El nombre del parque encierra su historia geológica. 'Mana' significa 'cuatro' en shona, la lengua mayoritaria de Zimbabwe, y alude a las cuatro grandes lagunas permanentes que caracterizan el corazón del parque: Green Pool, Chisasiko, Chine y Long Pool. Estas lagunas no son cualquier charco: son la huella que dejó el propio río Zambeze al ir cambiando de curso a lo largo de miles de años.
El mecanismo es fascinante. El Zambeze, en su tramo medio, discurre por una amplia llanura de inundación al pie de la escarpa del valle. Con el paso del tiempo geológico, el río ha ido desplazando lentamente su cauce hacia el norte, abandonando meandros y brazos que quedaron aislados del canal principal. Esos antiguos meandros se convirtieron en lagunas que se llenan en la temporada de lluvias y, a diferencia de otros charcos estacionales, conservan agua durante buena parte de la estación seca, alimentadas por el nivel freático.
Así, mientras el resto del valle se reseca en el largo invierno africano, las cuatro lagunas de Mana permanecen como oasis de agua permanente. Ese detalle geográfico lo cambia todo: en la estación seca, la fauna de una vasta región converge hacia estas lagunas y hacia la ribera del Zambeze para beber, generando concentraciones de animales extraordinarias. La geología del río esculpió, sin quererlo, uno de los grandes escenarios de fauna de África.
El valle del Zambeze medio, donde se encuentra Mana Pools, ha estado habitado por el ser humano desde tiempos muy remotos. Comunidades de cazadores-recolectores primero, y luego pueblos agricultores y pastores de habla bantú, aprovecharon durante milenios la riqueza del río: sus peces, su agua, sus tierras fértiles de aluvión y su fauna. El valle formaba parte del amplio mundo cultural shona y de las rutas que conectaban el interior con la costa del Índico a través del comercio.
Sin embargo, el valle del Zambeze bajo y medio siempre fue una tierra dura para el asentamiento humano permanente y denso: el calor extremo, las inundaciones estacionales y, sobre todo, la presencia de la mosca tsé-tsé —transmisora de la tripanosomiasis, mortal para el ganado y peligrosa para las personas— limitaron la ocupación intensiva. Esa misma inhospitalidad relativa para el ser humano fue, paradójicamente, una bendición para la fauna: el valle se mantuvo como un territorio salvaje, con enormes poblaciones de elefantes, búfalos y otros animales.
Cuando las autoridades coloniales de Rhodesia del Sur empezaron a organizar la conservación de la fauna en el siglo XX, el valle del Zambeze, con su naturaleza casi intacta, fue un candidato natural. La zona quedó protegida como área de caza controlada y luego como parque nacional, preservando uno de los últimos grandes tramos de naturaleza virgen del sur de África, justo antes de que el auge de la conservación mundial reconociera su valor excepcional.
El reconocimiento internacional llegó en 1984, cuando la Unesco inscribió el Parque Nacional Mana Pools, junto con las áreas de caza (safari areas) vecinas de Sapi y Chewore, en la lista de Patrimonio de la Humanidad. El sitio protege un vasto tramo del valle del Zambeze —más de 6.700 km² en total sumando las tres áreas— reconocido por su valor natural excepcional: la belleza de sus paisajes ribereños, la riqueza y concentración de su fauna, y su condición de ecosistema fluvial casi intacto.
La Unesco destacó especialmente las espectaculares concentraciones de grandes mamíferos que se producen en Mana Pools durante la estación seca, cuando elefantes, búfalos, cebras y antílopes se agolpan en las lagunas y la ribera, seguidos por sus depredadores. También valoró la importancia del lugar para especies amenazadas y su papel dentro de un ecosistema transfronterizo compartido con Zambia, del otro lado del río, donde se extiende el Parque Nacional del Bajo Zambeze (Lower Zambezi).
Esta declaración consolidó a Mana Pools como una de las joyas naturales de África y le dio protección y proyección internacional. Pero también trajo un compromiso: mantener el equilibrio entre la conservación estricta de un área virgen y un turismo de bajo impacto que permita a los viajeros vivir el lugar sin degradarlo. Mana Pools apostó por un turismo selecto, de pocos visitantes y mucha inmersión, muy distinto del turismo masivo, fiel a su carácter salvaje.
Lo que terminó de dar a Mana Pools su fama mundial fue una política audaz y singular: permitir el safari a pie y, más aún, dejar que los visitantes experimentados caminen por cuenta propia, bajo su responsabilidad. En casi ningún otro gran parque africano está permitido bajar del vehículo y caminar libremente entre la fauna. En Mana Pools sí, y eso convirtió al parque en un imán para safaristas avanzados, guías legendarios y fotógrafos y documentalistas de naturaleza.
Esa cercanía a pie hizo posibles imágenes que dieron la vuelta al mundo, como las de los elefantes que aprendieron a pararse sobre las patas traseras para alcanzar las vainas nutritivas de las acacias albida en las ramas altas. El más famoso fue Boswell, un enorme macho que durante años deleitó a los visitantes con su acrobática técnica, seguido por otros elefantes que imitaron el comportamiento. Mana Pools se volvió también uno de los mejores lugares del planeta para observar —y seguir a pie— a las manadas de perros salvajes africanos, protagonistas de célebres documentales.
Los guías profesionales de Mana Pools, formados en un exigente sistema de certificación, son parte esencial de esta historia: su conocimiento del comportamiento animal es lo que hace posible acercarse a pie a elefantes y leones con seguridad. Caminar en silencio bajo los altos árboles, con la luz filtrándose en rayos y un elefante ramoneando a pocos metros, es la experiencia que define a Mana Pools y la que lo distingue de cualquier otro safari.
Hoy Mana Pools sigue siendo uno de los destinos más codiciados y a la vez más protegidos de África: un lugar remoto, de acceso difícil, con pocos alojamientos y un turismo deliberadamente limitado, que conserva su carácter de última naturaleza virgen. Alberga elefantes, búfalos, leones, leopardos, guepardos, hienas y una de las mejores poblaciones de perros salvajes del continente, junto a hipopótamos, cocodrilos y unas 350 especies de aves, en el marco incomparable de sus bosques ribereños y sus lagunas.
Los desafíos actuales son grandes. La caza furtiva —de marfil sobre todo— es una amenaza constante en un área tan vasta y remota, y requiere costosos esfuerzos antifurtivos. La presión por proyectos extractivos y de desarrollo en el valle del Zambeze, incluida en distintos momentos la exploración de hidrocarburos y minería en áreas cercanas, ha encendido alarmas entre conservacionistas que temen por la integridad del ecosistema y por el estatus de Patrimonio de la Humanidad. El cambio climático, con sequías más intensas, añade incertidumbre sobre el agua y la fauna.
Aun así, quien logra llegar a Mana Pools encuentra algo cada vez más raro en el mundo: un pedazo de África como debió ser antes, donde se puede caminar en silencio entre elefantes bajo una catedral de árboles, remar el gran Zambeze junto a los hipopótamos y sentir, sin intermediarios, el pulso de la naturaleza salvaje. Del significado antiguo de su nombre —'las cuatro lagunas'— a su condición de tesoro de la humanidad, Mana Pools es la esencia misma del safari africano en su forma más pura.