La palabra 'qasba' significa en árabe 'ciudadela' o 'fortaleza', y originalmente designaba solo la fortificación que coronaba la colina de Argel. Con el tiempo, el nombre se extendió a toda la ciudad vieja que se desparrama por la ladera, desde la ciudadela en lo alto hasta el mar. Hoy 'la Casba' es sinónimo de la medina histórica de Argel: el casco antiguo de trama islámica que precedió a la ciudad colonial francesa.
Su origen se remonta al año 944, cuando el príncipe bereber Buluggin ibn Ziri refundó Argel sobre las ruinas de la romana Icosium. Durante la Edad Media, la ciudad fue creciendo en la ladera con la lógica de una medina musulmana: calles estrechas y sinuosas para dar sombra y frescor, casas volcadas hacia patios interiores para preservar la intimidad, y una jerarquía de espacios entre lo público (mezquitas, zocos, fuentes) y lo privado (las viviendas).
La forma que hoy admiramos, sin embargo, es sobre todo obra de la época otomana. Fue entre los siglos XVI y XIX cuando la Casba se llenó de mezquitas, palacios y las características casas altas y encaladas, adaptadas a la fuerte pendiente. Se calcula que en su apogeo la medina llegó a albergar a decenas de miles de personas en un espacio muy reducido, con una ingeniosa organización del agua, la sombra y la circulación.
Entre 1516 y 1830, Argel fue la capital de una regencia otomana casi independiente, célebre y temida por sus corsarios 'berberiscos', que asolaban el Mediterráneo y capturaban esclavos cristianos. Toda esa riqueza y ese poder tenían su centro en la Casba. En la parte alta se levantaba la ciudadela, sede del gobierno; en la ladera se distribuían las mezquitas, los palacios de las grandes familias y los deys, los cuarteles de los jenízaros, los baños y los zocos.
De esa época dorada quedan los grandes monumentos de la medina: la mezquita Ketchaoua (siglo XVII), la mezquita Djamaa el Djedid ('la Nueva', de 1660), la más antigua Djamaa el Kebir ('la Grande', almorávide del siglo XI), y palacios como Dar Aziza, Dar Hassan Pacha o Dar Mustapha Pacha, con sus patios de columnas, azulejos y galerías de madera. La Casba era una ciudad completa y autosuficiente, con su vida religiosa, comercial y social perfectamente organizada.
En esta Casba otomana ocurrió, además, el episodio que cambió la historia de Argelia. En 1827, en la ciudadela, el dey Hussein golpeó con su abanico (o espantamoscas) al cónsul francés durante una disputa. Francia tomó el gesto como pretexto y, en 1830, desembarcó y conquistó la ciudad. La regencia otomana terminaba, y con ella la edad de oro de la Casba.
La llegada de los franceses en 1830 transformó Argel, pero no siempre para bien de la Casba. Los colonizadores derribaron buena parte de la ciudad baja para abrir amplias plazas, bulevares y edificios de estilo europeo frente al puerto: nació la Argel colonial 'a la francesa', elegante y monumental, que se superpuso a la medina. La Casba quedó reducida y arrinconada en la ladera, con su población musulmana cada vez más hacinada.
Durante más de un siglo, mientras la ciudad europea crecía con villas, teatros y avenidas, la Casba se fue empobreciendo y densificando. Se convirtió en el gran barrio 'indígena' de Argel: un mundo aparte, superpoblado, humilde, marginado de los servicios y del poder, pero que conservó intacta su identidad árabe-bereber y su vida comunitaria. Fue el refugio de la cultura, la lengua y la religión de los argelinos frente a la ciudad colonial.
Esa condición de barrio popular, cerrado y laberíntico, marginado por el poder colonial pero fuertemente cohesionado, sería decisiva en el siglo XX. La Casba, despreciada y temida por las autoridades francesas, se convertiría en el escenario perfecto para la resistencia clandestina.
Cuando estalló la Guerra de Independencia en 1954, la Casba se transformó en el bastión urbano del Frente de Liberación Nacional (FLN) en la capital. En sus callejones imposibles, sus terrazas comunicadas y sus casas de mil recovecos, los combatientes se movían, se escondían y organizaban la lucha. Entre 1956 y 1957 se libró aquí la célebre Batalla de Argel: el FLN lanzó una campaña de atentados y una huelga general, y el ejército francés respondió tomando la Casba casa por casa.
La represión fue implacable. Los paracaidistas franceses acordonaron la medina, hicieron detenciones masivas y emplearon de forma sistemática la tortura para desmantelar la red del FLN. Muchos episodios de aquella batalla quedaron grabados en la memoria: la resistencia y muerte de figuras como Ali la Pointe —dinamitado junto a sus compañeros en un escondite de la Casba en octubre de 1957— o el papel de las mujeres que transportaban armas y mensajes por sus calles.
La Batalla de Argel se hizo mundialmente famosa gracias a la película homónima de Gillo Pontecorvo (1966), rodada en las mismas calles con muchos de sus protagonistas reales, hoy un clásico del cine. Militarmente, Francia desarticuló al FLN urbano, pero el escándalo de la tortura y la brutalidad ayudó a volcar a la opinión pública contra la guerra. La Casba quedó consagrada para siempre como símbolo de la resistencia argelina.
Tras la independencia de 1962, la Casba conservó su valor simbólico, pero afrontó un lento deterioro. Muchas familias acomodadas se mudaron a barrios modernos, las casas se subdividieron y sobrecargaron, y la falta de mantenimiento fue haciendo mella en un patrimonio de construcción frágil (muros de tapial, madera, ladrillo). Con los años, algunas casas se derrumbaron y el conjunto entró en riesgo, pese a seguir densamente habitado.
En 1992, la UNESCO inscribió la Casba de Argel en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad, reconociéndola como un ejemplo excepcional de ciudad histórica del Magreb, testimonio único de un tipo de asentamiento humano y de una arquitectura urbana islámica adaptada a un terreno difícil. Ese reconocimiento internacional impulsó planes de salvaguarda y restauración, aunque la tarea es enorme y avanza despacio.
Hoy la Casba vive una tensión permanente entre su fragilidad y su vitalidad. Es a la vez un patrimonio en peligro y un barrio vivo, con familias, artesanos, comercios y una fuerte identidad. Diversos proyectos —algunos con apoyo internacional— intentan restaurar sus palacios y viviendas y devolverle esplendor sin expulsar a sus habitantes. Para el viajero, recorrerla es asomarse a la vez a la historia de Argel y al desafío de conservar uno de los cascos históricos más valiosos y amenazados del Mediterráneo.