El origen de Béjaïa se remonta a la Antigüedad. En la bahía protegida al pie del monte Gouraya existió un asentamiento púnico-bereber que Roma convirtió en una colonia llamada Saldae, integrada en la Mauritania Cesariense. El emperador Augusto instaló allí a veteranos de sus legiones, y la ciudad prosperó como puerto exportador de trigo, aceite y otros productos del fértil interior de la Cabilia.
De la Saldae romana se conservan huellas arqueológicas y la memoria de obras notables, como el acueducto que llevaba agua a la ciudad desde las montañas de Toudja, una de las conducciones romanas más largas del norte de África. La ubicación estratégica, con un puerto natural resguardado y montañas a la espalda, marcaría el destino de la ciudad durante siglos.
Tras la caída del Imperio romano, la región pasó por manos vándalas y bizantinas, y luego, con la expansión del islam en el siglo VII-VIII, entró en la órbita del mundo musulmán y de las dinastías bereberes del Magreb. Pero la gran hora de Béjaïa aún estaba por llegar.
El momento de máximo esplendor de Béjaïa llegó en el siglo XI, cuando la dinastía bereber de los hammadíes —una rama de los ziríes— trasladó allí su capital. El soberano an-Nasir refundó y engrandeció la ciudad hacia 1067-1068, dotándola de palacios, mezquitas, murallas y un gran puerto, y la convirtió en una de las metrópolis más brillantes del Mediterráneo occidental. Durante un siglo, Béjaïa (la 'Bugía' de los textos medievales) fue un centro de poder, comercio y cultura de primer orden.
Su puerto comerciaba con Pisa, Génova, Marsella y toda la cristiandad, exportando cera, cuero, tejidos y productos agrícolas. Precisamente de su famoso comercio de cera de abeja para velas nació la palabra francesa 'bougie' (vela) y la italiana 'bugia'. La ciudad atrajo a sabios, poetas y místicos, y sus bibliotecas y madrazas la hicieron célebre en todo el mundo islámico.
Béjaïa dejó también una huella decisiva en la historia de la ciencia europea: hacia 1180-1200, el joven Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, vivió en la ciudad —donde su padre dirigía una factoría comercial pisana— y aprendió allí de maestros musulmanes el sistema de numeración indoarábigo, con el cero y la notación posicional. De vuelta en Italia, lo difundió en su célebre 'Liber Abaci' (1202), revolucionando las matemáticas europeas. Aquella Bugía cosmopolita fue, sin saberlo, una de las puertas por las que entraron los números modernos en Occidente.
En el siglo XII, el imperio almohade sometió a los hammadíes e incorporó Béjaïa a su vasto dominio, que abarcaba desde Al-Ándalus hasta Túnez. La ciudad conservó su importancia portuaria y comercial, aunque perdió el rango de capital independiente. Siguió siendo un nudo del comercio mediterráneo y un foco de vida intelectual y religiosa, con notables cofradías sufíes.
Al fragmentarse el poder almohade en el siglo XIII, Béjaïa pasó a la órbita de los hafsíes de Túnez, la dinastía que dominó buena parte del Magreb oriental. Como plaza fuerte y puerto codiciado, la ciudad fue a veces cabeza de un emirato local semiindependiente dentro del mundo hafsí, con sus propios señores. Su prosperidad comercial la mantuvo en el mapa de las grandes ciudades del Mediterráneo, en contacto constante con las repúblicas mercantiles italianas y con la Corona de Aragón.
Esa riqueza y esa posición estratégica, sin embargo, la convertirían también en un objetivo para las potencias cristianas que, a comienzos de la Edad Moderna, se lanzaron a controlar las costas del norte de África.
En 1510, en plena expansión española por el norte de África impulsada por el cardenal Cisneros, las tropas de Pedro Navarro conquistaron Béjaïa para la Corona de Castilla. Los españoles fortificaron la plaza y la mantuvieron durante casi medio siglo como uno de los presidios de su cadena de fortalezas costeras, junto a Orán o el Peñón de Argel. A la resistencia contra esa presencia extranjera se asocia la leyenda de la santa Yemma Gouraya, cuyo nombre lleva el fuerte que corona la montaña.
En 1555, el poder otomano, ya afianzado en Argel, arrebató Béjaïa a los españoles bajo el mando de Salah Rais. La ciudad quedó integrada en la Regencia otomana de Argel y vivió una época marcada por el corso mediterráneo y por cierto declive respecto a su glorioso pasado hammadí. Se levantaron o reforzaron fortificaciones como el Bordj Moussa, testigos de aquel período de dominio turco y de rivalidad con las potencias cristianas.
Durante los siglos otomanos, Béjaïa fue una plaza secundaria dentro de la Regencia, aunque conservó su puerto y su carácter de ciudad cabilia abierta al mar. La verdadera transformación —y también nuevos episodios de resistencia— llegaría con la irrupción de una nueva potencia europea en el siglo XIX: Francia.
Francia ocupó Béjaïa en 1833, pocos años después de la toma de Argel, pero el control efectivo de la Cabilia le costó décadas de guerra. Las montañas bereberes fueron uno de los focos de resistencia más tenaces contra la conquista colonial, con grandes insurrecciones como la de 1871, liderada por El Mokrani y la cofradía Rahmaniyya, que sacudió toda la región. La represión posterior trajo confiscaciones de tierras y un duro sometimiento de la población cabilia.
Bajo el dominio francés, Béjaïa creció como puerto moderno —se convirtió en una terminal petrolera importante cuando se descubrió petróleo en el Sáhara— y se dotó de barrios de estilo europeo. Pero la Cabilia siguió siendo un semillero de conciencia nacional. Durante la Guerra de Independencia (1954-1962), la región del valle del Soummam tuvo un papel decisivo: en agosto de 1956 se celebró cerca de Béjaïa el histórico Congreso de la Soummam, que reorganizó el Frente de Liberación Nacional (FLN) y sentó las bases políticas de la lucha por la independencia.
Tras la independencia de Argelia en 1962, Béjaïa se consolidó como capital de wilaya, gran puerto comercial y petrolero, y ciudad universitaria. También ha sido protagonista de las reivindicaciones de la identidad y la lengua amazigh: la Cabilia fue el corazón de la 'Primavera Bereber' de 1980 y de las movilizaciones que lograron el reconocimiento del tamazight como lengua nacional y oficial de Argelia. Hoy Béjaïa combina su herencia milenaria —romana, hammadí, española, otomana— con una vibrante identidad cabilia y un entorno natural excepcional que la convierten en uno de los destinos más atractivos y auténticos del país.