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Historia de Lago Kariba (Siavonga)

El valle de Gwembe y el pueblo tonga

Antes de que existiera el lago, donde hoy se extiende ese mar interior de 220 kilómetros había un valle: el valle de Gwembe, un tramo cálido y encajonado del río Zambeze entre escarpas. Durante siglos, ese valle fue el hogar del pueblo tonga (o batonga), agricultores y pescadores que vivían a orillas del río, cultivaban en sus terrazas fértiles cuando las crecidas se retiraban y tenían una cultura profundamente ligada al Zambeze.

Para los tonga, el río no era solo agua: era la morada de Nyaminyami, el dios-serpiente del Zambeze, una deidad con cuerpo de serpiente y cabeza de pez que, según su tradición, gobernaba el río y protegía a su gente. Nyaminyami y su esposa vivían, decían, en el desfiladero de Kariba, y separarlos o alterar el río traería desgracias. Esta creencia sería central en el drama que estaba por venir.

El valle de Gwembe era un mundo relativamente aislado, con su propio ritmo marcado por las crecidas y las sequías del gran río. Los tonga no imaginaban que, a mediados del siglo XX, una decisión tomada muy lejos de allí, en los despachos coloniales, iba a borrar su valle del mapa y a cambiar para siempre sus vidas.

La represa: una obra colosal (1955-1959)

A comienzos de los años cincuenta, la Federación de Rhodesia y Nyasalandia, dominada por los intereses coloniales británicos, necesitaba electricidad para su desarrollo, sobre todo para la industria minera del cobre. Se decidió construir una gran represa hidroeléctrica en el Zambeze, y tras un intenso debate se eligió el desfiladero de Kariba en lugar de otras opciones. El proyecto fue encargado al ingeniero francés André Coyne, uno de los mayores especialistas del mundo en presas de arco.

Las obras, llevadas adelante sobre todo por una empresa italiana, comenzaron en 1955 y fueron descomunales: se levantó un muro de arco de doble curvatura de unos 128 metros de alto, para el que se vertieron cerca de un millón de metros cúbicos de hormigón. La construcción no estuvo exenta de tragedias: decenas de trabajadores murieron en accidentes, algunos sepultados en el propio hormigón, y una gran inundación del Zambeze en 1957 y otra en 1958 estuvieron a punto de arruinar la obra. Para los tonga, esas crecidas 'imposibles' eran la furia de Nyaminyami, que se resistía a que encerraran su río.

A fines de 1958 se cerraron las compuertas y el Zambeze empezó a acumularse detrás del muro. El lago fue creciendo lentamente durante años, cubriendo el valle de Gwembe, hasta alcanzar su nivel máximo en 1963. Había nacido el lago Kariba, y con él una de las mayores centrales hidroeléctricas de África, que todavía hoy abastece de energía a Zambia y Zimbabue.

El desarraigo de 57.000 tonga

El precio humano de la represa lo pagó el pueblo tonga. Para crear el lago hubo que reubicar a unas 57.000 personas —algunas fuentes hablan de más de 50.000— que vivían en el valle que iba a quedar bajo el agua. Fueron trasladadas, muchas veces por la fuerza, a tierras más altas y áridas a ambos lados del futuro lago, en Zambia y en la entonces Rhodesia del Sur.

El desarraigo fue traumático. Los tonga perdieron sus fértiles terrazas junto al río, sus lugares sagrados, las tumbas de sus ancestros y la relación con el Zambeze que estructuraba su cultura. Las tierras a las que fueron llevados eran peores para la agricultura, y muchos cayeron en la pobreza y la dependencia. En 1958, cuando las autoridades intentaron trasladar por la fuerza a un grupo en Chisamu, del lado de la actual Zimbabue, se produjo un enfrentamiento en el que murieron varios tonga a manos de la policía colonial. Para ellos, la promesa de Nyaminyami se cumplía: el dios-serpiente, separado de su esposa por el muro, se vengaba.

El caso de los tonga de Gwembe se convirtió en un ejemplo clásico y estudiado de las consecuencias sociales de las grandes represas: cómo una obra pensada para el 'progreso' puede destruir la vida de comunidades enteras que no fueron consultadas ni compensadas de forma justa. Décadas después, muchos descendientes de aquellos desplazados siguen reclamando reconocimiento y reparación.

La Operación Noé: el rescate de la fauna

Mientras las aguas subían y cubrían el valle, ocurrió otro drama, esta vez con final más feliz, que dio la vuelta al mundo: la Operación Noé (Operation Noah). A medida que el lago crecía, miles de animales quedaban atrapados en las cumbres de las colinas, que se iban transformando en islas cada vez más pequeñas rodeadas de agua. Sin intervención, morirían ahogados o de hambre.

Entre 1958 y 1964, un equipo liderado por el guardaparques rhodesiano Rupert Fothergill se lanzó a rescatarlos. Con botes, redes, cuerdas y una enorme dosis de coraje, capturaban a los animales varados en las islas —desde antílopes, cebras y monos hasta rinocerontes, leopardos, serpientes y elefantes— y los trasladaban a tierra firme, a lo que hoy es en parte el Parque Nacional Matusadona, del lado zimbabuense. En total, la operación salvó a más de 6.000 animales de docenas de especies.

La Operación Noé se convirtió en un símbolo temprano de la conservación de la fauna africana y en una historia célebre de rescate contra el reloj. El nombre, inspirado en el arca de Noé del relato bíblico del diluvio, encajaba a la perfección con la escena: un pequeño grupo de hombres salvando a los animales de una inundación provocada, en este caso, por el propio hombre.

Kariba hoy: energía, pesca y turismo

Más de sesenta años después, el lago Kariba es una pieza clave de la economía de Zambia y Zimbabue. Sus dos centrales hidroeléctricas, la de Kariba North (Zambia) y la de Kariba South (Zimbabue), generan buena parte de la electricidad de ambos países, aunque las sequías cada vez más severas ligadas al cambio climático han hecho bajar el nivel del lago y han provocado graves cortes de energía en los últimos años, recordando lo dependientes que son ambas naciones de este embalse.

El lago transformó también la vida de la región. Donde antes había un río corría ahora un mar interior que dio origen a una gran industria pesquera, sobre todo del kapenta, un pececito introducido desde el lago Tanganica en los años sesenta que hoy se pesca de noche desde plataformas iluminadas. Nacieron pueblos como Siavonga y Sinazongwe del lado zambiano y Kariba town del zimbabuense, y con ellos el turismo: los houseboats, la pesca deportiva del pez tigre y los famosos atardeceres.

En los años recientes, la seguridad de la vieja represa preocupó a los ingenieros: la erosión al pie del muro, provocada por décadas de agua liberada por el desagüe, obligó a un gran proyecto internacional de rehabilitación para reforzar la estructura y evitar una catástrofe. Así, el lago Kariba sigue siendo lo que fue desde el principio: una obra que combina la grandeza de la ingeniería humana, el drama de los pueblos desplazados y la fuerza de una naturaleza que —como el mítico Nyaminyami— nunca termina de dejarse domar.

📚 Bibliografía

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