Mucho antes de las cúpulas azules de Tamerlán, ya había una ciudad en este cruce de rutas. Sobre el montículo que hoy llamamos Afrosiab, al noreste de la Samarcanda actual, se alzaba una de las urbes más antiguas de Asia Central, fundada hacia el siglo VII a.C. por los sogdianos, un pueblo iranio de mercaderes brillantes que dominó el comercio de la Ruta de la Seda durante siglos. La llamaban con un nombre que los griegos transcribieron como Maracanda, y ya entonces era rica, amurallada y famosa por su regadío.
En el año 329 a.C. llegó hasta aquí Alejandro Magno, en su avance hacia el corazón de Asia. Conquistó Maracanda y la usó como base en su durísima campaña contra las tribus de Sogdiana y Bactriana. Se cuenta que fue en esta ciudad donde el conquistador macedonio, en una noche de borrachera, mató con su propia lanza a Clito el Negro, uno de sus generales y amigos que le había salvado la vida en batalla: un episodio que marcó su leyenda. Alejandro quedó impresionado por la fertilidad del valle del Zeravshan; según una frase que la tradición le atribuye, todo lo que había oído de Maracanda era cierto, salvo que era aún más hermosa de lo que le habían contado.
Durante el milenio siguiente, la ciudad sogdiana floreció como uno de los grandes nudos de la Ruta de la Seda, por donde pasaban la seda china, las especias, los caballos, el papel y las religiones: aquí convivieron el zoroastrismo, el budismo, el maniqueísmo y el cristianismo nestoriano. Los espléndidos frescos de Afrosiab, del siglo VII, con sus embajadas extranjeras y sus caravanas, son el testimonio vivo de aquella Samarcanda cosmopolita, anterior a la llegada del islam.
En el siglo VIII, los ejércitos árabes conquistaron Sogdiana e incorporaron Samarcanda al mundo islámico. La ciudad no solo sobrevivió al cambio: prosperó. Bajo los abasíes y luego bajo dinastías locales como los samánidas, entre los siglos IX y X, Samarcanda se convirtió en un gran centro de saber, comercio y artesanía. Aquí, según la tradición, se aprendió de prisioneros chinos el secreto de la fabricación del papel, y Samarcanda se volvió famosa por su papel de altísima calidad, que se exportaba a todo el mundo islámico y ayudó a difundir el conocimiento mucho antes de que Europa lo conociera.
La ciudad pasó de mano en mano entre imperios turcos y persas —karajánidas, selyúcidas, el imperio corasmio— y siguió siendo una de las metrópolis más pobladas y ricas de Asia Central, con bazares, mezquitas, baños y sistemas de agua sofisticados. Parecía intocable. Pero en 1220 llegó la catástrofe.
Ese año, los ejércitos mongoles de Gengis Kan cayeron sobre Samarcanda durante su campaña de exterminio contra el imperio corasmio. La ciudad resistió poco: fue tomada, saqueada y en gran parte destruida, buena parte de su población masacrada o deportada, y sus canales de regadío arruinados. El viejo emplazamiento de Afrosiab, habitado durante más de mil quinientos años, quedó tan devastado que nunca se recuperó del todo, y con el tiempo la vida se trasladó al sur, al lugar que ocupa la Samarcanda actual. La ciudad de los sogdianos y de Alejandro había terminado; haría falta otro conquistador, un siglo y medio después, para devolverle la gloria.
El hombre que hizo de Samarcanda una de las ciudades más deslumbrantes de la historia nació hacia 1336 cerca de la actual Shakhrisabz, en el seno de una tribu turco-mongola. Se llamaba Timur, y una vieja herida en la pierna le valió el apodo de Timur-i-Lang, 'Timur el cojo', que Occidente deformó en Tamerlán. A partir de la década de 1360, con una mezcla de genio militar, crueldad implacable y astucia política, sometió una tras otra a las tierras de Asia Central y se proclamó heredero del legado de Gengis Kan.
Durante casi cuatro décadas, los ejércitos de Timur devastaron y conquistaron un territorio inmenso: Persia, el Cáucaso, Mesopotamia, la India del norte (saqueó Delhi en 1398), Siria y Anatolia, donde en 1402 derrotó y capturó al sultán otomano Bayezid I. Sus campañas fueron de una violencia extrema —se cuentan por cientos de miles las víctimas y son tristemente célebres las torres de cráneos que mandaba levantar—, pero de todas esas tierras trajo algo además del botín: a los mejores artesanos, arquitectos, artistas y sabios, que puso a trabajar en su capital.
Porque Timur eligió Samarcanda como corazón de su imperio y quiso convertirla en la ciudad más magnífica del mundo. Ordenó levantar mezquitas, madrazas, palacios y mausoleos a una escala colosal, decorados con los mosaicos azules y turquesa que se volverían su sello. La gigantesca mezquita Bibi-Khanym, construida con el botín de la India, debía ser la mayor del islam. Rodeó la ciudad de jardines con nombres de las grandes capitales del mundo —había un jardín llamado El Cairo, otro Damasco, otro Bagdad, otro Sultaniya— como para dejar claro que Samarcanda las superaba a todas. Timur murió en 1405, en plena marcha hacia la conquista de China, y fue enterrado en Samarcanda, bajo la cúpula turquesa de Gur-e Amir, la 'tumba del rey'.
Si Timur representa la Samarcanda de la guerra, su nieto Ulugh Beg encarna la otra cara de la ciudad: la del saber. Nacido en 1394, Ulugh Beg llegó a gobernar Samarcanda y buena parte del imperio timúrida, pero pasó a la historia menos como soberano que como uno de los mayores astrónomos y matemáticos de toda la Edad Media, en cualquier civilización.
Ulugh Beg convirtió Samarcanda en un faro de la ciencia. Fundó una gran madraza —la que hoy domina la plaza Registán— donde se enseñaban matemáticas y astronomía al más alto nivel, y atrajo a los mejores sabios de su tiempo. Hacia 1420 mandó construir a las afueras de la ciudad un observatorio extraordinario, dotado de un sextante monumental de casi cuarenta metros de radio, en parte excavado en la roca de una colina. Sin telescopios, que aún no existían, y solo con la precisión de sus instrumentos y sus cálculos, Ulugh Beg y su equipo midieron las posiciones de casi mil estrellas y elaboraron unas tablas astronómicas, las Zij-i Sultani, que fueron una referencia mundial durante siglos y que se estudiaron y tradujeron después en Europa. Determinó la duración del año con un error de apenas unos segundos.
Su final fue trágico y muy propio de la época. Su dedicación a la ciencia y su tibieza religiosa le granjearon la enemistad de los sectores más conservadores. En 1449, tras un breve enfrentamiento, su propio hijo se rebeló contra él y Ulugh Beg fue asesinado, decapitado por orden de los suyos cuando marchaba supuestamente en peregrinación. Con su muerte comenzó la decadencia del esplendor timúrida en Samarcanda; el observatorio fue destruido por fanáticos y quedó olvidado bajo tierra hasta que arqueólogos rusos lo redescubrieron a comienzos del siglo XX. Hoy su cráter en la Luna lleva su nombre, y su figura resume el momento en que Samarcanda fue, además de una capital imperial, la capital científica de su mundo.
Tras la muerte de Ulugh Beg, el poder de los timúridas se desmoronó. A comienzos del siglo XVI, los uzbekos de la dinastía shaybánida tomaron Asia Central, y el centro político se desplazó a Bujará: Samarcanda perdió su papel de capital y entró en una larga decadencia. Hubo periodos de tal abandono que, según algunas crónicas, la ciudad llegó a quedar casi despoblada en el siglo XVIII, con sus grandes monumentos agrietándose y sus madrazas vacías. Aun así, aquellas cúpulas azules seguían en pie, esperando.
En el siglo XIX, Samarcanda quedó atrapada en el llamado Gran Juego, la pugna entre el imperio ruso y el imperio británico por el control de Asia Central. Rusia avanzó de forma implacable sobre los kanatos de la región, y en 1868 las tropas del zar tomaron Samarcanda, que pasó a formar parte del Turquestán ruso. La llegada del ferrocarril transcaspiano, a finales de siglo, conectó la ciudad con Rusia y le dio un nuevo dinamismo, con la aparición de una ciudad nueva, de trazado europeo, junto al viejo casco musulmán.
Con la revolución rusa, la región se integró en la Unión Soviética; entre 1925 y 1930, Samarcanda fue incluso la primera capital de la nueva República Socialista Soviética de Uzbekistán, antes de que ese papel pasara a Tashkent. El poder soviético tuvo una relación ambivalente con el patrimonio: por un lado reprimió la religión y transformó la sociedad, pero por otro emprendió grandes campañas de restauración que rescataron y reconstruyeron los monumentos timúridas, muchos de los cuales estaban al borde del colapso. Los minaretes inclinados del Registán, por ejemplo, fueron enderezados con audaces trabajos de ingeniería. Buena parte del esplendor que hoy admira el visitante se debe a esas restauraciones del siglo XX, que salvaron para el futuro la herencia de Timur y Ulugh Beg.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética, Samarcanda se convirtió en uno de los grandes símbolos de la identidad nacional del nuevo país. La figura de Timur, que los soviéticos habían tratado con recelo, fue reivindicada como padre fundador y héroe nacional, y sus monumentos pasaron a ser el emblema con el que Uzbekistán se presenta al mundo. En 2001, la Unesco declaró Samarcanda Patrimonio de la Humanidad bajo el título 'Samarcanda, encrucijada de culturas', reconociendo su valor único como testimonio de más de dos milenios y medio de historia.
En las últimas décadas, la ciudad ha vivido una intensa —y a veces polémica— transformación turística. Se restauraron y embellecieron los grandes monumentos, se creó un largo eje peatonal y ajardinado que conecta las principales atracciones, y se levantaron grandes complejos turísticos como Silk Road Samarkand junto a un lago artificial. Algunos especialistas y vecinos han criticado que ciertas intervenciones sacrificaron barrios tradicionales y el tejido histórico en favor de una imagen más pulida y monumental, pensada para el visitante. Es la tensión, habitual en tantos sitios patrimoniales, entre conservar la vida auténtica de la ciudad y presentar una postal impecable.
Más allá de esos debates, Samarcanda sigue ejerciendo su vieja fascinación. Plantarse al atardecer en el centro del Registán, entre las tres madrazas iluminadas, o recorrer al amanecer la avenida de mausoleos de Shah-i-Zinda, es sentir el peso de todas las épocas que pasaron por aquí: los mercaderes sogdianos, las falanges de Alejandro, las caravanas de la seda, los ejércitos de Gengis, la corte deslumbrante de Timur, los astrónomos de Ulugh Beg. Pocas ciudades del mundo condensan tanta historia en tan poco espacio. Por eso Samarcanda no es solo la joya de Uzbekistán: es, para muchos viajeros, el nombre mismo de la aventura y de lo lejano, hecho piedra y mosaico azul.