Mucho antes de que ningún europeo pusiera un pie en la región, los pueblos que vivían a orillas del Zambeze ya conocían y respetaban la gran catarata. Los kololo y otros grupos de habla tonga y lozi la llamaban 'Mosi-oa-Tunya', 'el humo que truena', por la enorme columna de rocío que se eleva sobre la garganta y por el estruendo del agua, visibles y audibles a kilómetros de distancia. Para muchas comunidades locales el lugar tenía un carácter sagrado, morada de espíritus, y se le rendían ofrendas.
La zona estaba habitada desde tiempos muy remotos: en los alrededores de las cataratas se han hallado herramientas de piedra de cientos de miles de años de antigüedad, lo que convierte al valle del Zambeze en uno de los escenarios de la larga historia humana en África. En los siglos previos a la llegada europea, la región formaba parte de rutas de comercio de marfil, cobre y, tristemente también, de esclavos, que conectaban el interior de África central con las costas del Índico y del Atlántico.
El pueblo leya, que aún hoy habita la aldea de Mukuni cerca de las cataratas, se cuenta entre los pobladores tradicionales de esta tierra. Cuando los primeros exploradores europeos llegaron a mediados del siglo XIX, no descubrieron un lugar vacío, sino un paisaje cargado de nombres, mitos y siglos de presencia humana.
El 16 de noviembre de 1855, el misionero y explorador escocés David Livingstone se convirtió en el primer europeo en contemplar la gran catarata. Bajando por el Zambeze en canoa desde el interior, guiado por remeros locales, desembarcó en un islote en medio del río —hoy llamado Livingstone Island— desde donde se asomó al abismo. Impresionado, escribió que era un espectáculo tan hermoso que 'debió de ser contemplado por los ángeles en su vuelo', una frase que dio nombre al famoso vuelo panorámico 'Flight of Angels'.
Livingstone bautizó la catarata en honor a su soberana, la reina Victoria del Reino Unido, con el nombre de 'Victoria Falls'. Aunque impuso el nombre europeo que se haría mundialmente famoso, el propio explorador reconoció y registró el nombre indígena, Mosi-oa-Tunya, que hoy la Unesco y Zambia reivindican con orgullo. Livingstone, opositor a la esclavitud y convencido de que el comercio y el cristianismo 'civilizarían' África, se transformó en una figura legendaria del siglo XIX victoriano.
Sus viajes abrieron el interior de África central al conocimiento —y también al colonialismo— europeo. Cuando murió en 1873 en lo que hoy es Zambia, sus ayudantes africanos, Chuma y Susi, cargaron su cuerpo durante meses hasta la costa para que fuera repatriado a Inglaterra, donde reposa en la abadía de Westminster. La ciudad que llevaría su nombre nacería pocos años después, al pie mismo de la catarata que él dio a conocer al mundo.
A finales del siglo XIX, el sueño imperial de Cecil Rhodes de un ferrocarril que uniera El Cairo con Ciudad del Cabo empujó la colonización británica hacia el norte del Zambeze. Cerca de las cataratas, sobre la ribera norte, surgió hacia 1898 un pequeño asentamiento de comerciantes, buscavidas y transportistas conocido como 'Old Drift', junto a un vado (drift) donde se cruzaba el río en barcazas. Era un lugar insalubre, azotado por la malaria, donde muchos de los primeros colonos murieron y fueron enterrados.
Todo cambió con la llegada del ferrocarril. En 1905 se inauguró el espectacular puente de acero sobre la segunda garganta del Zambeze, a más de cien metros sobre el río, una proeza de la ingeniería de la época diseñada —según la leyenda— para que los pasajeros del tren sintieran el rocío de las cataratas. Con el puente, el ferrocarril cruzó de Rhodesia del Sur (hoy Zimbabue) a Rhodesia del Norte (hoy Zambia), y el asentamiento se trasladó a un terreno más alto y saludable, lejos del pantano del Old Drift.
La nueva población tomó el nombre de Livingstone, en homenaje al explorador, y creció rápidamente como nudo ferroviario y centro comercial. Se levantaron edificios de estilo colonial, hoteles, iglesias y comercios a lo largo de la avenida principal, muchos de los cuales todavía se conservan y le dan a la ciudad su encanto de época. Livingstone se convirtió en la puerta de entrada al territorio y en un punto de paso obligado hacia el interior de África central.
En 1911, Livingstone fue proclamada capital de Rhodesia del Norte, el territorio administrado por la Compañía Británica Sudafricana (British South Africa Company) de Cecil Rhodes y, más tarde, directamente por la Corona británica. Como capital, la ciudad vivió su época dorada: se construyeron edificios administrativos, la sede del gobierno, tribunales y residencias oficiales, y se convirtió en el centro político, comercial y social de la colonia. En 1934 abrió sus puertas el Museo Livingstone, hoy el más antiguo del país.
La economía giraba en torno al ferrocarril, el comercio y, cada vez más, el turismo incipiente hacia las cataratas, que ya atraía a viajeros y cazadores de todo el imperio. Sin embargo, la posición de Livingstone en el extremo sur del territorio, pegada a la frontera, resultaba poco práctica para administrar un país tan vasto. El centro de gravedad económico se desplazaba hacia el norte, hacia el naciente Cinturón del Cobre (Copperbelt), cuyas minas se convertirían en el motor de la economía.
Por eso, en 1935, la capital de Rhodesia del Norte se trasladó a Lusaka, más central. Livingstone perdió el rango de capital administrativa, pero no su importancia: conservó su papel de gran centro turístico y su condición de ciudad histórica, con las cataratas como imán perpetuo de visitantes. La mudanza de la capital marcó el inicio de una nueva identidad para la ciudad, ya no como sede del poder, sino como capital del turismo.
En 1964, Rhodesia del Norte se independizó del Reino Unido y nació la República de Zambia, con Kenneth Kaunda como primer presidente. Livingstone siguió siendo el gran destino turístico del joven país, pero las décadas siguientes fueron difíciles para la región. La guerra de independencia en la vecina Rhodesia (Zimbabue) en los años setenta, y luego las tensiones políticas y económicas, alejaron a los visitantes de la frontera y sumieron a la ciudad en un largo letargo.
Durante muchos años, buena parte del turismo de las cataratas se concentró en el lado zimbabuense, más desarrollado. La situación empezó a revertirse a finales de los años noventa y, sobre todo, a partir del año 2000, cuando la crisis política y económica de Zimbabue hizo que operadores y viajeros miraran de nuevo hacia Livingstone. La ciudad zambiana vivió entonces un verdadero renacimiento: se abrieron lodges de lujo a orillas del Zambeze, se profesionalizaron el rafting, el bungee y los vuelos escénicos, y Livingstone se consolidó como la 'capital de la aventura' de África austral.
En 1989, las Cataratas Victoria / Mosi-oa-Tunya fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, un reconocimiento compartido por Zambia y Zimbabue. Hoy Livingstone combina su patrimonio colonial y su Museo con una oferta turística moderna y variada, del safari de rinocerontes a la Devil's Pool. Ciudad joven pero con una historia intensa, sigue siendo, más de un siglo después, la puerta de Zambia al 'humo que truena'.