Antes de que existiera el lago, en el lugar donde hoy se extiende ese mar interior de más de 5.000 km² había un valle: el valle medio del río Zambeze, un cañón cálido y fértil por el que el gran río corría hacia el este, hacia las Cataratas Victoria que había dejado atrás y hacia el océano Índico. En sus orillas vivía desde hacía siglos el pueblo tonga, que se llamaba a sí mismo 'basilwizi', 'la gente del río'. Para los tonga, el Zambeze no era solo una fuente de agua, peces y tierras de cultivo: era el eje de su identidad, su cultura y su religión.
Los tonga habían desarrollado una forma de vida perfectamente adaptada al valle: cultivaban en las riberas fértiles, pescaban en el río, mantenían sitios ceremoniales y tenían una cosmología ligada al agua. En el centro de esas creencias estaba Nyaminyami, el dios-serpiente del Zambeze, una deidad con cuerpo de serpiente y cabeza de pez que, según la tradición, habitaba la garganta de Kariba y velaba por su pueblo. Nyaminyami y su esposa vivían en el río, y el equilibrio del mundo tonga dependía de mantenerlos contentos.
Era un mundo aislado y autosuficiente, poco conocido por el mundo exterior, que a mediados del siglo XX estaba a punto de desaparecer para siempre bajo el agua. La decisión que lo cambiaría todo no se tomó en el valle, sino en los despachos coloniales de la Federación de Rhodesia y Nyasalandia, que necesitaba energía para su desarrollo y había puesto los ojos en el enorme potencial hidroeléctrico del Zambeze.
En la década de 1950, la Federación de Rhodesia y Nyasalandia —que agrupaba a las actuales Zimbabwe, Zambia y Malaui— decidió construir una gran presa hidroeléctrica en la garganta de Kariba, sobre el Zambeze, para generar la electricidad que impulsara la industria y la minería de la región. En agosto de 1955 se llamó a licitación y, en 1956, el contrato para la obra principal se adjudicó al consorcio italiano Impresit. La excavación de los cimientos comenzó en septiembre de 1956.
La construcción fue una hazaña de ingeniería y una lucha titánica contra el propio río. El Zambeze, indomable, provocó crecidas devastadoras: en 1957 y sobre todo en 1958, inundaciones extraordinarias destruyeron ataguías y parte de la obra, retrasándola y cobrándose vidas. Para los tonga, aquellas inundaciones no eran casualidad: era Nyaminyami, furioso porque la presa lo separaría de su esposa, castigando a quienes osaban embridar su río. La obra costó la vida a decenas de trabajadores, muchos de ellos italianos; la capilla de Santa Bárbara, en Kariba, se levantó en su memoria.
A pesar de todo, la presa se completó en 1959: un imponente muro de arco de hormigón de unos 128 metros de altura que cerró la garganta y comenzó a retener el Zambeze. Detrás del muro, el agua empezó a subir, anegando el valle poco a poco, y fue naciendo el Lago Kariba, que tardaría años en llenarse por completo. Con más de 220 km de largo, se convertiría en uno de los mayores lagos artificiales del mundo y el más grande del planeta por volumen de agua embalsada.
El nacimiento del lago tuvo un costo humano enorme, que durante décadas quedó en la sombra de la celebración de la obra. A medida que las aguas subían e inundaban el valle, unas 57.000 personas del pueblo tonga —repartidas entre ambas orillas, en la Rhodesia del Sur (Zimbabwe) y la del Norte (Zambia)— fueron obligadas a abandonar sus tierras ancestrales y reasentadas a la fuerza en zonas más altas, secas y menos fértiles, lejos del río que era el centro de su vida.
El desplazamiento fue traumático. Los tonga perdieron sus mejores tierras de cultivo, sus caladeros, sus sitios ceremoniales y, sobre todo, su vínculo físico y espiritual con el Zambeze y con Nyaminyami. Fueron llevados a lugares donde el suelo era pobre y el agua escasa, y donde debieron reconstruir su vida en condiciones muy difíciles. Muchos se resistieron; en algunos casos, como en Chisamu, hubo enfrentamientos con las autoridades coloniales que dejaron muertos. La compensación fue escasa y la consulta, casi inexistente.
A más de seis décadas de aquel éxodo, el pueblo tonga sigue reclamando el reconocimiento de lo que perdió y una reparación por un desarraigo que marcó a generaciones. La historia del Lago Kariba es, por eso, doble: la de una proeza técnica que dio energía a dos países, y la de una comunidad africana sacrificada en nombre del progreso. Nyaminyami, omnipresente hoy en las tallas y artesanías de Kariba, es también la memoria viva de esa herida.
Mientras las aguas subían y anegaban el valle, se desarrollaba otra epopeya, esta con final más luminoso: la Operación Noé (Operation Noah). A medida que el lago crecía, la fauna del valle quedaba atrapada en las cimas de las colinas, que se iban convirtiendo en islas cada vez más pequeñas y aisladas, rodeadas de agua. Miles de animales estaban condenados a morir ahogados o de hambre en aquellos islotes menguantes.
Entre 1958 y 1964, un equipo de guardaparques y voluntarios dirigido por el conservacionista Rupert Fothergill emprendió una operación de rescate sin precedentes. Con botes, redes, cuerdas y un enorme esfuerzo físico, capturaron a los animales varados en las islas y los trasladaron a tierra firme, en su mayoría a lo que hoy es el Parque Nacional Matusadona, en la orilla sur. Rescataron a más de 6.000 animales de decenas de especies: antílopes, cebras, ñus, monos, leopardos, rinocerontes, serpientes y hasta elefantes, en una tarea agotadora y a menudo peligrosa.
La Operación Noé se convirtió en un símbolo temprano de la conservación de la fauna en África y en una de las grandes historias del lugar. Contribuyó a poblar Matusadona y a sentar las bases de la vocación de área protegida de la zona. Es una paradoja hermosa: el mismo lago que expulsó al pueblo tonga y anegó su valle motivó también uno de los rescates de fauna más célebres de la historia, cuyo legado se ve hoy en los animales que pastan en las orillas del lago que los estuvo a punto de tragar.
Más de seis décadas después de su nacimiento, el Lago Kariba cumple varias funciones vitales. Su presa sigue generando, a través de centrales en ambas márgenes, buena parte de la electricidad de Zimbabwe y Zambia, aunque las sequías cada vez más frecuentes ligadas al cambio climático han hecho bajar peligrosamente el nivel del agua en varios años, reduciendo la generación y encendiendo alarmas sobre el futuro energético de ambos países. La presa, además, ha requerido importantes obras de rehabilitación para garantizar su seguridad a largo plazo.
El lago sostiene también una economía pesquera: la introducción de la 'kapenta', una pequeña sardina de agua dulce, creó una pesquería comercial que da trabajo a miles de personas, mientras el pez tigre y el bream atraen a la pesca deportiva. Y, sobre todo, Kariba se ha consolidado como un destino turístico único: los safaris en casa flotante, los lodges de Matusadona, la pesca del pez tigre y los atardeceres legendarios lo han convertido en uno de los lugares más queridos de Zimbabwe, con un ritmo pausado que contrasta con la intensidad de las cataratas o los grandes safaris.
Hoy, cuando el viajero contempla desde la cubierta de un barco el sol rojo hundiéndose entre los troncos petrificados que asoman del agua, está viendo, sin saberlo, una síntesis de toda esta historia: los árboles muertos son los del bosque que quedó bajo el lago; el agua, la que expulsó a los tonga y motivó la Operación Noé; y la serenidad del paisaje, la de un gigante artificial que dio energía y vida a costa de un valle entero. Kariba es belleza y memoria a la vez.