Mucho antes de ser un parque nacional, la vasta región semiárida que hoy ocupa Hwange era un territorio de arena, teca y mopane en el borde nororiental del desierto del Kalahari, escaso de agua superficial permanente pero rico en fauna. Por estas tierras se movían comunidades san (bosquimanas), cazadoras-recolectoras de largo arraigo, y pueblos nambya y tonga, que conocían cada aguada estacional y cada 'pan' (depresión que retiene agua en la estación húmeda).
En el siglo XIX, con la expansión del poderoso reino ndebele desde el sur, la zona se convirtió en un coto de caza real. El rey Mzilikazi y luego su hijo Lobengula usaban estas tierras salvajes como reserva de caza, un territorio donde abundaban elefantes, búfalos y grandes antílopes. El propio nombre del parque, 'Hwange' (antes escrito 'Wankie' por los colonos), deriva del de un jefe nambya local, Hwange Rosumbani.
La llegada de los colonos europeos a fines del siglo XIX y comienzos del XX cambió todo. La caza intensiva, primero de subsistencia y comercial y luego deportiva, diezmó la fauna de la región. Para los años veinte del siglo XX, tras décadas de matanza, la población de elefantes había caído a menos de mil animales, y los rinocerontes negro y blanco habían sido prácticamente exterminados. El que había sido un coto rebosante de vida estaba al borde del vacío.
El punto de inflexión llegó en 1928, cuando el gobierno de Rhodesia del Sur, impulsado por algunos legisladores conscientes de la destrucción de la fauna, decidió proteger la zona y declaró la Wankie Game Reserve. Como primer guardaparques nombró a un joven de apenas 22 años, Ted Davison, que hasta entonces trabajaba en el control de la mosca tsé-tsé. Davison permanecería 33 años al frente de la reserva y se convertiría en el gran artífice del parque moderno.
Davison recorrió a pie buena parte del inmenso territorio durante 1928 y 1929 y comprobó con desaliento que la fauna era casi inexistente: la caza la había vaciado. Pronto entendió cuál era la clave del problema y la solución: el agua. En aquella tierra semiárida, sin ríos permanentes, los animales solo podían sobrevivir el largo invierno seco si tenían dónde beber. Davison inició entonces la gran obra que definiría a Hwange: perforar pozos y bombear agua a aguadas artificiales repartidas por el parque, creando puntos de agua permanentes donde antes solo había 'pans' estacionales.
Aquella red de aguadas —hoy más de un centenar, muchas alimentadas por bombas— transformó la ecología del lugar. La fauna regresó y se multiplicó, y las aguadas se convirtieron en imanes que concentran a los animales, sobre todo en la estación seca. Es una paradoja fascinante de Hwange: uno de los grandes santuarios naturales de África depende, para sostener su abundancia actual, de una infraestructura hídrica artificial mantenida por el ser humano. En 1950, la reserva fue elevada a la categoría de parque nacional.
La historia del parque está entrelazada con la del desarrollo colonial de la región, y en particular con el carbón y el ferrocarril. Cerca del parque se encuentran los grandes yacimientos de carbón de Hwange (Wankie), de los más importantes de África austral, cuya explotación minera comenzó a comienzos del siglo XX. Para servir a esas minas y al proyecto imperial de conectar Bulawayo con las Cataratas Victoria y más allá, se tendió la línea de ferrocarril que aún hoy bordea el límite norte del parque, con estaciones como la de Dete.
Durante la época colonial y hasta la independencia, el parque se conoció como 'Wankie', una transcripción inglesa del nombre del jefe nambya Hwange. La localidad minera vecina llevaba (y aún lleva, en parte) ese nombre. Tras la independencia de Zimbabwe en 1980, en el marco de la recuperación de los topónimos africanos, tanto el parque como la zona pasaron a escribirse en su forma correcta, 'Hwange', honrando la memoria del jefe local.
Esa doble presencia —la naturaleza protegida del parque y la industria del carbón y el ferrocarril en su borde— sigue marcando la región. La minería aportó desarrollo, pero también tensiones ambientales, y en las últimas décadas ha habido preocupación por proyectos extractivos (como la exploración de carbón y de hidrocarburos) en áreas sensibles cercanas al parque, que activistas y conservacionistas han combatido para proteger a la fauna.
En julio de 2015, Hwange saltó a las primeras planas de todo el mundo por un episodio trágico. Cecil, un imponente león macho de melena oscura, era uno de los animales más conocidos y queridos del parque, seguido durante años por investigadores de la Universidad de Oxford que lo tenían equipado con un collar GPS para estudiar la ecología de los leones. Cecil fue atraído fuera de los límites del parque y abatido por un cazador de trofeos extranjero, en circunstancias muy cuestionadas.
La noticia desató una indignación internacional sin precedentes para un caso de caza. El nombre de Cecil se volvió un símbolo global del debate sobre la caza de trofeos, la conservación de los grandes felinos y la ética del turismo cinegético en África. La presión pública llevó a suspensiones temporales de permisos de caza y puso el foco, como nunca antes, sobre Hwange y la fragilidad de sus poblaciones de depredadores.
Más allá de la polémica, el 'efecto Cecil' tuvo consecuencias concretas: aumentó la atención y el financiamiento para la conservación en el parque, reforzó proyectos de investigación y protección de leones y perros salvajes, y convirtió a Hwange en un caso de estudio sobre cómo un solo animal puede transformar el debate mundial. Hoy, organizaciones como el proyecto de leones de Oxford y el Painted Dog Conservation trabajan en el parque para proteger a estas especies emblemáticas.
Hoy el Parque Nacional Hwange es la joya del sistema de áreas protegidas de Zimbabwe: con casi 15.000 km², es el parque más grande del país y uno de los grandes santuarios de fauna de África austral. Alberga los Cinco Grandes, más de cien especies de mamíferos y unas 400 de aves, y por encima de todo una de las mayores poblaciones de elefantes del continente, estimada en más de 40.000 ejemplares. Esa abundancia, concentrada en la estación seca alrededor de las aguadas, lo ha convertido en un destino de safari de primer nivel.
El parque forma parte, además, de una de las mayores iniciativas de conservación transfronteriza del mundo: el Área de Conservación Transfronteriza Kavango-Zambezi (KAZA), que conecta áreas protegidas de Zimbabwe, Zambia, Botswana, Namibia y Angola, permitiendo que la fauna —en especial los elefantes— se mueva por antiguos corredores migratorios entre países. La cercanía de Hwange con las Cataratas Victoria y con el Parque de Chobe (Botswana) lo integra en un gran circuito de naturaleza.
Los grandes desafíos actuales son la gestión del agua (las aguadas artificiales dependen de bombas y financiamiento, y las sequías las ponen a prueba), la superpoblación de elefantes en relación con la capacidad del hábitat, la lucha contra la caza furtiva y el equilibrio entre conservación, turismo y las comunidades vecinas. Del coto vaciado por la caza al santuario que hoy maravilla a los viajeros, Hwange es una prueba de que la naturaleza puede renacer cuando se la protege, y un recordatorio de lo mucho que hay que hacer para conservarla.