La historia de Annaba comienza mucho antes de que existiera la ciudad actual, en la vecina Hipona (Hippo Regius). Fue fundada por los fenicios hacia el primer milenio antes de Cristo como un puerto comercial en el golfo, y su nombre —Hippo— derivaría de una palabra púnica que aludía a un puerto o refugio. El apelativo 'Regius' ('real') se debió a que fue una de las residencias de los reyes bereberes de Numidia.
Bajo el dominio de Roma, tras la caída de Numidia, Hipona se convirtió en una de las ciudades más prósperas y pobladas del norte de África. Su puerto exportaba el trigo y el aceite de la fértil región circundante hacia Roma, y la ciudad se dotó de foro, teatro, termas, villas con mosaicos y todos los equipamientos de una gran urbe romana. Llegó a rivalizar en importancia con Cartago, la capital regional.
Hipona fue también un temprano y activo foco del cristianismo. En los siglos III y IV, la fe cristiana se había extendido con fuerza por el norte de África, que dio a la Iglesia numerosos mártires, teólogos y obispos. La ciudad tenía su comunidad, sus basílicas y su obispado, y estaba llamada a entrar en la historia universal por un hombre que la haría célebre para siempre.
El personaje que ligó para siempre el nombre de Hipona a la historia universal fue Agustín de Hipona (354-430), uno de los pensadores más influyentes de todos los tiempos. Nacido en Tagaste (la actual Souk Ahras, cerca de allí), Agustín llevó una juventud inquieta, estudió y enseñó retórica, pasó por distintas corrientes filosóficas y religiosas, y finalmente se convirtió al cristianismo en Milán, un proceso que él mismo narró en sus célebres 'Confesiones'.
En el año 396, Agustín fue nombrado obispo de Hipona, cargo que ejercería durante 34 años, hasta su muerte. Desde esta ciudad portuaria del norte de África escribió una obra inmensa que marcaría el pensamiento cristiano y la filosofía occidental durante más de mil quinientos años: las 'Confesiones', 'La Ciudad de Dios', sus tratados teológicos y sus sermones. Combatió herejías, organizó la Iglesia africana y se convirtió en una de las mayores autoridades del cristianismo de su época.
Agustín murió en Hipona en el año 430, precisamente mientras la ciudad estaba siendo sitiada por los vándalos. Su figura convirtió a Hipona en un lugar de memoria para toda la cristiandad. Siglos después, esa herencia daría a la ciudad moderna, Annaba, su seña de identidad más universal y su condición de destino de peregrinación, con la gran basílica levantada en su honor.
La toma de Hipona por los vándalos, poco después de la muerte de Agustín, marcó el comienzo del declive de la ciudad antigua. El dominio vándalo, la posterior reconquista bizantina en el siglo VI y, finalmente, la conquista árabe-musulmana en el siglo VII fueron transformando la región. La vieja Hipona romana decayó, y el núcleo urbano se fue desplazando ligeramente hacia el emplazamiento de la ciudad actual.
Los árabes bautizaron el nuevo asentamiento con nombres que evolucionaron hasta 'Annaba', que suele traducirse como 'el lugar de los jujubes' (unos frutos), por los árboles que abundaban en la zona. La ciudad medieval reutilizó materiales de las ruinas romanas —como se ve en la mezquita de Sidi Bou Merouane, del siglo XI, construida con columnas de mármol de Hipona— y siguió siendo un puerto activo del Mediterráneo, disputado por distintas dinastías del Magreb.
Durante la época otomana, del siglo XVI al XIX, Annaba (entonces conocida también como Bône) fue una plaza portuaria de la regencia de Argel, con su comercio, su pesca de coral —muy apreciada— y sus vínculos con Europa. Su posición cerca de la frontera con Túnez y su puerto la mantuvieron como una ciudad de cierta importancia en el este del país.
Con la conquista francesa de Argelia, Annaba fue ocupada en 1832 y rebautizada oficialmente como Bône. Bajo la administración francesa se convirtió en uno de los principales puertos coloniales del este del país, con una fuerte actividad comercial e industrial ligada a la exportación de minerales y productos agrícolas. La ciudad creció con barrios de estilo europeo, bulevares arbolados y edificios administrativos.
De esa época data el elegante Cours de la Révolution (entonces Cours Bertagna), el gran paseo central con sus plátanos y sus cafés que sigue siendo el corazón de la vida social de Annaba. Fue también en el siglo XIX, entre 1881 y 1900, cuando se construyó la gran basílica de San Agustín sobre la colina que domina las ruinas de Hipona, reafirmando la memoria del santo y la herencia cristiana del lugar.
Durante la Guerra de Independencia (1954-1962), Annaba, como todo el este argelino cercano a la frontera tunecina, tuvo un papel importante en la lucha por la liberación. Tras la independencia de Argelia en 1962, la ciudad recuperó su nombre árabe, Annaba, y se orientó hacia la industria: en la cercana El Hadjar se instaló uno de los mayores complejos siderúrgicos de África, que hizo de la ciudad un polo industrial del país.
La Annaba contemporánea es la cuarta ciudad de Argelia y el gran centro urbano del extremo noreste: un puerto activo, un polo industrial y universitario, y a la vez una ciudad costera de ambiente relajado, con sus playas, su paseo y su vida de café. Combina el peso de su historia milenaria con el pulso de una metrópoli mediterránea abierta al mar y al turismo interno.
Su identidad más universal sigue siendo, sin embargo, la memoria de San Agustín. La basílica y las ruinas de Hipona convierten a Annaba en un raro punto de encuentro entre el pasado cristiano y el presente musulmán del norte de África, y en un destino de peregrinación para fieles de todo el mundo. Esa dimensión quedó de relieve en abril de 2026, cuando el papa León XIV visitó el área arqueológica de Hipona y celebró misa en la basílica, siguiendo los pasos del gran obispo.
Para el viajero, Annaba ofrece una combinación poco habitual: patrimonio romano y cristiano de primer orden, una ciudad agradable y caminable heredera de la Bône colonial, y playas mediterráneas y montañas boscosas a un paso. Menos espectacular a primera vista que Constantina o que las grandes ruinas de Timgad y Djémila, recompensa con su historia, su luz y su carácter tranquilo de puerto del este argelino.