cirtense') y prosperó como uno de los principales centros urbanos de la región durante los siglos del dominio romano, con foros, templos y monumentos de los que aún quedan huellas.
El nombre actual de la ciudad nació de una tragedia y una reconstrucción. A comienzos del siglo IV d.C., durante las guerras civiles del Imperio romano, Cirta quedó destruida en el marco del conflicto entre el emperador Majencio y el usurpador Domicio Alejandro. La ciudad fue arrasada, y su recuperación se debió al gran rival y vencedor de Majencio: Constantino I, llamado Constantino el Grande, el emperador que dio libertad al cristianismo.
Hacia el año 313, Constantino ordenó reconstruir la ciudad, que en su honor pasó a llamarse Constantina (Constantine). El cambio de nombre selló el vínculo de la ciudad con el emperador y con una nueva era: la del Imperio romano ya cristianizado. Constantina siguió siendo, durante la Antigüedad tardía, un centro importante, primero romano y luego bajo dominio bizantino tras la reconquista de Justiniano en el siglo VI.
Con la expansión del islam en el siglo VII, Constantina pasó a formar parte del mundo árabe-musulmán, sin perder nunca su carácter de plaza fuerte gracias a su posición natural. A lo largo de la Edad Media fue disputada por distintas dinastías del Magreb, y su roca amurallada, casi imposible de tomar por asalto, la mantuvo como una de las ciudades clave del interior del país.
Durante la época otomana, del siglo XVI al XIX, Constantina fue la capital del bey del Este, la región oriental de la regencia de Argel, y una de las ciudades más importantes y prósperas del país. Gobernada por beyes que dependían nominalmente del dey de Argel pero gozaban de gran autonomía, la ciudad vivió siglos de esplendor comercial y cultural. Se enriqueció su medina, se levantaron mezquitas, baños y palacios, y floreció una refinada cultura urbana.
El símbolo de esa época es el Palacio de Ahmed Bey, construido entre 1826 y 1835 por el que sería el último gran bey de Constantina, Hadj Ahmed Bey. Es una de las obras maestras de la arquitectura otomana en Argelia: un conjunto de patios con galerías de columnas de mármol, jardines, fuentes y salas decoradas con azulejos y frescos que ilustran los viajes del bey a Oriente y a La Meca. El palacio da idea del lujo y el poder de aquellos gobernantes.
Ahmed Bey fue también una figura clave de la resistencia a la invasión francesa. Cuando Francia conquistó Argel en 1830, él se erigió en uno de los principales líderes de la lucha contra los invasores en el este del país, y Constantina se convirtió en un bastión de esa resistencia. Su historia enlaza directamente con el episodio más dramático de la ciudad en el siglo XIX.
Constantina fue una de las plazas que más resistió a la conquista francesa. En 1836, un primer asalto francés a la ciudad, defendida por Ahmed Bey y sus hombres, terminó en un sonado fracaso: el ejército invasor tuvo que retirarse con grandes pérdidas, humillado por la fortaleza natural de la roca y la resistencia de los defensores. Fue una de las pocas victorias claras de la resistencia argelina en aquellos años.
Al año siguiente, en octubre de 1837, Francia volvió con un ejército mucho mayor y mejor preparado y lanzó un segundo asedio. Tras días de duros combates y bombardeos, la ciudad cayó finalmente por asalto. La toma de Constantina fue sangrienta y marcó el fin de la resistencia organizada en el este; Ahmed Bey siguió luchando en el interior durante años antes de rendirse. La ciudad quedó bajo dominio colonial francés, que se prolongaría hasta 1962.
Bajo la colonización, Constantina se transformó: se tendieron los grandes puentes que le dieron fama —el viaducto de Sidi Rached y el puente colgante de Sidi M'Cid, ambos inaugurados en 1912, obra en parte del ingeniero Ferdinand Arnodin—, se abrieron barrios de estilo europeo y la ciudad creció más allá de su roca original. Esos puentes, nacidos de la necesidad de comunicar una ciudad rodeada de precipicios, se convirtieron paradójicamente en su seña de identidad y su mayor atractivo.
Constantina jugó también su papel en la lucha por la independencia. La ciudad y su región fueron escenario de episodios importantes de la resistencia anticolonial, y aquí se sintieron con fuerza las tensiones de la Guerra de Independencia (1954-1962). Tras la independencia de Argelia en 1962, Constantina se consolidó como la gran metrópoli del noreste y un polo universitario, industrial y administrativo de primer orden.
La ciudad conserva una identidad cultural muy marcada. Es la capital del 'malouf', la música clásica andalusí heredada de Al-Ándalus que aquí se transmite de generación en generación y que forma parte del orgullo local. Es también famosa por su gastronomía y su repostería refinada, y por haber dado grandes figuras de la cultura argelina, como los escritores Malek Haddad y Kateb Yacine, nacidos en la ciudad o ligados a ella.
Hoy Constantina combina el peso de su historia milenaria —de Cirta numida a la ciudad de Constantino, de los beyes otomanos a los puentes coloniales— con la vida de una gran ciudad moderna, con su universidad, su tranvía, su aeropuerto y su teleférico sobre el cañón. En 2015 fue Capital de la Cultura Árabe, un reconocimiento a su papel en la historia intelectual del país. Para el viajero, sigue siendo una de las ciudades más asombrosas y auténticas de Argelia: una urbe colgada del abismo, cargada de siglos, que no se parece a ninguna otra.