La historia del Lower Zambezi empieza con la geología. El parque se asienta en el tramo bajo del río Zambeze, el cuarto río más largo de África, que nace en el noroeste de Zambia, alimenta las Cataratas Victoria y desemboca, mucho más al este, en el océano Índico. En este sector, el Zambeze corre por el fondo de un valle enorme excavado por el sistema del Gran Valle del Rift, la misma fractura de la corteza terrestre que atraviesa África de norte a sur.
Esa geología explica el paisaje del parque: al norte, una abrupta escarpa de montañas —la escarpa del Zambeze— se levanta como una muralla; a sus pies se extiende una amplia llanura aluvial formada por los sedimentos del río a lo largo de milenios; y en el centro, el propio Zambeze, ancho y sereno, salpicado de islas y canales. Esta combinación de barrera montañosa, llanura fértil y gran río es la que sostiene la extraordinaria concentración de fauna del parque.
Durante milenios, el valle fue territorio de fauna abundante y de pueblos ribereños que vivían de la pesca, la caza y el cultivo en las orillas. El río era a la vez fuente de vida y frontera natural: hoy separa Zambia de Zimbabue, pero durante siglos fue una vía de comunicación y comercio entre los pueblos de ambas márgenes, mucho antes de que existieran las fronteras coloniales.
A diferencia de otros parques africanos, protegidos desde temprano, el Bajo Zambeze zambiano llegó tarde a la categoría de parque nacional, y esa demora, paradójicamente, lo salvó. Durante buena parte del siglo XX, la zona funcionó como área de caza controlada y, en particular, como coto de caza privado ligado a la presidencia de Zambia tras la independencia de 1964.
Ese estatus especial mantuvo el área cerrada al turismo masivo y a la explotación, preservándola como una de las últimas grandes extensiones vírgenes de la región. Mientras otras zonas de África sufrían la presión del desarrollo, la agricultura y la caza comercial, el Bajo Zambeze permaneció como un rincón silvestre, con sus manadas de elefantes y sus bosques de winterthorn casi intactos.
Recién en 1983 el gobierno zambiano declaró oficialmente Parque Nacional Lower Zambezi a un área de unos 4.092 km² sobre la orilla norte del río. Alrededor del parque se estableció el Área de Gestión de Caza de Chiawa (Chiawa Game Management Area), una zona de amortiguación donde conviven la conservación, el turismo y las comunidades locales. Esa protección tardía es la razón de que hoy el parque conserve un carácter salvaje que muchos otros perdieron.
El Lower Zambezi no es una isla: forma parte de un vasto ecosistema transfronterizo del río Zambeze. Justo enfrente, en la orilla sur del río, en Zimbabue, se extiende el Parque Nacional de Mana Pools, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1984 por su belleza y su riqueza natural. Los animales —elefantes, búfalos, leones— cruzan el río y se mueven libremente entre ambos parques, que juntos protegen una de las áreas silvestres más importantes del sur de África.
Esta continuidad ecológica hace que la conservación del Zambeze sea, por fuerza, una tarea compartida entre Zambia y Zimbabue. Las decisiones sobre el manejo del agua, la lucha contra la caza furtiva y el turismo en una orilla repercuten en la otra. El río que separa a los dos países es, en términos de naturaleza, lo que más los une.
A lo largo de las décadas, el parque enfrentó las amenazas típicas de la región: la caza furtiva de marfil, que llegó a diezmar a los elefantes en los años setenta y ochenta y exterminó por completo a los rinocerontes, y más recientemente proyectos de minería a cielo abierto en la escarpa que generaron fuerte oposición ambiental. La defensa del Bajo Zambeze frente a esos proyectos se convirtió en una causa emblemática de la conservación en Zambia.
En 2016, el Lower Zambezi logró un hito que le dio proyección internacional: fue declarado el primer parque nacional carbono-neutral del mundo. El reconocimiento llegó gracias al Proyecto REDD+ del Bajo Zambeze, una iniciativa que une a los operadores turísticos, las comunidades locales y organizaciones de conservación para proteger los bosques del valle y evitar la deforestación.
La idea de fondo es que los bosques en pie almacenan enormes cantidades de carbono; al conservarlos en lugar de talarlos, se evita la emisión de gases de efecto invernadero, y esos 'créditos de carbono' se pueden certificar y vender para financiar la conservación y el desarrollo local. A ello se suma el compromiso de los lodges del parque, que funcionan en gran medida con energía solar y con prácticas de bajo impacto, en línea con actividades tan poco contaminantes como el safari en canoa.
Este modelo convirtió al Lower Zambezi en un caso de estudio sobre cómo el turismo de naturaleza puede financiar la protección de un ecosistema y beneficiar a las comunidades que viven en su entorno. La combinación de conservación, ingresos turísticos y créditos de carbono se propuso como una vía para que el parque se sostenga a sí mismo y siga siendo un refugio de vida silvestre a largo plazo.
Hoy el Lower Zambezi es uno de los destinos de safari más valorados de Zambia, precisamente por lo que su protección tardía y su modelo de conservación lograron preservar: naturaleza en estado puro, pocos visitantes y una forma de recorrerla de bajo impacto. La estrella indiscutida es el safari en canoa, que permite navegar el río en silencio, pero el parque ofrece también safaris en 4x4, cruceros al atardecer, caminatas guiadas y la célebre pesca del pez tigre.
El parque enfrenta todavía desafíos: la presión de la caza furtiva, los proyectos mineros en la escarpa y el manejo del agua del Zambeze, cada vez más afectado por represas y por el cambio climático. Organizaciones como el Conservation Lower Zambezi trabajan en la protección de la fauna y en el desarrollo de las comunidades vecinas, en un equilibrio siempre delicado entre conservación y desarrollo.
Para el viajero, el resultado de esta historia es un privilegio: recorrer una de las últimas grandes áreas salvajes de África, frente a las montañas de Mana Pools, entre manadas de elefantes que cruzan el río a nado, sabiendo que su visita ayuda a sostener un modelo pionero de conservación. El Bajo Zambeze demuestra que a veces lo mejor que se puede hacer con un pedazo de naturaleza es, sencillamente, dejarlo ser.