El nombre de Tashkent significa 'ciudad de piedra', pero la ciudad es mucho más antigua que ese nombre turco. En este oasis regado por el río Chirchik, al pie de las estribaciones del Tian Shan, hubo asentamientos hace más de dos mil años, y ya en la Antigüedad existía aquí una ciudad conocida como Chach (o Shash), capital de una región agrícola próspera y una de las paradas septentrionales de la Ruta de la Seda. Por aquí pasaban las caravanas que unían China con Persia y Europa, y la ciudad prosperó como mercado y cruce de culturas.
Como el resto de la región, Chach conoció el paso de sogdianos, del zoroastrismo y del budismo antes de la llegada del islam. En el siglo VIII, los ejércitos árabes conquistaron la región e islamizaron la ciudad, que siguió creciendo como centro comercial y religioso. Con el tiempo, el nombre turco de Tashkent —'ciudad de piedra'— se fue imponiendo, reflejo del creciente peso de los pueblos turcos en Asia Central.
Durante la Edad Media, Tashkent fue disputada por numerosas dinastías: karajánidas, corasmios y otros. Como casi todas las grandes ciudades de la región, sufrió la catástrofe mongola: en el siglo XIII, los ejércitos de Gengis Kan arrasaron el oasis, y la ciudad tardó en recuperarse. Más tarde renació bajo los timúridas, y en el siglo XV formó parte del imperio de Timur y sus sucesores, aunque siempre a la sombra de las grandes capitales, Samarcanda y Bujará. Tashkent era, por entonces, una ciudad importante pero secundaria en el gran tablero de Asia Central.
En los siglos XVI a XVIII, tras la caída de los timúridas, Tashkent pasó de mano en mano entre los estados que se repartían Asia Central: el kanato de Bujará, distintos poderes locales y, finalmente, el kanato de Kokand, con sede en el valle de Fergana, que la incorporó a su territorio a comienzos del siglo XIX. Bajo Kokand, Tashkent fue una plaza comercial floreciente, amurallada, con sus bazares, sus barrios de artesanos y sus caravanas que comerciaban con la Rusia zarista al norte.
Y fue precisamente ese comercio, y la expansión imperial rusa, lo que selló su destino. A mediados del siglo XIX, el imperio ruso avanzaba de forma implacable sobre Asia Central, en el marco de su rivalidad con Gran Bretaña, el llamado Gran Juego. En 1865, las tropas del general Mijaíl Cherniáyev tomaron Tashkent, a pesar de ser muy inferiores en número a los defensores. La conquista fue un golpe decisivo: Rusia se hacía con la mayor ciudad de la región.
Dos años después, en 1867, Tashkent fue elegida capital del recién creado Turquestán ruso, el vasto gobierno general que administraba las conquistas rusas en Asia Central, bajo el gobernador Konstantín von Kaufman. La ciudad se convirtió así en el centro del poder ruso en la región, y empezó a transformarse profundamente: junto al viejo casco musulmán, de callejones y casas de adobe, los rusos construyeron una 'ciudad nueva' de trazado europeo, con anchas avenidas arboladas, edificios administrativos, iglesias ortodoxas y mansiones. Tashkent se convertía en una ciudad doble, colonial, con dos almas conviviendo una junto a la otra.
La revolución rusa de 1917 llegó pronto a Tashkent, donde la numerosa población rusa y los trabajadores del ferrocarril jugaron un papel importante. Tras años de convulsiones, guerra civil y resistencia de los movimientos locales (los llamados basmachí), la región quedó integrada en la Unión Soviética. En 1930, la capital de la República Socialista Soviética de Uzbekistán se trasladó de Samarcanda a Tashkent, que a partir de entonces creció de forma espectacular.
Bajo el poder soviético, Tashkent se transformó en una gran metrópoli industrial y administrativa, la cuarta ciudad más poblada de toda la URSS, después de Moscú, Leningrado (San Petersburgo) y Kiev. Se construyeron fábricas, universidades, teatros, instituciones científicas y grandes barrios de vivienda. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad, lejos del frente, acogió a cientos de miles de evacuados de la Rusia europea —entre ellos muchos judíos, científicos, artistas y niños huérfanos—, así como fábricas enteras trasladadas al este, lo que reforzó su carácter cosmopolita y su peso industrial. El elegante Teatro de Ópera y Ballet Navoi, construido en parte con trabajo de prisioneros de guerra japoneses, data de aquellos años.
Tashkent se convirtió también en un escaparate soviético hacia el llamado Tercer Mundo, en especial hacia los países asiáticos: en ella se firmó, por ejemplo, la Declaración de Tashkent de 1966, que puso fin a una guerra entre la India y Pakistán con mediación soviética. La ciudad era el orgullo de la URSS en Asia, una vitrina de la modernización socialista en una tierra de tradición islámica. Pero ese mismo año de 1966, la naturaleza iba a cambiarlo todo.
En la madrugada del 26 de abril de 1966, un fuerte terremoto sacudió Tashkent. Aunque su magnitud no fue extrema, su foco superficial y justo bajo el centro de la ciudad lo hizo devastador: buena parte del casco urbano tradicional, con sus casas de adobe, quedó destruido o inhabitable, y cientos de miles de personas se quedaron sin hogar. El número de víctimas mortales fue relativamente bajo para la escala de la destrucción, pero el corazón de la ciudad quedó arrasado.
La respuesta soviética fue una movilización colosal. Desde toda la Unión Soviética llegaron a Tashkent brigadas de obreros, arquitectos e ingenieros de las quince repúblicas para reconstruir la ciudad, en una gigantesca operación que se convirtió en un símbolo de la 'amistad de los pueblos' soviética. En pocos años, Tashkent fue reconstruida casi por completo con los criterios del urbanismo soviético de la época: grandes avenidas, amplias plazas, extensos barrios de bloques de viviendas prefabricadas, edificios públicos monumentales y mucho espacio verde. La vieja ciudad de callejones desapareció en buena parte, sustituida por una metrópoli moderna y planificada.
De aquella reconstrucción salió también uno de los orgullos de la ciudad: el metro de Tashkent, inaugurado en 1977, el primero de Asia Central, con estaciones decoradas como palacios subterráneos al estilo del de Moscú. El terremoto de 1966, por trágico que fuera, es la clave para entender el aspecto actual de Tashkent: si la capital sorprende al viajero por su modernidad soviética y su escasez de casco antiguo comparada con Samarcanda o Bujará, es en gran medida por aquel seísmo y la reconstrucción que le siguió.
Con la desintegración de la Unión Soviética en 1991, Uzbekistán se independizó y Tashkent se convirtió en la capital del nuevo país, gobernado durante sus primeras décadas por Islam Karímov, el antiguo líder comunista de la república, que dirigió el Estado con mano dura hasta su muerte en 2016. La ciudad vivió el proceso de construcción de una nueva identidad nacional: se rehabilitó la figura de Timur (Tamerlán) como padre fundador, con estatuas y museos, se retiraron los símbolos soviéticos y se promovió la lengua y la cultura uzbekas, aunque el ruso siguió siendo muy hablado.
En las décadas siguientes, Tashkent se transformó de nuevo. Se construyeron grandes mezquitas y monumentos nacionales, se remodelaron plazas y avenidas, y en los últimos años ha surgido una ciudad más abierta y moderna, con centros comerciales, cafés de especialidad, torres de cristal como el complejo Tashkent City y una escena urbana joven y dinámica. Tras la muerte de Karímov, las reformas impulsadas por su sucesor abrieron algo el país al turismo y a la inversión, y la capital se ha vuelto más accesible y cosmopolita.
Hoy Tashkent es, con más de dos millones y medio de habitantes, la mayor ciudad de Asia Central y el motor económico, político y cultural de Uzbekistán. Es una ciudad de contrastes fascinantes: en un mismo día se puede pasar del bullicio milenario del bazar Chorsu, bajo su cúpula turquesa, al Corán del siglo VII de Khast Imam, de las estaciones-palacio del metro soviético a las torres de cristal de la nueva Tashkent City, de un centro del plov humeante a un café de brunch de moda. No tiene el esplendor monumental de las ciudades de la Ruta de la Seda, pero es el corazón vivo del país, la puerta por la que casi todos los viajeros entran y salen, y el mejor lugar para tomarle el pulso al Uzbekistán de hoy, ese que mira al futuro sin renunciar a sus dos mil años de historia.